Paredes y grietas.

Hoy después de dos meses de no sentir las teclas en la punta de mis dedos. Después de pelearme con la escritura. La única cosa que amo y en que me considero realmente buena. Se me hace extraño soltarme, hablar, chorrear palabras que inician donde terminan otras. Y es que han sido días extraños, pero ¿Cuándo no lo son?.

Hoy se me hizo tarde y mientras corría por la Avenida Central en dirección opuesta a centenares de gente, lograba esquivar algunos pasos fuertes, algunas miradas de resentimiento al ser. Otras se encontraban vacías mirando a un punto fijo, pensando en el trabajo o en el problema que dejó guardado en una esquina de su casa.

Cuando era más joven y miraba a la gente mayor, pensaba en lo bello que debía ser elegir y tomar las riendas de su propia vida. Creo que idealice la adultez como la mayoría de cosas en la vida. Más tarde me di cuenta de que no existe el control en eso que llamamos futuro. Pero cuando toca señalar responsables de las cosas que suceden en nuestra vida, los primeros seremos nosotros mismos.

En lo personal a mi me mueve el inconsciente, esa parte pequeña, sigilosa y un poco callada que solo alza la voz cuando lo cree necesario. ¿Que hay ahí, cual es esa parte a la que tanto le tenemos miedo? Detrás de la cara que le muestro al mundo, ese momento donde cierras la puerta del cuarto y eres vos y tus pensamientos y te sientes en verdadera libertad para hacer lo quieras, porque no hay nadie cerca. Que valiosos esos minutos de sinceridad en nuestra alcoba. Cuando nos sentimos completamente libres de ser quien queramos, sin pudor, sin poses.

He llegado a la conclusión de que todo ser viviente es preso de sus propios demonios. Y le llamo demonios porque en la mayoría de los casos son pensamientos oscuros, vergonzosos, que no se dicen en voz alta porque pueden llegar a ser muy crudos. Así que últimamente me propuse hacer un experimento. Si alguien tuviera que describir a Mariela, fácil, fácil dirían de que soy una persona extrovertida, bombeta, que me gusta hablar. Pero de pronto te despiertas un día y ya no quieres. Ya no quieres hablar, no tienes nada que decir en el momento.

Así que me he dedicado a callar, escuchar y observar. Y me ha ido bien, creo que he conocido un poco más a mis seres más cercanos. Pero lo más interesante de todo, es que llegué a la conclusión de que las personas no son lo que dicen ser, tenes acceso a las capas externas, pero adentro, muy adentro se esconden los secretos que llevamos en el pecho. Todos sin excepción estamos necesitados de expresarnos, alzar la voz y hacernos escuchar para sentirnos comprendidos. La mayoría de frases las inician con el “yo” “a mí”, no se cansan de hablar de ellos. Pero por otro lado andamos buscando ciertas partes de nosotros en el otro. A veces pienso en que uno tiene la convicción de creer ser una persona, pero ¿Se han puesto a pensar de que en realidad podrían ser alguien totalmente distinto a como se observan?. Especialmente porque nos cuesta ser objetivos con nosotros mismos.

Doblé a la izquierda y entré a una biblioteca clandestina. San José esta lleno de lugares con perfil bajo, pero sorprendentes. Santiago me habló de este lugar hace dos semanas. Se trata de un espacio donde escritores y pensadores leen sus textos frente a los demás. Este tipo de reuniones siempre me habían parecido ridículas, gente con narcisismo en cada espacio de sus células, que quieren ser aplaudidos. Si uno escribe es para desahogarse no para quedarle bien a un grupo de gente que cree que tienen la potestad de decidir si un texto es bueno o no. Gente altanera que se cree superior a los otros, malditos críticos de todo, que no entienden que el arte es sentimiento y no perfección.

Pero ahí estaba ¿no?. Empapada de pies a cabeza por la lluvia, con los nervios clavados en cada uno de mis poros. Santi quería venir a escucharme, pero yo no lo dejé. Pasa que el texto que iba a leer le podía disgustar, pero más que todo romperle el corazón. Iba a leer mi texto favorito de todos, de los primeros días que conocí a Gabriel, de esos que te hacían explotar el alma mientras describías cada roce, cada mirada, cada mañana. Y no es que lo extrañe, no es que me haga falta. Pero volvemos al tema del inconsciente, puedes pasar meses sin pensar en esa persona, completamente enterrado, se podría decir. Y de pronto una semana, llegas a tu cuarto después de un día ajetreado, pones la cabeza en la almohada decidida a descansar la mente y dormir. Y te despiertas de golpe a las siete de la mañana, consciente de que acabas de soñar con él, de que lo tuviste al lado, de que le hablaste, de que se sentía real aunque sabías que totalmente era un sueño. Y te sientes rara, no entiendes porque esa mala jugada de tu cerebro si “de por sí ya no te importa, ya fue”. Y te pasa al día siguiente y varias veces esa misma semana.

Entonces te despiertas y rompes en llanto, porque no entiendes que pasa, si todos continuamos con nuestras vidas. Lloras porque es injusto, porque ya han pasado meses y ya te sentías fresca y nueva. Entonces me empiezo a sentir como una loca. ¿Cuánto tiempo toma olvidar a alguien que amaste? Borrarlo hasta del inconsciente. Y entonces veo a Santiago con esa sonrisa de enamorado, todo lo que siempre he soñado, un aventurero, alguien sin miedo a sentir, que me hace sentir especial. Y no puedo evitar sentir miedo, miedo de abrirme, de exponerme y derribar esas paredes con grietas. De sentir con todo, como lo hacía antes, por miedo a ese dolor insoportable que viene después. Del miedo a saber que un día para otro esa persona es como si estuviera muerta, que ya no cuentas con ella más.

Me senté en las sillas de atrás a observar todo, cerca de la puerta por si sentía la necesidad huir. Fui ahí porque después de varias semanas de no hablar, quería hacerlo.Y que mejor que hacerlo frente a unos desconocidos, los cuales sus opiniones no me importaban en lo más mínimo. Primero pasó un hombre que podría asegurar que es periodista, un texto largo de la política actual y sus críticas a absolutamente todo. Después pasó una señora mayor que me llamó la atención, tomó una larga pausa para hablar, se acomodó sus anteojos y prosiguió a leer un papelito arrugado donde nos hablaba de lo difícil que es desprenderse, lo difícil que es dejar ir y por supuesto quedarse bien con uno mismo. Acababa de perder a su mascota que era su única compañera en una casa grande llena de cuartos. Me gustó y mucho, sonaba sincera y real. Lo único que me sorprendió es que no tocara el tema de la muerte, pero supongo que nos gusta evitar esos temas que nos provocan un profundo miedo. Un señor canoso leyó un poema que según nos dijo lo escribió en su juventud y hablaba de una relación tóxica, corta, pero que lo marcó para siempre. La chica era manipuladora, lo hacía desprenderse de sus creencias para adoptar las de ella, nos hablaba en como le hizo creer que su propósito en la vida era que se encontrarán. Y él lo creyó, como un fanático religioso que no cuestiona ni una palabra de lo que le predican.

En fin solo quedaba yo, y mientras caminaba al frente sentía como las piernas me temblaban, la mano donde llevaba mi escrito sudaba. Los veía a todos pero mi preocupación no era sus mentes. Es que esta prueba significaba para mi, que lo de estos días era solo sueños casuales, o tal vez no. Tenía miedo de que se me quebrara la voz, de que rompiera en llanto en medio de mis letras. Quería poder terminarlo, tenía desde el momento en que lo escribí, de no ponerle un ojo encima. Era uno de esos textos prohibidos por mi propio bienestar. Aclare un poco la vos e inicié:

Este es un texto que probablemente nunca vayas a leer, porque no tengo la valentía para decírtelo o enseñártelo. No se que es lo que me da más miedo. Si mostrarte mis sentimientos y que salgas corriendo. O tal vez ver como poco a poco la sonrisa se desdibuja de tu boca. No puedo correr el riesgo de no poder abrazarte como pasó en tanto tiempo. Siempre me pongo a pensar sobre que te diría, si un día acostados en tu sala me preguntaras exactamente que siento por ti. Lo imagino, imagino ese momento casi siempre antes de irme a dormir. Repaso en mi cabeza como el día anterior hacíamos el amor. Veo como me preparas el desayuno, porque ya sabes como me gusta el café, acompañado por un cigarrillo. Y lo tomamos con paciencia, por que nada nos urge, porque el tiempo no cuenta. Ya sabes bien como me gustan los besos, cuales son mis zonas sensibles. Mis problemas, mis insomnios, mis miedos más profundos pero también mis sueños. Sos consciente de lo peor que habita en mi, la depresión y la ansiedad, que me persiguen y respiran en la nuca todo el tiempo. Pero no sales corriendo, me das la mano y solo eso me hace amarte. Me comprendes, me escuchas, me haces reír y me siento segura cuando estoy contigo. Tengo una casa donde puedo despertar con un beso, un café y una sonrisa. Tengo una camisa tuya por pijama, un espacio en tu cama para recostarme a tu lado y hacerte preguntas hasta que te canses de mí. Entonces me iré para no sofocarte, para que te sigas sintiendo libre. Y me voy con una sonrisa en la cara, porque no necesito nada más que hoy, ni un para siempre, no necesito que me digas que me amas igual, porque lo que me das me es suficiente. Soy feliz contigo y no tengo miedo de amar. Bastó volverte a ver para olvidarme de los muros que coloqué frente a mí todos estos meses. Y me encantaría que te desprendieras de tu zona confort, de ese miedo a que te dañen otra vez, de ese miedo a la vida y su dolor constante. Me gustaría que te permitieras volver a sentir por el tiempo que puedas, no por mí sino por ti. Porque coincidir son de esos obsequios que pocas veces te da la vida. No debemos dejar que el miedo se adueñe de nuestras cabezas. Y al final, porque siempre llega, estoy segura que valdrá la pena.

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