Huesos y flores

Hoy llegue a mi casa a las tres de la mañana, sudada y despeinada, después de ir al chivo de una de mis bandas favoritas de acá. No tenía sueño, daba vueltas y nada. Entonces abrí Netflix y me puse a ver que me recomendaba. Ya había visto el trailer de “To the bone”, me emocionó el hecho de que ya había salido y sin esperar mucho le puse play.

Hace dos años que puedo decir que estoy completamente curada de la anorexia, mi mente es grandiosa y tiende a olvidar o no pensar en las cosas del pasado que me hirieron a muerte, entonces me sentía fuerte y más que preparada para no solo verla, sino re vivirla.

Toda la negatividad del personaje, toda la rabia, la ironía al encarar a la gente, la crueldad con las mismas personas que nos trataban de ayudar y aún peor la crueldad con nosotras mismas. Todo era exactamente igual, el pánico al subirse a la báscula, la obsesión con las calorías y lo orgullosa que me sentía cuando lograba decir a la perfección cada uno de los números que habían en mi plato, el estarse tocando el cuerpo a solas, los brazos, los pliegues de piel que veíamos como gruesitos. Los moretones en la espalda por los abdominales, el cigarro que te quitaba la ansiedad y el hambre. Que por cierto hasta la fecha fumo. La pérdida de la menstruación, las bolsas con la comida debajo de la cama. Las familias disfuncionales y tal y como Eli, el padre siempre ausente. Las reuniones en familia que terminaban en caos y todos hablando sobre ellos mismos y en contra los otros.

Le puse pausa a la película a los veinte minutos de haber iniciado, me costaba respirar y sentía el nudo de cuando uno va a llorar. Pasa que uno se siente fuerte, y esconde recuerdos dolorosos bajo tierra. Nunca se tocan, no se ven y a veces hasta dejan de existir. Entonces entendí que no la quería ni podía verla sola, quería verla junto a mi mamá, la única persona presente durante todo el proceso y a la que le hice más daño. Quería pedirle perdón, ahora que todo había pasado y era casi ajeno. Esa noche me quede dormida llorando y al mismo tiempo me sentía aliviada de saber lo lejos que me encontraba de ese personaje tan parecido a mí, Eli.

La primera vez que escribí un texto, fue en mi recuperación de la anorexia. La doctora me decía que debía de buscar una forma de canalizar mis sentimientos y expresarme. La música a pesar de fascinarme, nunca se me había facilitado, pintar no me salía también, entonces escribí y si más no recuerdo en la página de 89decibeles debe seguir ese primer texto, que me ayudó a sanar y progresar como en muchos meses no lo hacía. Lo escribí con terror, sin saber si publicarlo o no.

La película llega a ese punto donde uno toca fondo, donde encara a la muerte y sobrevive. Entonces es ahí, en lo más bajo y profundo donde uno decide hacer algo al respecto. Se ocuparía un documental para poder enseñar todo el proceso de recuperación que es aún más duro. Es estar luchando por tu vida y al mismo tiempo contra tus fobias, contra esa voz en la cabeza. La primera vez que sientes lo que es una depresión, ver cómo tu cuerpo mejora pero te disgustas, te aíslas, no quieres que nadie te vea “gorda” aunque ya estés en un punto sano como máximo. Evitas los espejos porque tu reflejo te avergüenza y te toma años eliminar por completo esas verdades que asume tu cerebro. Volver a incluirte en la sociedad, regresar a estudiar y actuar como si nada hubiera pasado.

Yo no tuve al doctor que interpreta Keanu Reeves en la película, de hecho nunca encontré un buen doctor especializado en lo que yo tenía. En Costa Rica no existen este tipo de lugares. Así que me tomó tener bolas y ser autosuficiente por primera vez en mi vida, el sanar, el superar. Morir y volver a nacer. Eso significó para mi.

Puede que algunas personas, vean la película y no la entiendan. O sientan que nada tiene sentido “que solo coma y listo” dirán. Pero ese síntoma es solo la superficie de todo lo qué hay por dentro. Se preguntarán también ¿Por qué? ¿Por qué lo hacen? Las razones son tantas y diferentes para cada persona. Yo señalo a las excusas que ponemos: la sociedad, la búsqueda de la perfección, el machismo, el marketing, a los viejos que con 12 años en San José nos tocaron las tetas, a las familias disfuncionales, a los compañeros que se burlaron de nosotros, a la falta de autoestima y podría continuar con la lista.

Le digo excusas, porque aunque la vida muchas veces sea cruel e injusta, no tenga sentido, veamos cosas que nos parten el corazón y sea una puta montaña rusa. Al final la situación no define quién soy, la decisión siempre será nuestra. Ayer le decía a un amigo que hay luchar por encontrar la belleza entre la miseria, la flor que crece después de la muerte.

Les conté lo del chivo y la sudada y la bailada. Por qué ya tengo la energía para poder hacer todo eso, me siento alegre y viva. Soy una mujer completamente nueva que se levanto de entre las cenizas. Soy una sobreviviente y eso me es más que suficiente.

Otro personaje, el más positivo de ellos, decía que desde que comía tenía demasiada energía para hacer lo que fuera. Creo que por eso todos los fines de semana salgo a bailar, creo que por eso a veces soy un poco intensa y pongo a la gente incómoda, y hablo mucho y no me cayo y parezco un conejo saltarín por donde quiera que pase. Pero es que me lo merezco.

Y termino este texto con otro que me inspiró. Que habla sobre el coraje y cuando se lucha por la vida:

“Valor” por Anne Sexton
Es en las pequeñas cosas que lo vemos. El primer paso de un niño, asombroso cómo un terremoto. La primera vez que anduviste en bicicleta tambaleándote. La primera nalgada, cuando tu corazón emprendió un viaje solo. Cuando te dijeron “llorona” o “pobre”, “gordo” o “loca” y te transformaron en una extraña. Bebiste su ácido y lo escondiste. Más tarde, si enfrentaste la muerte de bombas y balas, no lo hiciste con un estandarte. Lo hiciste con solo un sombrero para cubrirte el corazón. No acariciaste la debilidad dentro de ti, aunque estaba ahí. Tu valor era un carbón que tragabas una y otra vez.