Mudar, la palabra del 2015

Este año, cuando recién empezaba, regresaba de Estados Unidos para Venezuela a sabiendas de que en algunos meses me iba a mudar para Argentina.
Previamente mi mejor amiga y su novio se habían mudado para Buenos Aires, ese mismo enero, por lo que ellos tendrían un poco más de tiempo para ayudarme a conseguir un sitio dónde vivir.
Rápidamente — en realidad no tanto — me di cuenta que aunque Buenos Aires era hermosa y magnífica (lo afirmaba sin haber ido nunca), poco haría en un país del cuál oía que se acercaba mucho al modelo que regía en Venezuela. Por lo que ese mismo mes decidí que no me quedaría en Argentina.
Lo que me llevó a tomar mi decisión fueron dos ejercicios reflexivos que hice. El primero; envié currículos dónde había vacantes y nadie respondió. El segundo; mi novio me dijo «Tengo dos primos, uno en Buenos Aires y otro en Panamá. El que está en Panamá tiene casi cinco meses allí y le va mejor que al que tiene casi dos años en Buenos Aires.» ¿No había que pensarlo mucho, verdad?
No fue fácil sacarme de la cabeza a Buenos Aires, tenía un amor platónico con Argentina, con Soda, con Bersuit, con el tango, su cine, su acento, su bandera y sus escritores.
Poco a poco, habiéndome sacado la idea de Argentina, me decidí por Panamá, en dónde mi currículo fue bien recibido y en dónde tuve varias ofertas y entrevista de trabajo sin haber puesto aun un pie en el país (que tampoco conocía).
Pedí dinero prestado para viajar a Panamá pero igualmente hice mi viaje a Argentina y me enamoré por completo. Buenos Aires es una ciudad encantadora, me resulta imposible pensar que a alguien no le guste.


Regresé de Argentina a Venezuela, dejando un poquito de mí en Buenos Aires. Ese pedacito que dejé allá lo dejé en buenas manos con mi amiga — a quién quiero como una hermana — a la cual extraño mucho.
De regreso en Venezuela me tocó prepararme los próximos 30 días para empezar la mudanza, esta vez, física y emocional. Entré abrazos y lágrimas de familiares, amiga (porque en ese momento solo me quedaba otra «hermana» en Venezuela y ya se mudó a España) y novio, me despedí de mi Maracaibo para mudarme y visitar, cómo decimos en criollo, «hasta nuevo aviso».
Tan pronto llegué a Panamá empezó mi búsqueda por un sitio dónde vivir. Acoto que no conocía a nadie en Panamá por lo que cualquier cosa desde ir al supermercado a buscar trabajo representaba una hazaña. No fue fácil. Pero lo que no esperaba, en absoluto, era encontrar un sitio dónde encontré a grandes amigas, españolas; recién mudadas al país también. Les cuento que es una casa dónde a la que llora por el novio se le sube el ánimo con donas o «roscas», si lloras porque extrañas a tu familia todas te entendemos y no hace falta que me llamen para empezar a repartir abrazos. Es un apartamento dónde yo particularmente me siento muy bien de haber llegado.
Afortunadamente, estoy en un sitio dónde tengo la oportunidad de conocer diferentes personas, con todo tipo de historias y de varias nacionalidades. Lo que, por alguna razón, ha despertado de nuevo en mí las ganas de escribir.

Hay días dónde estoy limpiando la cocina y me encuentro escuchando la misma música que pone mi mamá para limpiar. Solo tenía que mudarme para que me provoque desayunar arepas con queso rallado y café con leche (aunque como poco queso y no soy amante de tomar café todos los días), o para querer comer pan dulce con queso palmita y una malta fría. A otros venezolanos esto les podrá parecer un ejercicio normal pero es que yo no escucho salsa por gusto — tampoco soy «merenguera» o gaitera — , las escucho porque me recuerda a mi mamá bailando al son de Los Adolescentes, tampoco tengo el hábito de comer pan o arepa y queso 24/7 pero me recuerda a mi abuela, quién me las hacía con mucho cariño.
A veces me encuentro recordando todo lo que hice antes de llegar aquí. Los sitios que visité — dentro y fuera de Venezuela — , los trabajos extra que tomé para poder mudarme; las salidas despidiéndome y despidiendo a los que se iban; las cenas improvisadas; cuando ayudaba a mi hermano a repartir volantes para su pizzería; el día que me chocaron; mi papá enseñándome a hacerle cambio de aceite al carro; las noches dónde había racionamiento eléctrico pero era feliz comiendo pizza de mi hermano con mi abuela; cuando me despertaba en la madrugada para agarrar agua porque llegaba cada cinco días; las colas de dos horas o más en Enne para comprar alimentos regulados o cómo cuando iba a comprar soleras verde para tener a mano en la nevera; la vez que fui a Wicked con mi wolfpack y uno estaba más borracho que el otro, o algo tan simple como cuando me iba a acostar y estaba en mí cuarto con mi gata.

En lo que va de año «he mudado» de ropa, ideas fijas, sentimientos, emociones, creencias, ideales, metas, sitios, objetivos, personas y pare de contar. Algunas las mudé para abandonarlas, otras las mudé para reemplazarlas. Mientras que algunas son irreemplazables, otras se suman.
Más que mudarme, realmente buscaba huir del contexto de Venezuela pero decidí que voy a disfrutar el sitio en dónde esté. Dónde quiera que sea, sin huir más. Aprendiendo.
Sinestesia: Los Colores — Tu Miedo
Gabriela.
11/24/2015