El sentido de la cultura del esfuerzo

Con motivo del estreno de la ópera Bomarzo en el Teatro Real, Tomás Marco (Diario EL MUNDO) alaba la actuación de “la estupenda escolanía de los Pequeños Cantores de la ORCAM perfectamente dirigida por Ana González” (El jardín de los monstruos, 25/04/2017). En realidad, estos niños intervenían en una parte muy breve para la que estuvieron ensayando durante un mes entero (esfuerzo suplementario a asistir a la escuela obligatoria y a realizar sus tareas). Tiempo de ensayar una y otra vez para que su actuación quedara a la altura profesional que exige una ópera en el Teatro Real en Madrid.

Es un ejemplo de la cultura del esfuerzo: un esfuerzo grande para después actuar brevemente, un esfuerzo enfocado a una tarea real en el mundo real.

Desde hace tiempo se esgrime la cultura del esfuerzo como argumento a favor de prácticas educativas que actualmente se encuentran en discusión como los deberes o la memorización de contenidos. La memorización de contenidos supone, para el común de la gente, un esfuerzo grande, que tiene muy pocos frutos en el largo plazo, puesto que la mayoría de ellos se olvidan. Si a un grupo de estudiantes se les pusiera un examen basado en la memorización de contenidos y se les repitiera al cabo de un tiempo ¿obtendrían los mismos resultados? Es más, si a licenciados e ingenieros nos examinaran esta tarde de Selectividad o a los conductores expertos nos volvieran a pasar el examen teórico de conducir, ¿cuáles serían los resultados?

La cultura del esfuerzo sale a relucir también en el debate de los deberes en casa. ¿Por qué muchos niños y niñas no hacen los deberes o los copian o los traen a medias? No hay cultura del esfuerzo, se alega. Tal vez habría que plantearse cuál es el sentido que tienen esas tareas concretas para esos niños y niñas. A quien ya sabe restar no le hace falta rellenar cinco páginas de restas, del mismo modo que quien sabe aparcar el coche no necesita practicarlo cinco veces cuando llega a su casa después del trabajo. Ya sabe hacerlo. Es un esfuerzo que carece de sentido para él. O quizá no sabe hacerlo, no entiende cómo debe hacerlo o es demasiado difícil para él. ¿Qué sentido tiene que todos los estudiantes de un grupo realicen la misma tarea si cada uno tiene un nivel de partida diferente y un ritmo de aprendizaje distinto? Es para que desarrollen una cultura del esfuerzo, dicen. Pero la realidad es muy tozuda y día tras día el docente se encuentra con la misma situación. Quizá la tarea debería repensarse para que sea abordable para él y le ayude a progresar en su aprendizaje. Entonces su esfuerzo tendría sentido.

A veces, la cuestión de la cultura del esfuerzo se emplea incluso como invectiva en contra de la innovación pedagógica, como si, por ejemplo, el aprendizaje por proyectos fuera algo que no requiriese esfuerzo. Cualquiera que haya realizado un proyecto sabe el esfuerzo que supone: planificar, organizar, buscar y elegir información, experimentar, sintetizar, presentar… esto es esfuerzo: Quien lo probó, lo sabe. Las metodologías activas ayudan a realizar un aprendizaje más profundo y conectado con el entorno. El estudiante tendrá oportunidades de ponerlo en práctica en diferentes contextos y perfeccionará las técnicas aprendidas, además de establecer conexiones con distintos saberes que ayudarán a consolidar lo que aprendió.

La cultura del esfuerzo consiste pues, o debería consistir, precisamente, en realizar un esfuerzo que tenga sentido: significativo y conectado con el mundo real, por un lado, y que garantice unos aprendizajes a largo plazo, por otro. ¡Bravo por esos Pequeños Cantores y todo lo que aprendieron en la Ópera!

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