Del día en que deseé no ser mujer.

No recuerdo cuántos años tenía. No recuerdo o no me quiero acordar. Hacé un esfuerzo me dijo una vez mi psicóloga. No me viene a la mente ni la fecha. En esos años estaba bastante perdida y no me acuerdo casi nada. O lo bloquee, como todo lo malo en mi vida.
-Puede que estés reprimiendo muchas cosas, entre ellas, cuántos años tenías cuando tuviste relaciones sexuales por primera vez con éste amigo tuyo, bueno, amigo entre comillas.
Le contesto muy enojada que eso no es ni de cerca lo que dije. Yo no me cogí a un amigo entre comillas. A mi me violó un mae.
-Las cosas como son señora. Vine acá porque necesito que me ayuden y no confío en nadie. No lo haga pequeño, para mi es una angustia muy grande. Ya voy a salir a la universidad y todavía no me siento cómoda en la intimidad. No he podido tener un puto orgasmo.
-Era tu novio o no? El muchacho no te puso una pistola en la cabeza. Al final accediste.
-Pero yo no quería, no me sentía preparada solo era una chiquilla. Se enojó conmigo y me dijo que para que lo calentaba, que era mi culpa.
Nunca más volví a verla. Ni siquiera me molesté en avisarle que iba a dejar de atenderme con ella. Me molestó tanto esa frase. Los psicólogos nunca han sido lo mío, he estado como con seis y ni ninguno me ha ayudado a ni mierda.
A las semanas, me armé de coraje para contárselo a dos amigas que me dijeron que era mi culpa por no saber cuidarme, que no era para tanto. Otra vez me coartaban la libertad de poder decidir sobre qué considerar problemático en mi vida o no. Y les creí, como una estúpida les creí. A la psicóloga, a mis amigas, a este mundo, cárcel de mujeres, donde me tocó nacer, donde el único agravante es tener una vagina.
Con una sociedad que me bombardea todo el tiempo, por todos lados, con explicaciones de por qué me tengo que aguantar todo lo que aguanté. Porque aguanté mucho. Porque les hice caso. Eso es algo que todavía me molesta. Yo definitivamente podría ser otra persona si en ese momento no me hubiera quedado callada.
Y es que el tiempo logró que hiciera como si nada hubiera pasado, que dejara que me saludara cada vez que me lo cruzaba en la calle, que dejara que siguiera en mi grupo de amigos, que dejara que se cogiera a mis amigas, y le adjudicara el llanto constante a cualquier otra cosa, las notas, la familia, la adolescencia, que se yo.
En el primer año de universidad me encontré con una frase: “la única verdad es la realidad”. Me interesó. La googlié. Al final era de Aristóteles, quien además, en ese momento descubrí, también sostenía algo así como que las mujeres éramos un error de la naturaleza. Cuando leí eso me enojé tanto que me agarró un ataque de histeria y rompí todos los posters de películas que tenía pegados en mi habitación. Adiós Pulp Fiction, adiós Kubrick. Realmente estaba harta de todo. Quien me conoce sabe que el cine es mi vida.
Cuando mi hermano llegó a casa tuve que explicar lo sucedido y me contestó -de ésto nunca me podré olvidar-:
-Si su angustia se convierte en violencia, no prenda fuego a sus cosas, prenda en fuego el sistema. A usted que le gusta la filosofía, venga y le presento a unos amigos de Andrés -mi primo-.
Jóvenes drogadictos, por definición resentidos sociales igual que yo, que me llenaron de Kate Millett, de Simone de Beauvoir, de Nancy Fraser, de Judith Butler, de Virginia Woolf, de Luce Irigaray. Básicamente, de feminismo. Ese hermoso lugar al que literalmente le debo la vida, lleno de compañerismo, de habladas existencialistas, gente empoderada que hablaba sin pelos en la lengua y sobretodo sin culpas. Sin pedir perdón por existir. Pocas veces tiene uno la dicha de encontrar gente así y menos en la familia. Yo tenía un primo y un hermano iguales a mí. Hijos de padres católicos, conservadores hasta la médula. En la casa hacíamos revolución simplemente con nuestra existencia.
Desde entonces me di cuenta que nadie nos regala nada, especialmente a nosotras las mujeres, que supimos construir un red de ayuda a cualquier amiga que nos necesitara, aunque nos digan que la amistad entre mujeres “es un drama y puro puterío”, al mismo tiempo que nos fuerzan a competir entre nosotras por una pija. Me di cuenta de los estereotipos con intencionalidad de exterminio, esos que nos dicen que nos tenemos que cagar de hambre para ser deseables al mismo tiempo que nos explican por qué nunca vamos a conseguir novio si no estamos bien con nosotras mismas. A partir de ese momento no dejé, ni dejo, ni pienso dejar pasar una. Ni la más pequeña. Porque aunque ellos digan que es una broma o sólo “una forma de decir” yo leo ese sesgo de género inconsciente que nos condiciona, nos paga menos, nos violenta, nos debilita, nos asesina.
No tolero los grises. No existen. Hoy me niego a darle credibilidad a los peros. En la vida no existe el “Te violó pero no se dió cuenta” “Te mandó a lavar los platos a vos y no a tu hermano pero porque fue el primer nombre que se le ocurrió” “Te peleó y te pegó delante de todos tus compañeros en el recreo pero porque vos le gustas”.
Hoy en la mañana salgo a la calle, camino dos cuadras para comprar cigarros y una voz a lo lejos me confunde con su madre -mami….-, solo por nombre porque no creo que con la misma boca que me grito todo aquello le vaya a besar la mejilla a la suya. Cuando vuelvo para mi casa a la chica que está caminando adelante mio la confunden con un perro.
Se hace el mediodía, voy al súper a comprar una salsa para las lentejas. La cajera le pide 100 colones al mae que está adelante en la fila. Él le responde “¿Un beso? Te doy todos los que quieras deliciosa”. Larga una carcajada. Ella pone cara de asco y agacha la cabeza. Ya les dije que yo no iba a dejar pasar una ¿no?. “Que chiste de mierda. Te pidió una teja ¿Es muy difícil entender? ¿Necesita que se lo expliquen con un dibujito?”. Él se va sin antes decirme perra. Ella me sonríe y me agradece.
A las cuatro de la tarde estoy en una parada en San Pedro. Cerca mío hay una mae leyendo. Tendrá como mucho 18 años. Se le acerca un tipo le pregunta de dónde viene, qué hace acá, que está leyendo, si esta sola. Ella responde todo evasivamente, claramente incómoda, mirando para todos lados, buscando ayuda. Cuando le pregunta dónde vive y ella se queda callada, el hombre se le acerca un poco mas y vuelve a preguntar. Yo agarro mi bolso, me paro, voy hasta donde están ellos, pongo cara de culo y pregunto qué necesita. “¿Y usted quién es?”. Le contesto que soy amiga de la chica y que el único desconocido es él. “¿Qué necesita?” Le repito. “No, nada, estábamos hablando, no pasa nada.” Finalizo diciéndole que ahora estoy yo y que quiero hablar con mi amiga, que por favor se retire. Lo hace. Le pregunto a la muchacha si está bien, me dice que sí, que se va a ir ya porque el mae le dio un poco de miedo. Le digo que no es necesario, que si quiere me quedo cerca. Me dice que no me quiere molestar y que igualmente ya se iba, que no me preocupe que vive cerca.
No es que yo no tenga miedo, no es que yo justo estoy en los lugares correctos, mucho menos es que me considere una especie de heroína feminista. Es sentido común. Es empatía, tal vez, producto de lo que me mueve mi propia experiencia. Pero la realidad es que esto pasa todo el tiempo y todos los días. No era la única caminando esas dos cuadras enla mañana, ni cuando iba al súper, ni cuando volvía a mi casa. No era la única haciendo fila esperando que la cajera me cobre. No era la única sentada en la parada. Pero sí fui la única que estaba mirando. Que estaba dispuesta a hacer algo. Porque no quiero que a ellas les pase nada. No quiero más mujeres con miedo, calladas, reprimiendo su sufrimiento. Por eso no existen los grises en este aspecto de mi vida. Y realmente pienso que no deberían existir en la vida de nadie más.
NO lo deje pasar. NO lo deje estar. NO es una estupidez o una broma. Haga la diferencia. Involúcrese. Hágase notar. Violencia, maltratos y acosos, para nosotras, NUNCA MÁS.