Arte y Antropoceno

Mariana Reyes
Aug 31, 2018 · 8 min read

No puedes escribir poemas sobre árboles

cuando los bosques están llenos de policías.

Bertold Bretch

Desde tiempos ancestrales, el arte y la naturaleza entablaron una interlocución que se sostiene hasta nuestros días. Las pinturas rupestres, los paisajes impresionistas e incluso el salto hacia fuera del lienzo del land art formaron parte de ese diálogo latente. Hoy, milenios después de las primeras impresiones humanas en las cavernas, la naturaleza y el medio ambiente aún protagonizan muchas de las creaciones artísticas de nuestra era. Sin embargo, lejos de la admiración y magnificencia que alguna vez despertó el mundo natural en los artistas, son las figuras de la extinción, la devastación y la contaminación las que hoy protagonizan algunas formas de arte de nuestros días. La desaparición de paisajes prístinos, la extinción de especies silvestres, la contaminación del agua y el aire, e incluso el cambio climático han pasado de las narrativas de la ciencia a manifestarse dentro de las nuevas preocupaciones y cuestionamientos de la comunidad artística.

Ante la exacerbada crisis ecológica en que se encuentra nuestro planeta, un nuevo término ha sido acuñado para designar a este periodo de la historia: el Antropoceno. El concepto fue propuesto en el año 2000 por los científicos Eugene Stoermer y Paul Crutzen, quienes sugirieron que hemos dejado atrás el Holoceno para vivir plenamente en el Antropoceno, una nueva era geológica en la que las actividades humanas constituyen la principal fuerza transformadora del planeta. Desde ese momento, el uso de este término ha ganado fuerza, logrando que científicos de diversas disciplinas comenzaran una extendida discusión sobre las implicaciones de dar por inaugurada una nueva era geológica.

Si bien el Antropoceno fue, en un primer momento, un término restringido a las esferas de la ciencia, en los últimos años, otros actores se han sumado a las discusiones al respecto. Mientras el consenso científico llega, la idea de una nueva era caracterizada por la influencia humana se ha extendido cada vez con mayor popularidad a las esferas del arte y la cultura. En este contexto, el concepto de Antropoceno ha influido ampliamente en artistas y creadores, señalando la necesidad de un replanteamiento radical del lugar del ser humano en el sistema planetario. En este sentido, la aceptación del Antropoceno ha traído consigo no sólo una revolución en el campo de las ciencias, sino que ha planteado nuevas cuestiones de origen estético. Como el teórico visual Nicholas Mirzoeff ha declarado, el Antropoceno está tan integrado a nuestros sentidos que determina nuestra percepción, de ahí que su significación también sea de orden estético.

En este contexto, hoy los artistas y creadores se preguntan por la estética del Antropoceno, planteándose cómo esta puede ser representada y cómo podemos ser sensibilizados ante sus demandas y propiedades particulares. Fascinados, intrigados o conmovidos por el Antropoceno, un gran número de artistas ha realizado aventuradas exploraciones a los terrenos de las nuevas estéticas de una era marcada por el deterioro y la degradación. La crítica a un sistema político, económico y social que ha puesto en peligro la existencia de nuestra propia especie ha quedado implícita en muchas de las narrativas del arte contemporáneo actual. El cuestionamiento a los principales atributos de dicho sistema –la desigualdad social, el consumismo y el desperdicio– también ha sido parte central de estas propuestas.

Uno de los mayores atributos del Antropoceno es su capacidad para conducir a la reflexión en torno al tiempo, es decir, ha conducido a que el pensamiento occidental haga consideraciones en función de las escalas evolutivas y geológicas, más allá de las escalas temporales de la vida humana. Su gran acierto ha sido sintonizarnos a nosotros mismos, a través de la poesía, el arte y la descripción, para poner atención a otros tiempos, desarrollando técnicas para pensar los límites de nuestros marcos temporales, y posteriormente pensar más allá de ellos.

Por otro lado, el arte del Antropoceno también ha sabido explorar las implicaciones de la degradación ambiental en el futuro del planeta y particularmente en el de la especie humana. En este sentido, múltiples artistas han imaginado las condiciones futuras de nuestro habitar en el mundo, muchos de forma pesimista, pero otros tantos desde un enfoque esperanzador. Por ejemplo, las piezas del artista argentino Tomás Saraceno han imaginado la posibilidad de vivir en ciudades en el aire a través de prototipos flotantes, planteando futuros alternativos –si no utópicos — en que las civilizaciones funcionarán con base en energía solar. Durante los últimos 10 años, el proyecto Cloud Cities de Saraceno se ha convertido en una investigación de largo plazo, buscando desarrollar una ciudad modular en las nubes, que de ser viable, podría servir como un modelo de construcción sustentable y emancipadora. Así, en las diversas exhibiciones presentadas por el artista, se han creado nuevos direcciones sobre las formas de estar, habitar y trasladarse en el planeta.

Otro elemento ampliamente explorado desde el arte en el arte del Antropoceno es la estela de residuos que acompaña nuestro habitar en el mundo. Por ejemplo, la obra Anthropocene de David Thomas Smith presenta los efectos en paisajes naturales que genera la extracción de metales que serán usados en nuestros dispositivos electrónicos. La propuesta conecta el consumo con la historia detrás de la producción material, denunciando los costos ocultos del desarrollo y la innovación tecnológica. Por su parte, Mary Mattngly, a través de la serie fotográfica Houses and Universe (Casas y Universo) y desde una postura más personal y aguda, juega con la idea de cargar a cuestas con todos los efectos materiales de nuestro consumo excesivo.

En las últimas décadas, las colaboraciones entre artistas y científicos se han vuelto recurrentes, lo que resultado en que ciertos fenómenos de naturaleza material hayan comenzado a protagonizar exhibiciones en museos y galerías de arte. Es el caso de Muestras de Plastiglomerato, obra de Kelly Jazvac, quien junto con la geóloga Patricia Corcoran y el oceanógrafo Charles Moore encontró en una playa de Hawái una nueva roca formada por la fusión entre plástico y materiales naturales. Este nuevo híbrido fue llamado ‘plastiglomerado’, convirtiéndose en un símbolo inequívoco de una nueva era planetaria donde el humano transforma las condiciones naturales de la Tierra. En un ejercicio similar, el colectivo de investigación Territorial Agency colaboró en 2015 con la artista Armin Linke para desarrollar un archivo en forma de instalación, donde se mostraban fotografías, vídeos, entrevistas y análisis que cuestionaban la premisa del Antropoceno. Dicha instalación buscó señalar cómo los países líderes en investigación científica abordan esta nueva era a través de diferentes áreas como la arqueología, la geología y la tecnología.

Reinterpretar la sistematización y el análisis cuantitativo que caracteriza a las ciencias exactas se ha vuelto común en las prácticas artísticas. En este contexto, la representación de la cultura científica desde el arte resulta un interesante ejercicio de reflexión estética. Ejemplo de ello es el proyecto Anthropocene: a data visualization de Yazan Tabaza y Riccardo Torresi, consistente en una plataforma que permitía visualizar información destacada en torno al Antropoceno para generar discusiones abiertas sobre las problemáticas medioambientales a nivel global. Un modelo de datos 3D mostraba las políticas aplicadas por diferentes países para combatir el cambio climático, siendo una base de datos de código abierto que podía ser consultada desde cualquier parte del mundo con acceso a internet.

Un atributo elemental del arte sobre el Antropoceno es su rol polémico y exploratorio. La confrontación que genera en los espectadores es deliberada: presentar los efectos que el ser humano produce en el paisaje natural obliga a detenerse ante los puntos ciegos de nuestro actuar. Un ejemplo de dicha forma de confrontación tuvo lugar en el año 2015, cuando el artista Olafur Eliasson y el geólogo Minik Rosing crearon un proyecto público consistente en la instalación de doce bloques de hielo de Groenlandia en la Plaza del Partenón de París, ciudad donde tenía lugar la vigésimo primera Conferencia sobre cambio climático de la ONU. La provocación fue contundente: traer el ártico a la puerta de las personas como una declaración sobre la lenta agonía de una región aquejada por el mal del siglo, y el acomodo en forma de reloj de los bloques de hielo como recordatorio del tiempo limitado para la acción. La instalación sirvió no sólo como mensaje para líderes políticos de dudoso compromiso, sino para señalar que el cambio climático es un hecho y el mundo sólo parece estar observando. En palabras de Eliasson, la pieza pretendía hacer contacto con la gente desde el lenguaje del arte, transformando en realidad algo que podría haber sido visto como abstracto. En este sentido, se vuelve evidente que el arte tiene la capacidad de cambiar nuestras percepciones del mundo, y la pieza Ice watch convierte los retos climáticos en algo tangible. No es arriesgado afirmar entonces que el arte puede también inspirar un compromiso compartido ante el cambio climático.

Otra célebre colaboración entre arte y academia fue el caso del Monumento del Antropoceno, iniciativa del sociólogo Bruno Latour y el artista Mark Dion. Considerando que la palabra ‘monumento’ proviene del latín monere, que significa “recordar” o “advertir”, el proyecto consistió en descifrar aquello que un monumento al Antropoceno pretendería recordar y justificar por qué, explorando también cómo podría ser situado en el tiempo y el espacio, y cómo sería la identidad de aquello que el monumento tendría que conmemorar. La iniciativa resultó no sólo en una exposición colectiva en Les Abattoirs de París, sino en una semana de extendido diálogo entre académicos, artistas y público en general en torno a las implicaciones políticas, éticas y estéticas de esta nueva era.

Arte para pensar un futuro alternativo

En las últimas décadas, se ha recurrido al lenguaje del arte para hacer frente al desequilibrio ambiental y el impacto de las acciones humanas sobre la Tierra. Es decir, hoy el arte sirve como espacio para encontrar la incertidumbre, la posibilidad, los escenarios futuros e incluso las prácticas políticas para enfrentar los desafíos más demandantes de nuestra era. En este escenario, el arte ha traído un renovado brío a las formas de involucrar nuevos y más amplios públicos a quienes provocar, generar consciencia y eventualmente movilizar hacia la acción. Es evidente que el arte del Antropoceno estimula la necesidad de comprender la interrelación entre ciencia y política, y debido a la evidente catástrofe ecológica que enfrentamos, ya no podemos darnos el lujo de creer en una clara división entre ambos dominios.

En este contexto podemos reconocer que una mayor conciencia ante las causas y peligros de la degradación ambiental provendrá no únicamente de la formalidad comunicativa de los mensajes técnicos-científicos, sino que en el arte residen grandes posibilidades para el diálogo y el involucramiento de una amplia diversidad de perfiles. En otras palabras, el arte se ha convertido en una forma oportuna para involucrar públicos más amplios. Porque pensar la crisis y repensar nuestras posibilidades hacia la movilización es una apuesta que ha salido de los círculos de la ciencia para incorporarse a los del arte y la creatividad. En este sentido, uno de los grandes aportes del arte sobre el Antropoceno ha sido el reconocimiento de que para crear una conciencia ecológica generalizada se deberá apelar no sólo al sistema racional de la persona, sino a los sistemas sensorial y perceptivo. La apuesta por estimular los sentidos del público, más que su intelecto, ha permitido abordar cuestiones como el cambio climático en museos de arte y galerías, ampliando las posibilidades de una intersubjetividad ambiental.

En resumen, es en la intersección entre ambiente y arte que ha quedado de manifiesto cómo este último puede convertirse en una nueva manera de sintonizar con nuevas realidades, además de abrir nuevas conexiones, tiempos y percepciones en torno al Antropoceno. Es así que quizás sea cada vez más frecuente encontrar una variedad de formas artísticas vinculadas a la evidente crisis ambiental que enfrentamos como especie. Esperemos que la interlocución entre el arte y la ciencia abonen oportunamente a la reconfiguración de nuestro actuar en el mundo, ampliando las posibilidades de un futuro planetario esperanzador.