Prometo

Prometerme es una costumbre que me encanta. La practico desde siempre, solo que con los años fui tomando conciencia de mis promesas.

Me prometí una carrera, me prometí una pasión, me prometí amistades eternas y hasta me animé a prometer que conocería el amor. Y no con la omnipotencia de creerme capaz de dominar el futuro, ni el mío ni el de nadie, sino con la convicción de quien sabe por dónde quiere caminar y con quién a su lado. Con la certeza del esfuerzo que soy capaz de hacer por lo que me importa y me inspira, y con la seguridad de lo que creo que me merezco.

Hoy por hoy me estoy prometiendo, al mismo tiempo, varias cosas. Grandes, pequeñas y hasta incluso de mediano plazo. Me prometí pequeños placeres, de esos como visitar un museo que aún no conozco, llamar más seguido a mis amigas, sentarme en el piso de madera cada viernes que llegue temprano a casa y degustar alguna que otra cosa extraña que despabile mi paladar. Y también tengo promesas más ambiciosas, asumidas conmigo misma con la misma convicción, como cultivar mi propio jardín, conocer gente del mundo entero y desarrollar algún nuevo hábito místico. ¿Por qué no?

Me encanta prometerme, porque con solo hacerlo ya empiezo a paladear el sabor de esa nueva conquista que, estoy segura, voy a conseguir (porque me lo prometí).