Mi Pasillito

Antes era el final del pasillo. Cuando subías las escaleras y doblabas a la derecha tenías ese caminito. Casi nunca iba a aquel extremo. Siempre entraba por alguna de las puertas que se encontraban en la pared color crema que (viniendo del lado de la escalera) está a la derecha. Era el pasillo de más arriba. En el último piso. La primera puerta es el cuarto de mi hermana. La segunda el baño. La tercera el cuarto de mi mamá. No había ninguna otra. Era un pasillo que seguía de largo. Su ancho se agrandaba un poco al final. Tal vez un metro y un poquito más. Es que allí ya podía ocupar el espacio que antes llenaba el vacio de la escalera.

Un día me cansé. ¿Y mi cuarto? Dije. Quería una puerta para mí. Para cerrarla.

Todo empezó con una estructura metálica. Alta y pegada a los bordes de la pared crema que limitaba aquel pasillito. En ellos se encajaron los pedazos de durlock que elegí pintar de color blanco. Entonces las paredes intervinieron el pasillo. Ya no parecía tan largo. Solo coloree una pared. La que ya estaba de antes. No me gustaba el color crema. Puse un verde azulado. Me dijeron que era un buen color para relajarse.

¿Y la puerta?, proteste.

Lo primero que situaron fue una cama de media plaza. Situada en el rincón. Contra la pared verde. Justo en frente, en el otro rincón que forma la pared, está el placard. Tanto la pared como el imponente mueble tienen ángulos rectos perfectos que encajan, entonces dan la sensación de orden, prolijidad. Algo que, en general, no caracteriza a eso que de a poco se estaba transformando en mi habitación.

La cama no es tan ancha como el placard, pero es más larga. Ambos muebles juntos ocupaban al menos la mitad del espacio. Entre mi cama y mi placar sólo se puede caminar en línea recta. Cuando mi perra viene a despertarme sale caminando marcha atrás. Es que no le da el lugar para girar.

Llené las paredes de imágenes. Un poster viejo del teatro Colon esta por encima de una foto de Mahatma Gandhi y al lado de una foto mía que me la saco un amigo a quien le estaba haciendo un gesto señalando que era “manisero”.

Conseguí unas láminas baratas con cuadros de Renoir y las pegué atrás de mi cama, quedaron mezcladas entre un dibujo de mi hermana y unas cuantas otras fotos viejas, que hace meses me gustaría renovar.

La pared verde la pinte yo. Al principio se notaban las pinceladas mal hechas. Ahora se emparejo, o tal vez las perdí de vista. Hay partes blancas, no logro explicarme cómo se salió la pintura, pero a veces pasa.

Mi acolchado también es verde, pero casi nunca hago la cama. Una amiga se dio cuenta que me gustaba combinar los colores. Entonces me regaló un cuadro (hecho por ella) que tiene verde, azul y rojo. Pintó el cielo abajo y la tierra arriba. Los dividió con una media circunferencia invisible, que es similar a la forma en que veo el cielo cuando viajo en la ruta, redondo. Hizo una gran flor roja en el medio que gotea. No gotea hacia el piso sino hacia el cielo, porque ahora es él al que le toca estar dónde va la gravedad.

Como tenía poco lugar, metí mi mesita de luz adentro del lugar de los zapatos. En el placard. Placard que ya no tiene puertas. Se salían. Me cansé y las llevé al garaje. Igual la mesita no se ve. La tapan las camisas, los vestidos y los sacos que cuelgan en las perchas.

Mi ropa no tiene mucha lógica. Los buzos los guardo al lado de los shorts de verano en el estante de arriba. La ropa para salir la cuelgo en las perchas. Odio colgar la ropa aun más que doblarla. En mis momentos de mayor honestidad conmigo misma toda termina mezclada, hecha un bollo uniforme en el segundo estante. No distingo las remeras de las calzas, las medias de las bombachas ni la ropa limpia de la sucia.

Nadie me ayudaba a colgar el estante en la pared. Así que ubique una mesita contra la única esquina que quedaba libre (al lado del placar, el final del cuarto). Arriba de la mesita puse un bombo que tenia de chiquita. Sobre el parche puse un cuadro que se apoya en la esquina de la pared, haciendo una diagonal que deja una especie de triangulo isósceles teniendo el borde del cuadro y ambas paredes como límite. Entonces puse uno de los lados del estante ahí arriba. Hasta el día de hoy lo sostiene ese cuadro (en el que me veo yo a los cinco años, con los rulos revueltos en una carpa en la playa) y del otro lado lo apoye en la parte de arriba del placard.

Ahí tengo mis libros, dos peluches que me guardé y los suvenires que me invento cada tanto de los momentos felices.

Sin ir más lejos, mi cuarto sigue siendo un pasillito. Una línea recta para caminar.

¿Y la puerta? La dejo entreabierta. Es que si no, mi perra no puede entrar a despertarme a la mañana. Con ese cabezazo decidido la abre del todo. Camina derecho (porque no hay otra posibilidad) y cuando llega al final del camino se sienta. Ahí se topa con mi cabeza, apoyada en la almohada. Mueve la pata y jadea.

Entonces me despierto y la acaricio. Se va conforme, caminando marcha atrás y espera que yo haga lo mismo.

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