Hablan

Lo primero que recuerdo de ese día es el sonido de la falsa alarma. Me refiero al sonido del celular a las nueve menos diez que me despierta, pero no me levanta. Siempre la apago (por eso es que es falsa) y sigo dormitando hasta que la verdadera me obliga a saltar de la cama. A las nueve en punto llega el paseador de Brisa, Lázaro y Luna, mis tres perros. El sonido del timbre no es lo grave, el problema son los tres ladrando al mismo tiempo por toda la casa. Suben y bajan las escaleras, entran a mi cuarto, salen, siguen ladrando.

Me levanto, me visto con lo primero que encuentro que sea fácil de poner. Bajo las escaleras a los gritos: “¡¡¡Vamos!!!!” y ellos me siguen hasta la puerta. Desesperados, ansiosos, contentos. En total oposición de ánimos, les pongo la correa de mal humor. Me saltan, me golpean con la cola inquieta y se amontonan en la puerta de tal forma que nunca la puedo abrir sin empujarlos.

Saludo al paseador con mi mejor cara de “¿Yo durmiendo? ¿A esta hora?” aunque el pijama y el pelo despeinado no cooperen con aquel engaño. Le doy los perros y cierro la puerta. Ahora sí, subo tranquila, prendo la tele y me hago el primer café curador de la mañana.

Ese día trabajaba a la tarde. Empezaba la Feria del Libro en Buenos Aires y el productor de mi programa de radio quería que vaya a cubrirla para hacer una salida telefónica y contar “un poco” que se estaba viviendo. Típica frase radial, al menos en Argentina. Siempre con aire desconstracturado uno pide que le cuenten “un poco sobre algo”.

Iba a ser un buen día. Qué suerte la mía que ir a trabajar significaba ir a la feria, comprar libros, ver escritores y asistir a charlas. Pero había algo en mi cabeza dando vueltas que me cortaba la atmosfera de disfrute. Tenía que hacer ese trámite. Estaba a jueves, el viernes no iba a tener nada de tiempo y lo necesitaba para el lunes.

Mi partida de nacimiento, tenía que ir a buscarla. Son esos trámites que por lo general uno realiza porque no le queda otra. No tienen ningún valor intrínseco. Lo que importa es para qué lo queremos, para qué se va a usar ese documento, pero nunca el documento en sí. Y ese era mi caso.

No quería ir. Entonces pensaba en esa copia que estaba en el cajón de mi cuarto. Sé muy bien que las copias no tienen validez, pero para mí era lo mismo.

Un nombre, un número, los nombres de nuestros padres, la ciudad natal. Meros signos, puras convenciones. Construcciones culturales que nada informan sobre mí. Y aun así, siguen siendo las encargadas de certificar que soy yo misma.

Cuando la leo, en realidad, veo mucha información: veo mi nombre y veo mi historia. Veo los nombres de mis padres y veo las marcas que heredé de ellos. Veo mi ciudad natal y veo las experiencias que viví en ese lugar, las personas que conocí y las que conocí viajando.

Yo veo mi identidad. Pero ellos, los demás ¿qué ven?

Las horas que podría haber usado para buscar mi partida las gasté (o las aproveché) inventando argumentos para no buscarla.

Nuevamente el timbre. Volvieron los perros. Son enormes los tres. Malcriados, hacen lo que quieren. Abrí la puerta y estaban cansadísimos de tanto caminar. Pasean dos horas con un ecuatoriano que le encantan los perros y siempre me manda fotos de cómo juegan en el canil del río de Vicente López.

Entraron y se echaron en la entrada. “¡¡Vamos arriba!!¡¡Dale!!” les digo siempre para que suban a tomar agua. Me obedecen pero mojan todo. Se mojan las patas y salen chorreando agua de la boca. Ya son parte indispensable de la casa. Su desorden, sus ladridos, y hasta sus identidades.

Los miré con envidia, ellos dormían tranquilos. No necesitan partida ni documentos. Pero nunca me atrevería a decir que no tienen identidad. Saben su nombre, saben su cucha y saben que somos su familia. Yo identifico su forma de subir las escaleras por el ruido de sus patas, se quien llora aunque no los vea y también quién esta ladrando.

Corté la abstracción con un poco de realidad: fui a la cocina, puse una olla con agua y saque el paquete de fideos. Había una salsa en el freezer, congelada. La saqué y la puse en otra olla.

Definitivamente para ese momento ya estaba decidido: no iba a ir. Los fideos estaban riquísimos. Los comí con galletitas de agua y soda fría.

Saqué un libro de mi mochila que quería terminar de leer antes de la feria, así iba y me compraba uno nuevo. Me da la sensación de que es más ordenado comprar un libro cuando terminas el que estás leyendo. Si no te aburrís enseguida de todos, porque el nuevo es más llamativo.

Y ahí me di cuenta que en ese pequeño detalle que noté de mí misma había mucha más información que en mi partida de nacimiento entera. Mi identidad estaba ahí, manifiesta en esa actitud, en esa manía.

La partida nunca la busqué. Miré la copia que tenía en casa. No sé quien fue a inscribirme pero sea quien haya sido eligió darme existencia legal ocho días después de mi nacimiento. Y entonces algo de eso me llamó la atención: ese día siempre había sido especial para mí, aun antes de saber que algo de mi propia historia había acontecido en esa fecha.

El 21 de Agosto se fundó la ciudad que más me gusta, el mismo día, años después, nació ese que fue mi primer amor. Y ahora también: es el día que me hicieron ciudadana (sea lo sea que eso signifique).

Siempre me gustaron las coincidencias, otro elemento más de mí que no aparece en la partida. Son un secreto que mantengo a salvo dado que suelo banalizar las casualidades en público.

La hora de ir a la feria se acercaba. Lavé los platos y me fui. Caminé hasta llegar al colectivo 68. Puse mi tarjeta en el marcador: “saldo insuficiente”. Eso también habla mucho de mi identidad. Cómo la de muchos otros. Bajé, la cargué y esperé al siguiente.

Aun pensaba en la partida, en cómo iba a sortear las consecuencias de no haberla buscado. Mi palabra no tendría credibilidad cuando diga mi nombre. Nada de mí misma certifica mi identidad, mejor que esa tediosa partida de nacimiento.

Llegué a la feria y me anuncié: “Soy prensa” dije. Me dejaron pasar sin pagar entrada. Simplemente entré con paso firme y entusiasta. Tan entusiasta que la credencial de la radio bailaba, colgada en mi cuello. Bailaba feliz de ser dueña de semejante beneficio. Y yo estaba agradecida que me lo compartía.

Y así estuvo conmigo durante toda la jornada. Haciendo uso de su autoridad ante mi palabra, certificando que yo era quien decía ser. Estuvo siempre presente; resignificando mi nombre y mi presencia, muy charlatana… siempre hablando por mí.

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