Adrenalina de vida

Existen en esta vida pequeñas cosas que me hacen feliz. Soy una persona capaz de sentir fascinación ante cuestiones tan cotidianas y vulgares que quizás para otros pasen desapercibidas. Y cuando algo me encanta, lo hace con el completo significado de la palabra: me desborda, genera para mí un momento mágico. Estoy convencida de que cada día puede ser todo lo maravilloso que uno se lo proponga, y esto lo confirmé el día en que pude darme cuenta de que a nuestro alrededor hay pequeñas partículas de poderosa adrenalina, y que ellas pueden entrar en nuestro cuerpo, si las dejamos, e invadirnos de pies a cabeza. Y esta invasión es de lo más positiva, refrescante y regeneradora. Si la pudiéramos ver, esas partículas serían como un láser multicolor que ingresa a nuestro organismo y refleja, refracta y reproduce sus líneas de luz de punta a punta, subiendo y bajando, tocando cada pared interna e nuestro cuerpo, de izquierda a derecha y viceversa. Hasta que por fin la luz empezaría a hacerse visibles a través de los ojos, más precisamente en las pupilas, y cada vez que entabláramos contacto visual con alguien, podríamos compartirla.




Siempre creí que la clave está en el deseo. Durante un día cualquier podemos contactarnos con más de 50 o 100 personas. Quizás más. Pero sólo si tenemos suficientes ganas de tener un buen chispazo podemos recibir esa electricidad que proviene de la mirada del otro. Esas personas que comparten su energía a través de la mirada ya aprendieron que cada vez que lo necesiten pueden recurrir sencillamente a su alrededor, hasta dar con alguna pupila donde recargarse. Porque la vida es intercambio y movimiento, nada nos llega para siempre y nada de lo que perdemos es definitivo tampoco…



¡Ah! Ya casi me olvidaba por qué me senté a escribir todo esto (me dejé llevar por las partículas de adrenalina). El punto es que me hace feliz darme cuenta de que hay muchas cosas que me hacen feliz. Por ejemplo, estos son algunos de mis momentos mágicos:



  • Tomar una merienda y lograr que mi hijo de 1 año se mantenga sentadito unos veinte minutos seguidos, disfrutando conmigo.
  • Caminar por Palermo y darme cuenta de que comí, reí y bailé en más de 10 barcitos y boliches de esa zona.
  • Descubrir una nueva librería, de esas que tienen barcito incluido y uno se puede quedar allí leyendo y comiendo algo rico.
  • Encontrar un restaurante que nos gustó (¡oh, coincidencia!) a mi marido y a mí.
  • Localizar un par de paseos nuevos y prometerme a mí misma que voy a ir a conocerlos en los próximos meses.