El mundo de la verdad, el mundo de los horizontes


La búsqueda de la verdad ha sido desde siempre motivo de intelección, de discusión, más aún de frustración. Como seres humanos necesitamos certidumbre, exigimos certezas para poder afrontar el mundo, para darle sentido y darnos sentidos, para crear realidades y sostener nuestras experiencias, para ser y sernos en el tiempo y en el espacio ante la fatalidad inminente de la muerte, no solo de la propia vida, sino de la vida presente, la vida actual que a cada instante muere al convertirse en pasado, y en donde el futuro es tan solo momentáneo al convertirse inevitablemente en presente, un presente. que se extingue aunque no desaparece del todo. Es la estructura temporal de la existencia la que nos exige verdad y significados dentro de nuestra estructura espacial, pues somos seres inorgánicos en cuerpos orgánicos.

Tratamos pues de definir la verdad mediante la existencia, la cual no solo se percibe con los sentidos y sensaciones, sino que se concibe por medio de significaciones y representaciones que se crean simultáneamente en el interactuar continuo con el mundo y en el mundo, en donde el en sí y el para sí se establecen en una relación mutua y recíproca ineludible.

En esta conquista de la verdad, de la definición de la estructura de la realidad, de la significación de la existencia y del mundo, el filósofo Merleau-Ponty desarrolla la fenomenología, la cual es un método para tratar la realidad y describir la forma en que las cosas se nos presentan en nuestra experiencia; es una actitud indeterminada y abierta, es la experiencia de la vida misma y del movimiento de la vida. En otras palabras, la fenomenología es la creación de significados a través de la propia experiencia en una interacción que se da en paralelo entre el sujeto y objeto, que se funden y co-crean en la intención.

No obstante, la fenomenología sólo se explica si nos entendemos como seres que ya están situados en el mundo, estamos ya-en-una-situación, en un contexto, lo que Merleau-Ponty llama horizonte, en el cual la propia existencia no es nada sin la existencia del mundo. Esta filosofía se opone de manera tajante al “yo cartesiano” de Descartes, en el que todo parte de un yo pensante e inmaterial, el cual resuelve las “verdades” gracias a la introspección; proceso interno de la mente etérea que incita un dualismo entre el mundo tangible y el intangible, el cuerpo y la mente, lo espacial y lo no-espacial. Por lo que, la esencia última de las cosas se da en el entendimiento, en tanto se conciben; en contraste, Merleau-Ponty establece que la experiencia y su percepción junto con la concepción, significan al mundo y la verdad, la realidad es consecuentemente multidimensional. Más allá del proceso mental de la introspección, se da una interacción con el mundo, en el mundo y para el mundo por medio de un cuerpo que es mente y una mente que es cuerpo, en tanto que la intencionalidad del ser y el actuar se da al mismo tiempo en el movimiento de la vida, el cual a la vez se tiende a en el tiempo y en el espacio dentro del contexto del horizonte que es presente, presente que es movimiento, movimiento que es vida; ofreciendo infinitud de posibilidades al ser, en tanto que la existencia se da, se entiende, y se vive en el tiempo presente.

Por consiguiente, en esta búsqueda de la verdad, la intencionalidad es la actitud que la define y le da sentido; significación y significado, ya que es la relación de la mente con objetos ajenos a ella, en donde las ideas tienen una relación directa hacia algo exterior y a la vez hacia ideas internas, la imaginación y la memoria; creando no solo representaciones, si no comportamientos, interacciones, acciones y reacciones. La existencia se determina pues en la intencionalidad, la cual está dada como parte de un “cuerpo pensante” y una consciencia, que se hacen y son simultáneamente; una intencionalidad dada de antemano, pero abierta a las posibilidades que el horizonte nos ofrece. La intencionalidad entonces no puede ser entendida sin horizonte, el horizonte la posibilita y el “cuerpo pensante” la vive y la define; la experimenta.

La fenomenología invita a la reflexión radical de nuestra experiencia en el mundo, del mundo de la vida, el cual es esa conexión inseparable e indivisible entre mente, cuerpo y mundo, y que además se implican entre sí; buscando así comprender al ser humano y su relación con y en el mundo, pues para comprenderlo no solo importa el mundo si no el propio mundo que uno crea en la interacción con éste, por lo que las cosas en el mundo tienen significado porque uno mismo las relaciona con sus propósitos, sus actividades, sus necesidades, sus sentimientos y sus emociones. Uno no es el producto de sus circunstancias sociales y físicas, más bien ellas son el producto de la propia existencia. En consecuencia, el ser humano es un ser-en-el-mundo, es la fuente absoluta de significados, pues éstos ya están en él; el horizonte los hace posibilita, más la realidad está en donde está la atención y la intención de uno. Es la” mirada” y el “reflejo” de lo que se mira desde una ubicación temporal y espacial lo que crea un presente personal dentro de uno general y absoluto.

Asimismo, el mundo de la verdad, es el mundo de los horizontes, debido a que el horizonte es aquello que asegura la identidad del objeto en el curso de la exploración de la existencia ya que da continuidad a la dimensión espacial y temporal, lo que permite crear significados y dar sentido a la experiencia. El mundo de los horizontes es pues el mundo que experimento, es el mundo que habito y no simplemente el que contemplo; lo que significa que nuestra relación con el mundo de la experiencia no es una relación externa, sino una interna y personal, subjetiva. La verdad se encuentra en el mundo de la vida y en su vivencia, mundo en el que sujeto y objeto se funden, pues su existencia es co-existencia.

En conclusión, el mundo de los horizontes para Merleau-Ponty es el mundo del espacio y del tiempo, es el mundo de la interacción, intención y experiencia en un presente que se habita; el mundo de los horizontes es movimiento y es co-existencia. Es un mundo en donde los objetos de éste son en resumen lo que los otros “ven” de sí mismos, debido a que es solo en el horizonte que se pueden “mirar” los objetos desde todas partes y desde todos los tiempos, es lo que permite la retensión y pretensión de los mismos, su existencia y permanencia. El horizonte ofrece posibilidades en donde los objetos no están acabados, sino que se determinan en la “mirada” de la experiencia y en el movimiento hacia al mundo, hacia la vida, viendo no a los objetos en sí, si no posibilidades de acción, significados, intenciones; y en ello el mundo de la verdad.
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