El carnicero y su mal ejemplo

Un pensamiento cada vez más recurrente: entro a casa y un tipo tiene atada a mi vieja de pies y manos, apunta a su garganta con un 22, le pega culatazos en la cabeza mientras insiste, dale hija de puta decime dónde está la plata o te mato, te mato me escuchás, te mato. Ella está contra la estufa, llorando, tiene la cara desfigurada y los ojos rojos, el gato maúlla como sabiendo que algo grave está pasando, ruega por entrar, el tipo no para de pegarle a mi vieja y empieza a salirle sangre del cuero cabelludo, los ojos se le hinchan de súplica y casi siento su taquicardia latiendo en mi oído.

Entro a las doce de la noche o quizás más tarde, como a veces hago, en silencio para que ella no se despierte. Desde la puerta veo todo. ¿Qué pasa si le arrebato el fierro? Por unos segundos logro imaginar que la adrenalina despierta toda mi testosterona, que lo empujo, le pateo la cabeza y le saco la pistola. ¿Y ahora qué hago? Podría darle un tiro en la pierna para inmovilizarlo, uno en el brazo para impedir que recupere la pistola que le saqué. Ni si quiera sé tirar. Ni si quiera sé cómo se destraba un gatillo. Podría hacerlo mierda, porque veo a mi vieja hecha mierda contra la estufa y en lo único que pienso es en matarlo. El tipo está ahí, indefenso, esperando el tiro de gracia. ¿Me daría el cuero? ¿Me daría la culpa? ¿Acaso podría, en ese momento, pensar en culpas?

El año pasado me robaron un teléfono. Era caro, no me gusta el efecto “todo-el-día-online” que dan los celulares pero necesitaba algo así, después de todo soy periodista. Le pedí a mi vieja un préstamo, cinco mil pesos salía el teléfono, un Moto G segunda generación. Estaba yendo a comprar puchos cuando un pibito me lo arrebató: lo corrí por varias cuadras pero los pibitos vuelan, juro que vuelan, y mis pulmones llenos de tabaco no dieron abasto. A la noche salí con mil pesos y un gas pimienta a recorrer plaza Matheu, donde se juntan pibes y no tan pibes a drogarse, pasar el rato, robar por el barrio. Quería darle al guachín los mil pesos y que me devuelva el celular; el gas pimienta era por las dudas. Obvio, jamás lo encontré. Los pibitos vuelan y los compradores también. Cuando regresé a casa mi vieja me miraba con desaprobación, no entendía por qué había hecho lo que hice. Era el colmo, algo surreal: yo tampoco entendía. En un ataque de nervios le pegué mil trompadas a la pared y me lastimé los nudillos. ¿Todo eso fui capaz de hacer por un celular? ¿Qué haría si viese cómo lastiman a mi mamá?

La honesta y desagradable verdad es que no lo sé. No sé qué sería capaz de hacer porque no sé hasta dónde tengo control de mí misma. Muchos dicen “si me roban les doy todo, primero mi vida”, pero cuando los roban tiran de la mochila porque tampoco quieren perder su sueldo recién cobrado, su celular, sus tarjetas. Los progres a veces caemos en la trampa de dictar verdades sin haberlas vivido, de dictar sentencias y modos de actuar desde el abstracto teórico, tan lejano, a veces, de las víctimas. Sucede que nadie está exento de actuar mal, de ser un golpeador, de ser un asesino. Para juzgarnos, precisamente, está la Justicia. Aunque ese poder — bien se sabe — no sólo resiste sino que muchas veces también actúa gracias al fervor y las demandas populares. Los juicios contra delitos de lesa humanidad se lograron gracias al pueblo. Y gracias al pueblo, me arriesgo a decir, pudo lograrse que liberen al carnicero que persiguió con su auto a un ladrón, lo apretujó contra un poste de semáforo y se amontonó con el resto de los vecinos, golpeándolo hasta matarlo.

El linchamiento es un asesinato sin culpables. ¿A quién debería juzgarse? ¿Al carnicero? ¿Al vecino que atestó el primer golpe? ¿O al último, que zanjó la vida de Brian Emanuel González en medio del clamor popular? ¿Hay uno menos culpable que el otro? No imagino a la señora jueza dictaminando cuántos años merece cada uno, decidiendo sobre cuál de todos ellos caerá el peso de la Ley. Porque el linchamiento es un asesinato sin culpables. Pasó en Rosario con David, un pibe de dieciocho años que arrebató un celular en la calle y terminó muerto a golpes. Todavía no hay ningún detenido.

El miércoles 14 de septiembre, los vecinos de Zárate coparon la municipalidad. En un insólito acto de ignorancia sobre la división de poderes, pedían la liberación del carnicero. Su intendente, el peronista Osvaldo Cáffaro, se queja de que el gobierno les quitó la mitad de los gendarmes que tenían para luchar contra la inseguridad. El pueblo de Zárate abraza al carnicero y pide justicia por él: es que Daniel Oyarzún no era ningún pudiente. Para un delincuente callejero, gran mérito sería robar un country o llevarse todo el efectivo de un banco. Me lo explicó muy bien un amigo, ex delincuente, pobre desde siempre: “A nosotros no nos da para robar a lo grande. Si pudiéramos lo haríamos. Pero no nos da más que para el comercio, el vecino más o menos bien, hasta por ahí alguno tan pobre como nosotros”, me dijo.

El presidente de la nación Mauricio Macri salió a desestimar la decisión de la justicia, que durante varios días mantuvo a Oyarzún con prisión preventiva. Dijo que el carnicero debía estar “en su casa, tranquilo”, porque si era un buen y querido vecino seguramente no emprendería la fuga. Para Macri, esta vez el debido proceso debe ser respetado. Y los vecinos de Zárate están de acuerdo. Otra vez el debate de la “justicia” por mano propia se reabre en los medios de comunicación y también en la política, con el precedente del médico de Loma Hermosa que disparó cuatro tiros a corta distancia contra Ricardo Krable y lo mató.

Para el intendente Cáffaro, la culpa está en el gobierno que le quitó sus gendarmes. Para los vecinos, en el ladrón. Para el presidente Macri, quizás, en la pesada herencia. Lo cierto es que la gente pide libertad para el carnicero y no habrá mucho que el gobierno, la justicia o los intelectuales digan para convencerlos de lo contrario. Quedará en manos de la Justicia, ese poder independiente pero a la vez tan dependiente de la opinión pública, decidir sobre el destino de Oyarzún. El dilema de siempre: lo que está bien vs. lo que pide — reconozcámoslo — gran parte del pueblo. La reivindicación del Estado como mediador de conflictos vs. la venganza privada.

“La hora del lobo”, un documental realizado por tesistas de la universidad de Córdoba, recoge varios testimonios de vecinos de Nueva Córdoba que se organizaron en milicias armadas con palos y hasta pistolas para defenderse de los delincuentes el 3 de diciembre de 2013, cuando la policía cordobesa se acuarteló. Son veinte minutos que muestran cómo la humanidad deja de serlo cuando impera la ley de la selva. Sucede que la policía jamás estará 24–7 para defendernos y cualquiera, en cualquier momento, puede sentirse a la vera de nadie. Lo que importa son las repercusiones.

Este jueves, mi amigo con pasado de delincuente, pobre desde siempre, comentó mi publicación en Facebook referida a la toma de la municipalidad de Zárate:

“Para mi estuvo mal el carnicero, ¿cómo lo van a atropellar y van a dejar que le peguen mientras él está sufriendo? Sea lo que sea es un ser humano, para mí tiene que quedar en cana porque incita a la violencia”, escribió.

Abajo le contestó una chica, policía de la Metropolitana, también de origen humilde:

“Yo pienso que está perfecto lo que hizo, porque si el herido o muerto hubiera sido el carnicero, el delincuente lo remataba en el piso como ya pasó varias veces”.

El último comentario de mi amigo fue el que motivó este texto:

“Y sí, tenés razón. Pero el ejemplo que da el carnicero hace mal para otras personas”.

Es así: lo hecho, hecho está. Podríamos pasarnos años debatiendo si nosotros hubiésemos hecho lo mismo en su situación, si perseguir varias cuadras a un delincuente y después pegarle en la cara es defensa propia o es venganza. Yo creo que es venganza y está mal, pero nunca me robaron de caño ni le llenaron de culatazos la cara a mi mamá. Nunca me violaron. Intentar convencer al resto de lo que debería o no debería hacer en momentos donde la humanidad pisa la cuerda floja es menos constructivo que apuntalar conceptos acerca de qué es lo que el Estado debería hacer después: ahí está la verdadera advertencia.

Sé que si alguna vez terminara matando a alguien, debería pagar mi condena. Sé que si este país fuera justo con los que menos tienen — menos plata, menos caricias, menos oportunidades — estas cosas no pasarían tan seguido. También sé que glorificar a alguien que cometió un asesinato cuando su vida no corría peligro jamás traerá soluciones: lo que hizo el carnicero, más allá de juicios propios o ajenos, traerá más violencia social. Sé que su defensa instigará más linchamientos; sé que reivindicar su ejemplo sólo hará mal a los demás.