Cómo Instagram me hizo sentir diminuta

No sé bien si debería sincerarme a un mundo que constantemente me vende mentiras, realidades ocultas y verdades marcadas por intereses. Pero pienso que es el momento de dar un poco de verdad al mundo aunque sea a causa de otra de sus mentiras. Os habréis enterado de que la modelo e influencer en Instagram, Essena O’Neill ha denunciado que todo lo que publica ella y otras influencers en sus redes sociales es falso y no refleja la vida real.

La australiana compara esta práctica con el mal, y es que se dio cuenta de que lo que estaba publicando la hacía sentir miserable. En sus propias imágenes ha cambiado los pies de foto en un intento de mostrar la realidad detrás de las fotos publicadas en su cuenta de Instagram. En algunas de sus fotos ha publicado cosas como “No es la vida real. Me prestaron el vestido, hice muchas fotos hasta conseguir la que estaba más atractiva para Instagram, lo que me hacía sentir increíblemente sola”

“Me hice 50 fotos hasta que encontré la que pienso que os podía quizá gustar más y sentirme aceptada”

A continuación, cerró todas sus redes sociales, a excepción de Vimeo, lugar en el que está extendiendo su mensaje. ¿Autocrítica real o intereses ocultos? Hay personas que creen que es una estrategia más para hacerse famosa, pero la realidad es que por muchos intereses que hayan detrás, por fin se ha dicho al mundo un secreto a voces que está afectando psicológicamente a millones de chicas jóvenes.

Las chicas estamos creciendo en una cultura basada en la búsqueda de la aceptación ajena y en la creación de inseguridades. Os contaré mi historia y por qué soy víctima de las redes sociales. Tengo 22 años y siempre me ha gustado el mundo de la moda. De pequeña jugaba a hacerme vestidos con cualquier retal o pedazo de tela, de no tan pequeña diseñaba vestidos a papel, quería ir a todas las Front Rows y llevar siempre las últimas tendencias.

Al cabo del tiempo conforme conocía la industria de la moda decidí que no era lo mío, me di cuenta de que es un mundo lleno de vicios, inseguridades, falsedades y tristeza. Cuando aparecieron las instagramers me encantó la idea de tener en mi móvil fotos de chicas con estilo que me advertían de nuevas tendencias, que mostraban conjuntos asequibles y que te daban diferentes posibilidades a la hora de combinar prendas. Toda una revolución que como todo lo que parece tocar la industria de la moda, ha acabado corrompiéndose. No fue hasta este último verano cuando vi que los centenares de cuentas de Instagram que seguía me estaban afectando psicológicamente.

Lo recuerdo a la perfección. Era un día más de verano. Iba por casa con bikini esperando a que dejara de hacer tanto aire para ir a la playa. Al final pasé la tarde en el sofá comiendo un helado de vainilla. Como de normal revisé un par de veces las publicaciones de Instagram, únicamente aparecían chicas en paisajes idílicos, con bikinis impresionantes y cuerpos de infarto. Nunca me había analizado cómo me quedaba un bikini de la forma que lo hice ese día.

“Ver la falsa perfección me estaba afectando psicológicamente”

Me miré en el espejo y analicé cada rincón de mi cuerpo hasta darme cuenta de que ese cuerpo que estaba viendo en Instagram parecía no reflejar cómo es un cuerpo real, o lo que en ese momento pensaba, que mi cuerpo no era como el de ellas. En sus fotos las piernas parecían igual de delgadas que los brazos y los míos, por supuesto, no lo eran. Sus cinturas eran de avispa y la piel no tenía imperfecciones, granitos, estrías, pelos o marcas de cicatrices. Su piel parecía de un solo tono, lisa y aterciopelada. Nada de esas características estaban en mi cuerpo. ¿Que cómo me sentí? Me sentí fea, llena de imperfecciones y hecha un desastre. Tuve unas ganas irrefrenables de dejar de comer ese helado de vainilla, hacer deporte, hacerme treinta fotos hasta conseguir una en la que saliera perfecta para “sentirme a gusto conmigo misma”, y publicarla para sentir no solo mi falsa aprobación sino también la de los demás.

Esa noche quedé con mi pareja a cenar y me hizo sentir tan perfecta que se me olvidaron las tonterías de la cabeza y esas fotos no se publicaron. Gracias a dios, alguien me puso los pies en la tierra y evitó que subiera alguna de esas fotos llenas de inseguridades, tristeza, soledad y mentiras. Pero no olvidé esa sensación, esa agonía por intentar ser quien no era. Decidí hacer algo por mí y mi autoestima. Lo mejor que podría haber hecho. Dejé de seguir a todas las chicas que se hacían ese tipo de fotografías.

En primer lugar, me di cuenta de que no necesitaba en absoluto seguir esas cuentas. En segundo lugar, mi autoestima mejoró porque me empecé a fijar en la belleza de la realidad y de lo bonito que es ser natural. Por último, me di cuenta que no sólo estaba haciendo algo bueno para mí, sino para el mundo. Estaba liberando a esas chicas de una seguidora que aumentaba su necesidad de aprobación y su poca autoestima. Estaba liberando de una mentira más a esas chicas que absorbidas por ese tipo de cuentas creen natural subir mil selfies de ellas mismas, mostrar su cuerpo con posiciones poco naturales en la playa o enseñar sus nuevas adquisiciones para sentirse aceptadas y queridas dependiendo de los me gustas que reciban.

Esta es mi historia. Aunque quisiera que fuera la única, lo cierto es que millones de jóvenes están siendo víctimas de este tipo de cuentas. Parece que nos veamos obligados a premiar aquellas fotografías más perfectas, estudiadas y poco naturales. Dejemos de construir esta cultura por la aceptación y premiemos a las personas reales y naturales. Si educas a tu cerebro y empiezas a apreciar lo real, te darás cuenta de que lo antinatural te parecerá cada vez más ridículo. Donde veías una chica perfecta posando en un paisaje idílico, verás soledad, poca autoestima y una vida vacía detrás de esa fotografía.


Originally published at www.boxvot.es.

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