Calor humano
Se abrió paso rozándose entre la gente, hasta quedar en medio del eufórico y sudado grupo humano. Todos con la mirada clavada en el televisor, que como siempre estaba colocado demasiado alto y los obligaba a hacer un gran esfuerzo cervical. Pero el sacrificio a nadie le importaba, la tensión de los últimos momentos del partido se podía oler y sentir en el propio cuerpo.
Haciendo maniobras apretadas fue dejando resbalar su saco. Pegó algunos saltitos para terminar de sacárselo, y así como cayó, lo dejó tirado en el piso. Ahora, sólo con vestidito de verano sobre el cuerpo, podía sentir mejor el contacto con la gente y el pegoteo de las pieles con las que interactuaba. Brazo, espalda, codo, a veces incluso el pecho. La transpiración compartida la hacía sentir muy bien, contenida dentro de esa gran masa. Su sonrisa ahora era tan grande que le llegaba hasta los ojos. Estaba extasiada, inspiraba hondo, disfrutaba y deseaba que esos instantes finales del partido — en el que, por cierto, no conocía ni a un sólo jugador — , no terminaran nunca.
Recorrió todo el bar, de punta a punta, desde la barra hasta la última mesa, asegurándose de no perderse contacto con nadie. Pasó por las dos columnas de los costados, donde se amontonaban varias personas como para descansar un poco el peso de su cuerpo. Y allí, sobre la pared pegajosa ya de tanto rose, ella también se reclinó unos instantes, tomando contacto con cada centímetro de calor humano que pudiera encontrar.
Estaba cerca de la puerta de la cocina, junto a cuatro cocineros que habían suspendido momentáneamente sus tareas para mirar el partido, cuando de pronto ¡un gol de último momento!, de esos que nadie se esperaba y que suman candor al encuentro. La mayoría de los sudorosos hombres celebraron agitadamente, y en el revuelo generalizado, uno de ellos se le vino encima. Al mismo tiempo que se disculpaba por el golpe, la tomó con las dos manos, mojadas de transpiración y de cerveza derramada, la miró bien fijo, casi como si la conociera o si, por lo menos, tuviera alguna intención con ella, y la sacudió frenéticamente al grito de “¡vamos todavía, carajo!”
Ella cerró los ojos y se dejó sacudir. Sintió la vibración de pies a cabeza e inhaló el aliento a cerveza que había a su alrededor. Esas dos manos firmes de aquel extraño fueron un puente hacia el clímax. En ese mismo instante sintió que todo su cuerpo estallaba. Se liberó, gritó, se abrazó con él, luego con otro. Se abrió paso entre la multitud rosándose en el sudor de otros cuerpos tan acalorados como el de ella. Nadie la miraba, nadie reparó en su desborde…o quizás sí. No lo había pensado.
Ahora quedaba un minuto para el final. Un solo minuto y todos pedirían la cuenta. Sus hombres se marcharían. Y ella debería volver a su casa, sola, disimulando su excitación por las calles.