La poesía en la ciencia y la ciencia en la poesía
El binomio de Newton es tan bello como la Venus de Milo.
Lo que hay es poca gente que se dé cuenta de ello.Fernando Pessoa
Muy frecuentemente se escuchará decir que la poesía se trata de los sentimientos y la ciencia de los hechos; se describirá a la ciencia como la incansable buscadora de la verdad, y a la poesía como perseguidora de la belleza. Asumir que la poesía es divertimento para el alma y que la ciencia es la clave metódica de entendimiento del mundo ha posicionado a los científicos, autores materiales del progreso, en la cúspide de la estima social, mientras que los humanistas y similares -poetas o filósofos- han pasado a ser perfectamente prescindibles. Categorizaciones como esta redundan el distanciamiento entre ambas esferas e imposibilitan su interacción.
Quizás la relación entre la poesía y la ciencia provoca tanta divergencia porque su vínculo es parental: la poesía fue la primera forma escrita que abordó aquellas cuestiones sobre la existencia del mundo y su transformación. En los siglos quinto y sexto antes de Cristo, los pre-socráticos retomaron tales cuestiones, escribiendo sobre física, química, geología, astronomía, teología metafísica o epistemología. En otras palabras, la ciencia nació de la poesía.
Por otro lado, uno de los aspectos que ciencia y poesía tienen en común es que ambas dependen de la metáfora, que es tan crucial tanto para la lírica como para el descubrimiento científico. Desde el campo de la metáfora, la ciencia y la poesía se fertilizan la una a la otra. El entomólogo francés Jean-Henri Fabre llegó a comparar la putrefacción con el hielo derritiéndose: “la carne se vuelve tan suave que las larvas dejan una marca de agua al arrastrase. Las crías dejan una especie de niebla en el cruzar de sus rastros. Gradualmente, la carne fluye en todas direcciones como un témpano frente al fuego”. Unos años después, Charles Darwin renunció a una carrera médica y su pensamiento científico más tardío estuvo moldeado por la poesía. Durante su expedición por Sudamérica leyó al poeta Milton, y 20 años más tarde, su libro Sobre el origen de las especies, — al igual que Paraíso perdido– recurrió a la pérdida (pérdida de especies extintas) como punto de partida.
Pero aún más allá de la metáfora, hay una forma en que la ciencia y la poesía se conectan: ambas obtienen su entendimiento del mundo a través de su aproximación a lo particular. El propio Darwin desarrolló sus teorías desde un minucioso enfoque en pequeñas entidades concretas, pasando siete años estudiando percebes antes de iniciar su libro general sobre especies. Incluso, se puede afirmar que tanto la ciencia como el arte abordan lo amplio y lo abstracto (cuando resulta necesario) a través de la precisión: científicos y poetas se concentran en los detalles, y en consecuencia la poesía es lo opuesto a lo vaguedad, y la ciencia vaga simplemente no es ciencia.
En pocas palabras, la ciencia significa conocimiento, la ciencia no es sobre los hechos, sino pensar sobre los hechos. Igualmente, la poesía puede o puede no ser conducida por los sentimientos, pero de lo que sí versa es de las conexiones: entre palabra y sonido, entre sonido y significado, o entre palabra y otras palabras. Así es la ciencia también: Darwin se preguntó frecuentemente sobre las conexiones: entre las formas orgánicas y la tierra, las rocas, entre el trébol rojo y los abejorros, entre la orquídea y la polilla.
Quizás lo que ciencia y poesía comparten de forma más profunda es la forma en que ambas toleran la incertidumbre. Tienen esa modestia en común: no tienen que decir que tienen la razón. Son capaces de admitir lo que no saben. Y ambas podrán perseguir la verdad, pero no llegan a ella-.
Finalmente, otro punto de confluencia entre poesía y ciencia es la existencia de poetas fascinados por la ciencia y de científicos entusiasmados por la poesía. Destacan en este campo nombres como el de Wislawa Szymborska, Hans Magnus Enzensberger, Fernando Pessoa o Marie Curie.
La poesía de Wislawa Szymborska, escritora polaca acreedora al premio Nobel de Literatura, tiene una fuerte influencia de la ciencia moderna. En un tono inquisidor y curioso, los poemas de Szymborska exploran tanto las condiciones bioquímicas de la vida, como los efectos neuronales de sustancias creadas por la medicina o los límites entre lo grande y lo diminuto del hombre. Ella asume que la línea divisoria entre nosotros y el resto de la naturaleza es tenue. Por otra parte, ella sabe que nuestros hábitos inveterados nos predisponen a ver a los animales e insectos con un sentimiento de que tenemos un privilegio especial.
Bien es cierto que la poesía en el siglo veinte se ha ido moviendo, por lo menos en una de sus ramas, hacia el ensayo filosófico, y a esto lo ha acompañado el que se hayan hecho borrosas las fronteras entre los géneros literarios. Si la abstracción es peligrosa para la poesía, esta tendencia sin embargo contribuye a su capacidad para hacerse algunas preguntas básicas sobre la estructura del universo. Un poema de Wislawa Szymborska opone lo humano (es decir, el lenguaje) al mundo inanimado y muestra que nuestro entendimiento de él es ilusorio.
Por otro lado, Marie Curie, descubridora de la radiactividad y ganadora del Premio Nobel de Física, recurrió a la poesía para expresar los sacrificios que exigía la dedicación a la ciencia:
«¡Ah, cómo la juventud del estudiante transcurre amargamente,
mientras que a su alrededor, con eterna pasión lozana,
otros jóvenes buscan ávidamente los fáciles placeres!
¡Y no obstante, en su soledad
vive, oscura y feliz,
pues en su celda halla la fuerza
que hace inmenso el corazón!
Mas el tiempo bendito se esfuma,
pues debe abandonar el país de la ciencia
para luchar por su pan
en los grises caminos de la vida.
…Y muy a menudo, el espíritu fatigado
vuelve bajo los techos
de este rincón siempre amado por su corazón,
en donde albergaba la labor silenciosa
y en donde quedó un mundo de añoranzas».
Entre los poetas fascinados por las ciencias figuran también nombres como Rafael Alberti, perteneciente a la Generación del 27, un movimiento de escritores y poetas españoles del siglo XX que se dio a conocer en el panorama cultural alrededor de 1927. Alberti, interesado en el Phi o número áureo, le dedicó el soneto A la divina proporción:
A ti, maravillosa disciplina,
media, extrema razón de la hermosura,
que claramente acata la clausura
viva en la malla de tu ley divina.
A ti, cárcel feliz de la retina,
áurea sección, celeste cuadratura,
misteriosa fontana de mesura
que el Universo armónico origina.
A ti, mar de los sueños, angulares,
flor de las cinco formas regulares,
dodecaedro azul, arco sonoro.
Luces por alas un compás ardiente.
Tu canto es una esfera transparente.
A ti, divina proporción de oro.
Y es que la ciencia, al igual que la poesía, es una forma de buscar la armonía entre el caos del mundo físico. Los poetas tienen algo de descubridores, pioneros que se adentran en territorio inexplorado. Los científicos, por su parte, son también creadores y su ‘arte’ tiene una innegable cualidad estética.
En resumen, ciencia y poesía poseen más en común de lo que imaginamos. Ambas comparten la metáfora, la intuición y la necesidad de romper reglas para llegar a hallazgos inesperados. Se trata de formas tal vez complementarias de interrogar al mundo en busca de nuevas perspectivas. Como ya lo decía el poeta y científico David Jou, más que separarlas y fragmentarlas, construir puentes y fomentar su complicidad es una de las mayores urgencias de la cultura actual.