El futuro del arte

Mariana Reyes
Aug 31, 2018 · 8 min read

“No hay arte sin la conciencia de nosotros mismos,

y la conciencia de nosotros mismos y el espíritu crítico son una sola cosa”

Oscar Wilde

En el año 2016, un complejo algoritmo computacional analizó todas las pinturas de Rembrandt, conocido pintor neerlandés del siglo XV. El objetivo de dicho análisis fue la sistematización su estilo y técnica para recrearlos en una nueva pintura. El proyecto, titulado The Next Rembrandt [El próximo Rembrandt], fue concebido como una nueva forma de publicidad para la empresa financiera ING, y contó con el apoyo de científicos informáticos de Microsoft y expertos en arte de la Universidad de Delft. A partir del escaneo de todas las pinturas del artista y con el uso de una serie de algoritmos, el software compuso una nueva pintura: el rostro de un hombre caucásico de entre 30–40 años portando ropas negras, sombrero y collar, y mirando ligeramente hacia la derecha. La nueva pieza es una obra tan sublime como las propias creaciones del genio del claroscuro, y tan fidedigna que ha logrado confundir a los mejores críticos e historiadores de arte.

La historia detrás del próximo Rembrandt deja de manifiesto las cada vez más frecuentes inmersiones de la ciencia y la tecnología no sólo en la sistematización del arte sino en su propia producción. En este contexto, si bien el acelerado progreso en el tratamiento de datos y el análisis de las técnicas mediante algoritmos se ha tornado una herramienta útil para una mejor conocimiento de las grandes creaciones artísticas de la humanidad, también ha hecho visible una nueva amenaza: el remplazo del genio creativo por la emulación y la reproducción programada.

Ejemplo de ello es el proyecto The New Rembrandt, el cual consistió en que una computadora analizó con un algoritmo las piezas del pintor holandés, entendió su estilo y su técnica hasta aprehenderlos y generar una obra inédita en una impresora 3D y, con el mismo principio, estudió las obras de Mozart y de Beethoven para construir, con ese estilo personal, piezas únicas. Si antes la máquina se limitaba a replicar, ¿cómo será el arte creado por éstas? ¿Qué historias nos contará antes de ir a dormir la inteligencia artificial?

Medir el arte

No cabe duda de la estrecha relación existente entre la matemáticas y la producción artística: entendidas como el lenguaje del universo, las matemáticas revelan muchas de las claves de la belleza y la apreciación estética. El caso de la música es emblemático: el orden armónico y melódico son dos parámetros de medición que arrojan luz sobre dónde reside lo sublime del arte.

El vínculo entre las matemáticas y la música ha quedado de manifiesto en la obra de muchos autores, siendo el caso de Amadeus Mozart uno de los más populares. Algunos expertos sostienen que el propio Mozart era consciente de las relaciones matemáticas que su música producía, idea que ha fascinado a no pocos matemáticos dedicados a descifrar la estructura musical de sus creaciones. Incluso se ha descrito el extraño juego de dados del compositor, una ingeniosa forma de combinar compases de acuerdo a los resultados de los dados, de forma que existieran infinidades de posibilidades para “armar” un soneto, siendo cada una de ellas tan melódica y agradable como la anterior.

Siglos después de los juegos matemáticos de Mozart, el avance de la informática ha conducido a la creación de programas de computadora capaces de ‘componer’ música clásica fácilmente confundible con las obras de los máximos exponentes de la composición musical, como Beethoven o Bach. La generación de este tipo de softwares avanza tan velozmente que hoy en día las audiencias son conmovidas por obra de máquinas programadas para crear al estilo de los grandes maestros del barroco o el clásico.

Independientemente de lo que se pueda decir sobre la calidad de las creaciones de un software, hay suficiente evidencia de que estos algoritmos han descifrado la forma en que la composición musical funciona: tanto la máquina como el artista parten de un bagaje de referencias y estilos para recombinarlas en algo nuevo. Es decir, tanto el programa computacional como el compositor musical crean a partir de lo que han registrado anteriormente y de las influencias de otros autores. Aun así, es posible que los más exigentes consideren la música artificial de mal gusto, y seguramente pocos esperan que los softwares musicales vayan a reemplazar a los mejores compositores humanos. Sin embargo, la creatividad artificial, una rama de la ya conocida inteligencia artificial, es un campo que apenas comienza a despegar. Actualmente los softwares de composición musical no solo producen música clásica, sino que ya incursionar en otros géneros y estilos. De hecho, científicos del SONY Computer Science Laboratory, a través del proyecto Flow Machines han creado las primera dos canciones pop enteramente compuestas por inteligencia artificial: “Daddy’s Car” y “Mister Shadow”. Estas y otras canciones formarán parte de primer álbum del mundo creado por inteligencia artificial.

Similar a lo que sucede con los softwares compositores de música clásica, un nuevo programa informático fue desarrollado por científicos del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) para generar cuentos de terror. Ésta invención fue bautizada con el nombre de Shelley, en honor a la creadora de Frankenstein, y su primera tarea fue leer 140 mil cuentos de terror, información que representa un total de 700 megabytes. A partir de este insumo, Shelley comenzó a crear sus propias historias de terror. Inspirada en lo aprendido por los 140 mil textos, las oraciones que Shelley resultan sorprendentemente originales y llenas de escenarios poco convencionales. En este sentido, y como lo reconoció el gran escritor del género Stephen King, en ocasiones toma meses desarrollar el primer párrafo de una novela, por lo que si Shelly lo hace en segundos, es un verdadero motivo de asombro. Gracias a creaciones como Shelly, es posible que en un futuro no tan lejano, los escritores hagan uso de la inteligencia artificial para estimular su potencial creativo.

Si bien la tecnología puede ser útil para emular los mecanismos de creación artística, ésta también es una herramienta para sistematizar y clasificar las producciones humanas. Es el caso de un estudio desarrollado por investigadores de Queen Mary University, quienes dotaron un programa de aprendizaje automático con grabaciones de folclore de 137 países para encontrar las culturas musicales más originales del mundo. Con este programa informático, se buscó distinguir a las obras por su ritmo, por la melodía, por el timbre de sus instrumentos o por su armonía. Así, se agruparon e identificaron las singularidades dentro de cada cultura o entre culturas. Los investigadores utilizaron una técnica llamada procesamiento de señales (del inglés, signal processing) para analizar los espectros de onda de 8,200 grabaciones. Con esto, el ordenador clasificó las obras por su similitud y así encontró los países con los estilos musicales más excepcionales. Como resultado, se encontró que Botsuana es el país con la música más idiosincrásica de todo el planeta, es decir, las grabaciones de música tradicional de este país procesadas por la inteligencia artificial, comparten características tímbricas, melódicas, rítmicas o armónicas que las distancian de las demás culturas musicales del mundo.

Estas mismas técnicas de análisis musical se utilizan para clasificar automáticamente la música por géneros en los grandes repositorios comerciales como Spotify o Google Play Music. Así, cada vez que escuchamos una sugerencia de música en nuestra cuenta personal, sabemos que detrás de esto hubo un programa de inteligencia artificial que, mediante algoritmos, encontró grabaciones afines a nuestro gusto como usuarios.

Tecnología y expresión artística

Quizá falte mucho tiempo para que la inteligencia artificial adquiera las capacidades cognitivas y emocionales suficientes para crear arte por sí sola. Sin embargo, más allá de eso, es altamente probable que el uso de la tecnología continúe siendo una constante en la expresión de muchos artistas y creadores. Desde hace varias décadas, numerosas propuestas artísticas recurren al uso de componentes y dispositivos propios de la tecnología como parte de su experimentación creativa, lo que gradualmente ha convertido en estudios y espacios de trabajo en verdaderos laboratorios experimentales.

Un reconocido artista que destaca en el uso de medios digitales y dispositivos tecnológicos es el mexicano-canadiense Rafael Hemmer-Lozano. Consolidado como un referente en el arte digital, Hemmer-Lozano desarrolla instalaciones interactivas a gran escala que emplean recursos como el video, la iluminación o la transmisión web. Haciendo uso del espacio público, este artista electrónico frecuentemente realiza una exploración de la intersección entre tecnología e interactividad, buscando que el público participe y se apropie de las formas artísticas de sus instalaciones. Por ejemplo, para recibir el año 2000 en la Ciudad de México, presentó la instalación titulada Elevación vectorial, un proyecto interactivo consistente en 18 reflectores móviles colocados en el centro de la ciudad. El proyecto permitía a cualquier usuario de internet diseñar el patrón de las luces proyectadas sobre el centro histórico de la ciudad. Los reflectores, cuyos poderosos haces podían ser vistos en un radio de 15 kilómetros, eran controlados por un programa de simulador 3D y visualizados por cámaras digitales. Cada 6 segundos se transmitía una nueva coreografía a los reflectores, diseñada por los usuarios de la página web. Durante las dos semanas que duró la instalación, participaron más de 800,000 personas de 89 países.

Elevación vectorial resulta un ejemplo de la complicidad entre arte y tecnología, una propuesta que, si bien fue posible gracias a los avances de la transmisión web, alude a las mediaciones tecnológicas desarrolladas por artistas del siglo pasado, particularmente las ‘instrucciones del arte’ de Sol LeWitt, así como a las pinturas por teléfono de Lásló Moholy-Nagy.

La búsqueda de nuevas expresiones artísticas ligadas a la tecnología ha llegado tan lejos que incluso la compañía multimillonaria Yamaha ha presentado un nuevo tipo de inteligencia artificial capaz de traducir movimientos de baile en notas musicales. Esta nueva forma de fusionar movimientos corporales con la música fue presentada en un acto del bailarín Kaiji Moriyama en Tokio a finales de 2017, en el que, al interpretar una coreografía, sus movimientos se traducían en una interpretación musical de piano. El sistema desarrollado por Yamaha es capaz de identificar los movimientos del cuerpo en tiempo real al analizar las señales provenientes de los sensores colocados en el cuerpo del bailarín. Al contar con una base de datos que conecta los movimientos con melodías, el sistema crea datos en lenguaje musical que son enviados a un piano que los interpreta en forma de notas musicales. Este modelo de piano resulta un elemento clave en la traducción de movimientos de baile en expresión musical, ya que reproduce un amplio rango de sonidos con extrema exactitud. Sin duda, el desarrollo tecnológico, en su búsqueda de nuevas formas de expresión artística, extiende las posibilidades de la expresión humana.

En resumen, la tecnología y los medios digitales seguirán formando parte esencial de los recursos expresivos del arte. Vale la pena destacar que todas estas historias de lo que actualmente acontece en torno al vínculo entre arte y tecnología nos ayudan a transitar hacia ideas que van más allá del robot como el enemigo o de la tecnología como el rival de lo humano. En este sentido, podemos afirmar que el futuro no se tratará de una lucha entre lo orgánico y lo inorgánico, sino entre los diseños que concebimos y el lugar que le damos a la tecnología en nuestras vidas.