
La pequeña casa que dejé
La pequeña casa que dejé no era mía. Quise que lo fuera, pero no lo fue. Tenía un balcón desde donde adoraba la playa en la que nunca me bañé, y el árbol esquelético que nunca quiso echar hojas. Desde ese balcón vi cuarenta y ocho amaneceres; los atardeceres, como marché de allí antes de las seis de la tarde, fueron cuarenta y siete. En esa pequeña casa, y también en ese balcón, bailé e hice el amor a ritmos iguales. Las caricias en el pelo, recuerdo, llegaron antes del café. Era domingo. Entonces, los cafés de los domingos, cómo no, nunca volvieron a saber igual, tampoco el balcón.
En la pequeña casa que dejé se quedaron, seguramente entre el mueble del televisor y la silla reclinable, las miradas de más de diez amores. La de Madre es la que más lamento no haberme llevado. Ella y yo, sentadas en el sofá largo algún sábado perezoso, esos sábados en los que ella decidía que estaría bien visitarme, imaginábamos un futuro en el que yo no quisiera marchar. Era un intercambio de sueños bastante ilusorio, porque en realidad nunca mencionábamos que me volvería a ir.
Ahora que lo pienso, también me habría gustado llevarme la mirada de Charles. Esa, a diferencia de la de Madre, es muy posible que no pueda recuperarla nunca más, ni un prototipo de remplazo. Era tan fugaz para ese entonces que seguramente con mi ida ya marchó a otro balcón. O tal vez no. ¿Será que me espera sentada en la silla de playa, la que nunca abrí porque, para qué?
En la pequeña casa que dejé, dirán algunos matemáticos, no pasé mucho tiempo. Los menos cuadrados, responderán, sin embargo, que pasé el tiempo suficiente. Ahora cuando cierro los ojos y vuelvo a escuchar la cascada de campanas, esa que no era mía, sino del vecino, pero que sonaba para todos siempre que le daba el viento, me pregunto si no habría querido pasar allí más tiempo. ¿Qué habría sido de mí de llegar al amanecer número cincuenta?, ¿habríamos desaparecido, la pequeña casa que dejé y yo, si nos hubiésemos dado la oportunidad de un par de atardeceres más? Pregunto porque, si marché de la pequeña casa que dejé, fue porque entre las dos ocurrió lo impensable: nos quedamos sin habla. Sí, no pronunciábamos letra y ya no se pudo hacer más.
¿Que si dejé algo más en la pequeña casa que dejé? No. Además de las miradas que ahora están vagabundas, y posiblemente andan mirando al flamboyán, y aparte de los amaneceres que por razones evidentes no pude traer conmigo, no olvidé nada más. La cafetera y la manta de flecos están a salvo; no me habría perdonado olvidarlas. ¿Imaginas?
