La ciencia es puro teatro
La ciencia no conoce su deuda a la imaginación.
Ralph Waldo Emerson
Muy frecuentemente, el arte y la ciencia son percibidas como dos universos diametralmente distintos: el arte es visto como entretenimiento y como una forma de creatividad basada en subjetividades personales, mientras que la ciencia es reconocida como pura, racionalmente metódica y capaz de explicar fenómenos a través de la validación de teorías. Bajo esta misma lógica, podría parecer que la ciencia y el teatro poco tienen en común: la ciencia se reconoce por su exploración objetiva de la realidad, mientras que el teatro parte de la expresión creativa de las emociones. La ciencia busca la verdad y no admite simulación ni falsedades, mientras que el teatro basa su existencia en el ejercicio del artificio y el disfraz. Estos estereotipos, mantenidos tanto por científicos como por no especialistas, perpetúan e incrementan la ya de por sí marcada escisión entre ambas esferas.
Pero las barreras disciplinares entre la ciencia y el arte son contingentes y arbitrarias, y la historia de la humanidad alberga un gran número personajes que hábilmente supieron transgredir tales límites. Por ejemplo, hemos sido testigos de la fascinante combinación entre ciencia y arte en los diseños técnicos, anatómicos y biológicos de Leonardo da Vinci, y más tarde, durante la Ilustración, figuras como François Marie Arouet –mejor conocido como Voltaire–, Gottfired Wilhem von Leibniz y Benjamin Franklin llegaron a discutir cuestiones científicas con el mismo ímpetu que temas filosóficos, políticos o literarios.
A pesar de las múltiples y cada vez más frecuentes intersecciones entre la ciencia y el arte, la representación escénica de la ciencia continúa siendo relativamente rara. Las pocas excepciones comúnmente muestran a científicos que tuvieron vidas particularmente dramáticas o cuyo trabajo tuvo implicaciones importantes para la sociedad. Es el caso de la histórica confrontación de Galileo Galilei con la Santa Inquisición, que fue objeto de la obra de Bertold Brecht titulada Vida de Galilei, escrita entre los años 1938 y 1939. La obra se centra en el dilema del pensador entre defender su descubrimiento de que la Tierra gira alrededor del Sol y ser condenado como hereje, o si retractarse de su afirmación para salvar su propia vida. A lo largo de la obra, se presenta no solo una reflexión sobre el rol social del científico, sino sobre la dimensión ética del conocimiento.
Cabe mencionar que Brecht no fue el único en utilizar al teatro como medio para reflexionar en torno al papel ético de la ciencia en la sociedad. Particularmente, tres obras son reconocidas por abordar las implicaciones morales de los descubrimientos que condujeron al desarrollo de la bomba atómica. En primer lugar, la obra Los físicos (Die Physiker), escrita en 1962 por Friedrich Dürrenmatt, presentó los esfuerzos de un científico por evitar que el uso de su obra pudiera provocar grandes males a la humanidad. Por su parte, El caso de J. Robert Oppenheimer, escrita por Heinar Kipphard en 1964, presentó una dramatización de la audiencia de seguridad realizada por el gobierno estadunidense al físico que dirigiera el desarrollo de la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial, y de quien se sospechó de traición debido a sus afiliaciones comunistas. Finalmente, una pieza de teatro que destacó por su resonancia y sensacionalismo fue Copenhagen de Michael Frayn, estrenada en 1998 en el Teatro Cottesloe de Londres, y posteriormente representada tanto en Londres como en Nueva York por los subsecuentes dos años. La obra discurre en torno al misterioso encuentro entre el los físicos Niels Bohr y Werner Heisenberg en 1941 durante la ocupación alemana de la ciudad de Copenhagen. Ambos fueron colaboradores durante el desarrollo de la teoría cuántica y su trabajo sentó las bases para la creación de la bomba atómica. Pero tiempo después se encontraron en los bandos opuestos de la guerra: Bohr era mitad judío y ciudadano danés, mientras que Heisenberg era profesor en Leipzig y, jefe del proyecto nazi para desarrollar armas nucleares, un dato desconocido por Bohr. En la obra se exploran, desde las voces de Heisenberg, de Bohr y de su esposa, los posibles motivos detrás del encuentro. Además, los personajes hacen un recuento de tres variables en la búsqueda de resultados alternativos, incluyendo el rumbo que la Segunda Guerra Mundial habría tomado si Heisenberg hubiese resuelto el problema de la fisión nuclear. Así, la obra está vívidamente impregnada por las teorías de mecánica cuántica que ambos desarrollaron, lo cual queda reflejado en memorables escenas que conjuntan metáforas poéticas con los principios de la física.
Más allá de la física cuántica, otras disciplinas han sabido contagiar al teatro con sus fascinantes temáticas y personajes célebres. Es el caso de las matemáticas, cuyos números, tan familiares y tan frecuentemente empleados en toda clase de propósitos mundanos, han generado un especial interés dentro del campo de la dramaturgia. Un caso emblemático es el trabajo de John Barrow, matemático y cosmólogo de la Universidad de Cambridge, quien en 2002 estrenó una obra dedicada a aquel concepto que en palabras de Jorge Luis Borges “corrompe y confunde a todos los demás”: el infinito. La obra, llamada Infinitos (Infinities), se compone de cinco momentos en los que se exploran las distintas paradojas y misterios del infinito. La obra resulta una serie de juegos matemáticos representados dramáticamente: en la primera escena, se presenta un experimento mental propuesto por el gran matemático alemán David Hilbert, en el que hotel imaginario con un infinito número de habitaciones puede acomodar nuevos huéspedes, incluso si cada una ya está ocupada. En el segundo escenario se imagina que los humanos tienen una existencia inmortal, con todas las consecuencias que dicho privilegio podría traer (un evidente paralelismo con el mito griego de Eos y Titono). Un tercer escenario aborda la librería infinita del famoso cuento de Borges ‘La biblioteca de Babel’: en un universo infinito debería haber copias infinitas de cada uno de nosotros y de nuestro mundo. En el cuarto escenario, se observa una pelea entre las ideas del matemático Georg Cantor y su mentor Leopold Kronecker en torno a matemáticas del infinito. Por último, y con notorias influencias de La máquina del tiempo de H.G. Wells y la Guía del autostopista galáctico de Douglas Adams, se presenta un viaje infinito por el tiempo.
En esencia, la propuesta de Infinitos permite a la audiencia imaginar y reflexionar en torno al infinito a través de una estructura bastante peculiar, sin la mediación de ningún personaje, y mediante la presentación de diversos escenarios que se encuentran dispersos en cinco diferentes habitaciones por las que el público debe transitar.
Otra obra teatral dedicada al lenguaje de la naturaleza es Un número que desaparece (A dissapearing number), escrita en 2007 por Simon McBrney y puesta en escena por la compañía británica Complicité. La pieza fue inspirada por el encuentro entre dos de los más notables matemáticos del siglo XX: Srinivasa Ramanujan y G.H. Hardy. Ramanujan fue el nombre de un joven matemático originario de la India, que, en 1913 llamó la atención de Hardy, un prestigioso profesor de la Universidad de Cambridge, al mandarle una carta donde comprobaba una fórmula matemática que más tarde daría paso al descubrimiento de la teoría de cuerdas. La obra, además de abordar la pasión matemática de dos grandes figuras históricas, interconecta la compleja relación entre la pasión intelectual de Hardy y la intuición de Ramanujan, con lo cual se ilumina la belleza de los patrones que definen y describen tanto el mundo físico como el accidental encuentro entre las vidas humanas individuales.
Más recientemente, los propios científicos han descubierto al teatro como un medio útil no únicamente para abandonar sus trincheras disciplinares, sino para entablar puentes entre las ciencias y las artes. Por ejemplo, Carl Djerassi, el químico americano que creara la píldora de contracepción, no solo fue un reconocido científico sino un sagaz novelista y guionista. En la obra Una inmaculada confusión (An Immaculate Misconception: Sex in an Age of Mechanical Reproduction), estrenada en 1999, Djerassi explora los avances de la contracepción y la reproducción asistida, junto con las implicaciones éticas y sociales de esta nueva era tecnológica.
Su segunda obra, titulada Oxígeno (Oxygen), fue escrita en colaboración con Roald Hoffmann, un famoso científico, poeta y ganador del Premio Nobel de química. La obra discurre en torno a la búsqueda de un ‘premio Nobel-retro’, es decir, la elección del ganador de un premio Nobel cuyos descubrimientos en química hubiesen ocurrido incluso antes de que este premio comenzara a otorgarse en 1901. Por su puesto, las opciones son muchas para elegir a quien recibirá el galardón, pero dentro de la obra son tres los candidatos: Carl Wilhelm Scheele, un boticario sueco que investigó algunas características del aire, Joseph Priestley, quien descubrió el oxígeno pero que no terminó por comprender cabalmente el significado de su descubrimiento, y finalmente, Antoine Lavoisier, el primero en reconocer que la combustión requiere de oxígeno. La acción de la obra se alterna entre los laboratorios del siglo XVIII y el comité del premio Nobel, que se enfrenta a la difícil decisión de elegir a quien de los tres merece el mayor crédito por su descubrimiento. Se agregan complicación a la obra al incluirse los enredos amorosos entre los integrantes del jurado, así como discusiones en torno a la equidad de género en el campo de la ciencia.
Otro ecléctico científico que ha llevado la ciencia al escenario es Alain Prochiantz, director del departamento de Biología de la Escuela Normal Superior de París. Su obra Biología en el tocador — en clara alusión a la Filosofía en el tocador del Marqués de Sade — busca explicar, a través del diálogo didáctico, nociones relativas a la embriología y neurobiología, así como el concepto de individualidad. Al ser cuestionado sobre su escritura de obras adicional a su labor científica, Prochiantz ha comentado que tomarse el tiempo para crear una experiencia escénica es una oportunidad para hacer ciencia de forma diferente, para mostrar el lado oculto, el que nunca aparece en el discurso oficial: “lo que el descubrimiento científico le debe a la imaginación es frecuentemente oculto y negado, y la organización del trabajo científico no deja lugar para los juegos de la reflexión”.
Más tarde, junto con el director escénico Jean François Peyret, Prochiantz escribió otra obra titulada La vaca y el pitagórico (La Génisse et le Pythagoricien), estrenada en el Teatro Nacional de Estrasburgo en 2002. Esta nueva creación aborda la forma y sus cambios, representados en el escenario a través de la Metamorfosis de Ovidio, el poeta que canta sobre el cambio de forma y quien está obsesionado con la frágil separación entre la animalidad y la humanidad, un límite que la biología moderna ha comenzado a cuestionar ampliamente. En el escenario, el principal objetivo de la obra es encontrar el vínculo entre el discurso y el cuerpo, comenta Peyret. Para esta iniciativa, el gran reto residió en conectar el discurso científico — epítome de claridad e integridad, con la corporalidad, perteneciente al escenario. Su gran mérito: que el discurso científico saliera de su propio dominio y entrara en el mundo de la fantasía y de la imaginación literaria.
Resulta relevante reconocer al teatro como una plataforma que al paso del tiempo se ha vuelto necesaria para que ideas o personajes científicos llegasen a públicos extensos. En este contexto, tanto los artistas como los científicos han demostrado que la fusión de sus disciplinas es no solo posible sino deseable. Evidentemente, el gran éxito de Copenhagen y el creciente número de obras que abordan los aspectos morales, políticos y filosóficos de la ciencia están formando el camino hacia un cambio permanente en la percepción de la ciencia como parte de nuestra cultura y, por tanto, un tópico legítimo en el teatro. Por su parte, el teatro, frecuentemente un medio de entretenimiento que estimula la reflexión moral, política y personal, se está convirtiendo en un vehículo para la didáctica científica. Este puede transmitir mensajes y estimular reflexiones críticas en un contexto donde la pedagogía y el drama no son antítesis.
En este sentido, seguirán siendo muchos los temas científicos que podrán –y deberán– ser comunicados y reflexionados por públicos amplios: las neurociencias, la clonación, la manipulación genética, etcétera. Tales temas exigen, sobre todo, que exista una profunda reflexión ética sobre la investigación científica y sus implicaciones en la sociedad.
Finalmente, resulta pertinente hacer notar que la palabra teatro tiene la misma raíz etimológica que la palabra teoría. Las dos derivan del griego thea, que significa ‘una visión’. El método científico en la tradición occidental está estrechamente ligado a la observación y visión. De acuerdo al filósofo griego Platón, vemos con nuestros ojos sólo las ideas observables por nuestra mente intuitiva. Esta es una metáfora poderosa sobre la hazaña científica. De forma similar, en el escenario observamos una representación de aquello que sabemos o con lo que hemos experimentado en otros espacios. Por otro lado, lo teatral y lo visual pueden también ser parte de seminarios o demostraciones de experimentos, como lo prueban las memorables demostraciones de Alessandro Volta sobre el funcionamiento de las baterías en la Universidad de Pavia. Es así que, la combinación de la ciencia y el teatro puede ser vista como un objetivo favorable, uniendo dos formas de cultura que, en realidad, nunca estuvieron tan alejadas una de otra.