La sonrisa y el latín

Me gusta cuando te sonrío, y si me devuelves la sonrisa, por escueta que sea, todavía me gusta más.

Me gusta intercambiar sonrisas contigo cuando pasa aquello de que la acera se estrecha “de golpe” y nos abalanzamos, sin quererlo, la una hacia la otra. También, cuando me devuelves el cambio del pan. O cuando nos cruzamos, sin más, sin conocernos.

Creo que regalarnos sonrisas no nos convierte en “mejores personas”, para mi es algo más profundo que tiene que ver, por una parte, con las sensaciones, las emociones y el “feeling” y, por otra, con la conciencia.

La parte de la conciencia es quizás la más intensa y compleja de asimilar. Vivimos en comunidad, y de la misma forma que quemamos el mismo asfalto día tras día, hacemos el holgazán subiendo las estrechísimas escaleras mecánicas del metro, tal “Via cruscis” . Y nos intuimos, refunfuñando, en las “aeternum” colas del supermercado.

El latín siempre me pareció cargante y aburrido… Igual de aburrido que cuando nos cruzamos, nos casi palpamos y nos mojamos bajo la misma lluvia y, ni siquiera nos hemos sentido. Si no nos sentimos no nos podemos sonreír. Si no hay sonrisa, no puede haber color.

¿Me regalarías una sonrisa? Es que cuando nos sonreímos pasan cosas maravillosas, acá dentro pero también a nuestro alrededor.

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