ArgIndia

“Sé como el sol que nadie mira por su brillo, no seas como la luna a la que todos miran porque no encandila sus ojos

Ese fue uno de sus consejos. Uno de los tantos que me dio. En dos días se tomaba un avión de vuelta a su país. Pero en ese momento yo estaba ahí con él. En su cuarto.

Hacía solamente dos semanas que lo conocía. Recuerdo que yo estaba enseñándole a manejar a un amigo, era un jueves totalmente normal y arbitrario en Buenos Aires. Ya se estaba haciendo tarde, el cielo estaba oscuro y las luces del auto no alumbraban lo suficiente como para que maneje tranquilo. Yo me daba cuenta pero lo dejaba. Cuando aprendí a manejar tuve que lidiar con un maestro que por todo se asustaba y por todo me regañaba. Entonces, ahora que me toca enseñar a mí, decidí no ser igual de intolerante y dejar al otro aprender sin sobresaltos.

Como estaba un poco aburrida chateaba por teléfono. En una de esas charlas una amiga me invitó a un bar y le dije que iba. A mi amigo lo deje en su casa porque no quiso venir.

Un jueves a esa hora el bar se llena de oficinistas que van a tomar algo temprano . Estuve charlando con varios que me aburrieron. Yo había terminado la carrera universitaria, estaba desempleada y, al parecer, mi condición les daba el derecho de darme consejos y consuelo. Decían “ya va a salir algo”. Y está bien. Porque no espero nada más que una frase convencional de esa situación. Siempre que hablamos con gente que no conocemos, hablamos de temas que sean culturalmente comunes a ambos. Son las típicas charlas de ascensor, de peluquería, de taxistas y entre otras miles de cosas, los bares.

En determinado momento mi amiga y yo nos miramos. Eso siempre significa: vamos. Alguna que otra excusa para dejar la conversación y chau. Un gil menos en nuestro haber. Empezamos a caminar. A medio metro de dónde estábamos había un par de escalones. No estaba borracha así que no significaban un desafío para mí. Sin embargo, aunque nunca me lo hubiese imaginado, no iba a poder terminar de bajarlos.

Un chico, un hombre ¿Quién sabe? Me freno el paso y con mucha simpatía y un aire de esperanza me preguntó : do you speak english?[1]

Y de pronto todos esos años estudiando en el colegio, mirando películas sin subtítulos y traduciendo canciones con un diccionario en mano cobraron sentido. Ese idioma era lo único que él y yo teníamos en común. Y de no ser por ese código, nada hubiese pasado. Un triste “no” hubiese significado que mi transito sobre aquellos escalones sea tan insignificante como yo pensaba que iba a ser. Pero, en cambio, un “yes, of course”[2] transformó esos escalones en el lugar donde nos conocimos.

El hecho de que hablara inglés significaba que estaba en presencia de un extranjero. Su color chocolate en la piel (no chocolate amargo, chocolate con leche), sus facciones características, el color marrón en sus ojos y ese acento que evidenciaba que el inglés no era su primera lengua me hicieron ilusionar con la idea de su nacionalidad. Toda mi vida quise viajar a su país, había leído e investigado sobre ese lugar tan exótico para mí. Inclusive me recibí con una tesina que analiza la historia de la familia más polémica y política que caracteriza a su nación. Y entonces ese delirio, esa percepción que duró tan solo segundos, me llevó sin titubeos a preguntarle: where are you from?[3] Y definitivamente estaba en lo cierto.

Venia de Bombay, India. Estaba en Argentina desde hacía cinco meses. Vino a hacer una capacitación dado que la empresa donde trabaja (una financiera multinacional) estaba inaugurando una sede en Buenos Aires y necesitaban capacitar al personal. Esa era su función en el trabajo. Mostrar y enseñar como se hacía, además de asegurarse que, en caso de crisis, la inexperiencia de los empleados argentinos no le juegue una mala pasada a la empresa al resolverlos. Vinieron varios de sus compañeros de Bombay. Vivian todos en un mismo edificio, en diferentes departamentos. Pero siempre se juntaban a cenar o iban juntos a la pileta los fines de semana. La mayoría no sabía nadar, así que más que nada intentaban aprender, tomaban unas cervezas y chapoteaban. No se juzgaban, simplemente se divertían. En sus momentos de ocio miraban la serie norteamericana The Big Bang Theory o alguna que otra película que guardaban en una memoria externa que conectaban al lujoso televisor del departamento.

Pero el trabajo era el trabajo. A veces desde las nueve de la mañana, otras desde las once del mediodía, pero siempre hasta las nueve y media de la noche. Cuando no, también hasta las diez y pico. Nadie se iba a casa hasta que el trabajo este terminado. Y si había que ir más temprano, había que ir y listo. Antes de que se vaya le pregunté qué pensaba de la forma en que trabajaban los argentinos que capacitó. Y me dijo: “Lo que más les interesa es terminar el trabajo para irse de la oficina. Quieren aprovechar su tiempo para otra cosa y no se dan cuenta de que su sueldo es muy alto porque hay altas expectativas sobre ellos. Entonces siento que no quieren trabajar, les interesa lo que realmente quieren en la vida. Y eso es lindo y está bien. Pero no se puede tener todo.”

Él era musulmán. En la India hay una gran diversidad de religiones, idiomas y castas. Es una nación que se caracteriza por la diversidad que agrupa. Eso hace que sean personas muy versátiles. Sus amigos eran Hindús, que es la religión mayoritaria; de hecho tiene representación política. El partido conocido como BJP está actualmente en el gobierno. Sus políticas tienden a beneficiar y a respetar el hinduismo en detrimento de todas las religiones que forman parte de esa diversidad nacional. Cuando hablábamos de esto me comentó con un dejo de enfado que en los restaurantes de la India se había prohibido el bife, porque para esta religión la vaca es un animal sagrado. Para la religión de él, el bife no es un problema. Lo que no pueden comer es cerdo.

Hablamos muchísimo de religión. Desde mi postura incrédula (inclusive del cristianismo al cual pertenezco) empecé a hacer preguntas que el respondía con mucha profundidad. El es musulmán de cuna pero también volvió a elegir el Corán cuando investigó y se dio cuenta de que es el único de los libros sagrados que incluye hechos concretos de la ciencia que en esa época aún no habían sido descubiertos, salvo por la palabra de dios a su profeta Mohamed.

Entonces me decía ¿Cómo fue posible que en esos días alguien pudiera escribir tantos hechos biológicos y naturales y que luego, años y años después, todos ellos se verifiquen mediante la ciencia? ¿Quién más sino dios pudo haber dictado con tanta sabiduría la realidad? ¿Y qué otro dios que Alá, que fue el que dictó el Corán, que es el único libro que no tiene errores?

Su religión no le permite fumar ni tomar alcohol. Y dado que nunca me invitó a cenar, esas fueron las dos únicas cosas que lo vi ingerir (salvo por unos fideos que compartimos, pero no di más de tres bocados. No aguante el picante). Fumar un cigarro en el balcón mientras charlábamos sobre lo que veíamos afuera y sobre lo que nos pasaba por dentro. Tomar whiscola, fernet y cerveza. A veces también un jugo de naranja.

Ese jueves en el bar, cuando nos conocimos, no pude evitar demostrarle mi fanatismo por su país. Por poco puedo decir que me olvide que estaba en un bar hablando con un chico. Mi mente se creyó allá, viajando. Y toda esa espontaneidad sumada a mi gran interés por todo lo que decía, aunque sea el comentario más convencional del mundo, hicieron que esa noche charláramos sin respiro. Fuimos nosotros mismos desde un principio y nos gustamos. No hubo un beso, sino un abrazo. El se quedó con mi teléfono; yo con la idea de que esa experiencia había sido increíble y con muchas ganas de volverlo a ver.

No esperó mucho tiempo en hacerme notar que él tenía las mismas ganas. Llegué a mi casa y me escribió:

- “Hola. La pase muy bien. Espero verte mañana”

- Yo también la pase muy bien. Voy a intentar estar ahí.Descansa y suerte en el trabajo.

- Vos también!!!, te veo mañana. (Y muchas caritas felices juntas)

Al día siguiente me escribió invitándome a un pre boliche en su casa con sus amigos de la oficina. Y supongo que a esta altura del relato es una obviedad aclarar que fui.

Una amiga me acompañó. Decidimos ir a cenar juntas cerca de la casa, dado que nos invitó temprano; a las once. Y casi como si realmente hubiese algún dios, o tal vez Alá, que facilitaba nuestros encuentros, la casualidad hizo que su grupo de amigos y él nos reconocieran en el restaurante (que en realidad era un puestito de hamburguesas). Juntamos las mesas. No sé hasta qué punto fue incomodo o no. Pero la conversación se mantuvo bastante fluida.

Una vez en su casa empezamos a tomar unos tragos y charlar entre todos. Había argentinos, indios y un mexicano. En determinado momento sintió que era hora de apartarme. Hasta el momento yo me encontraba charlando con uno de los más simpáticos de sus amigos, Shailesh. Su inglés era muy difícil de entender, pero sus anécdotas y su buen humor hacían que valga la pena el esfuerzo. Y por mí hubiese seguido charlando más, pero él me vino a buscar. Me ofreció un trago y fuimos al balcón. Nos confesamos lo mucho que habíamos disfrutado la charla del día anterior. Seguimos charlando y charlando. Me dio un beso antes de subir al ascensor, cuando ya nos íbamos con algunos más del grupo a bailar por Palermo. Ese barrio de dónde esta historia nunca salió. Ahí nos conocimos, ahí nos vimos siempre y ahí nos despedimos.

Su impresionante sentido de la moral y la ética me llamaban la atención. Su inmensurable amor por su familia. Le encantaba ganar mucho dinero y comprar bienes de lujo. Pero nunca para él, sino para regalo. Siempre recalcaba que él les debía a sus padres todo lo que es ¿Cómo darles la espalda? ¿Cómo no llevarlos a comer a un buen restaurante ahora que puede? Charlando una noche con otros miembros de su grupo, incluido Shailesh, comprobé que su personalidad se gesta en una cultura que les inculca un respeto hacia su familia que pocas veces sentí con tanto arraigo. Ellos nunca querrían irse de sus casas a vivir solos. Y no entendían del todo porque yo lo necesitaba tanto. También me llamaba la atención su ímpetu para avanzar en sus proyecciones de vida. Siempre buscando crecer en la profesión, con metas claras y posibles. Pero con mucha paciencia, racionalidad y sacrificio.

En todo momento, cuando hablaba con él, me daba cuenta de que tan fuerte es el sentido del deber. Lo notaba tanto en sus contradicciones como en sus certezas. Cuando sentía culpa de no estar ahí junto a los suyos, porque prefería estar conociendo el mundo. O cuando me dijo que una vez que tome el avión, yo pasaría a ser un buen recuerdo que nunca iba a olvidar, pero no seguiríamos en contacto. El arraigo a lo que queda a tras no te deja avanzar, me explicaba. Y yo lo entendí, y valore su sinceridad.

Muchas veces se preocupó por mí. Y por lo que yo podría llegar a sentir cuando el desaparezca. A mí me hacía sentir ternura, por un lado, porque se preocupaba. Pero al mismo tiempo sentía que me alejaba, que era yo quien tenía que cuidarse y nunca encariñarme. Y hoy, hace tan sólo unas horas que tomó el avión. Lo último que le escribí es que iba a extrañarlo, pero que estaba tan contenta de haberlo conocido que todo valía la pena. ¿Qué mejor regalo que una historia para contar?

En muy poco tiempo compartimos mucho. Y llegado este punto elijo guardar los mejores detalles en la intimidad.

Soy una chica argentina, viviendo la década de los veinte, que conoció a un chico indio tan sólo unos años mayor que ella. En una época tan globalizada dónde la experiencia de los medios de comunicación y el cine nos asusta y nos aleja de lo diferente, quiero decirles que, habiendo vivido la experiencia, pocas veces un hombre me trato tan bien y con tanto respeto como lo hizo este musulmán.

A veces cuando entre sueños hablaba en Hindi o en Urdu o quien sabe cuál de todas las lenguas que conocía, me hacía pensar sobre lo diferentes que somos. Pero después, cuando nos confesábamos los sentimientos más genuinos, no me cabía ninguna duda; Sentimos lo mismo, buscamos lo mismo, somos lo mismo.

Lo único que me queda por decirte es gracias, Tabrez, por la inspiración.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.