Las manos sucias

Las verdaderas periodistas tenemos las manos sucias. No es una sentencia irrevocable (no se asusten) ni una verdad absoluta: sólo es incómoda. Quizá sea un canto al arte, aunque lo nuestro, dicen, no es arte. Sí se habla de profesión, de oficio, de ciencia… Pero de arte jamás. Creo que están en un error: lo nuestro es un poco de todo, pero al fin y al cabo, no deja de ser arte. El arte que viene antes de llegar a casa y lavarte las manos de tierra, o el arte de escribir con las manos sucias, o el arte de llegar transpirada al estudio y sentir que el día fue como debía ser: ajetreado.

Las verdaderas periodistas tenemos las manos sucias, mal que nos pese. Y siempre hay alguien que desprecia la mugre. Volvimos de cubrir una marcha multitudinaria: las manos sucias. Volvimos de entrevistar a un funcionario: las manos sucias. Escribimos por la liberación: las manos sucias. Escribimos defendiendo al Estado: las manos sucias. Pero la mugre no le gusta a nadie. Todas buscamos estar limpias. Bien limpitas.

Sabemos que es inútil, pero a veces por inercia seguimos intentando. Queremos darle al pueblo la objetividad que está pidiendo. Deme datos, señora periodista, deme algo en qué creer. Deme, se lo pido por Dios, la verdad resuelta. Nos cansamos de que nos mientan y nos cansamos del juicio previo y nos cansamos de sentir que ustedes tiran, de un lado a otro, hasta partirnos en dos. Llegamos a nuestras casas y nos puede el cansancio. Por favor, véndannos una verdad. Limpia y arreglada, con moño. Una fast truth.

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¿Recuerdan cuando éramos chiquitas? Jugábamos con barro en el jardín. Hacíamos tortitas, helados, personas, animales. Nos divertíamos por horas, solas o con amigas, armando historias y deshaciéndolas a nuestro antojo. Vendíamos, comprábamos, construíamos, afirmábamos. Destruíamos todo. Y volvíamos al calor de la realidad.

Durante el juego, teníamos las manos llenas de tierra, el deseo de seguir por siempre. La gloria. Y ese pequeño atisbo de culpa, que no se llegaba a comprender muy bien, de saber que nuestrxs xadres se harían cargo luego de nuestra roña. De nuestra mugre. Ahora crecimos y ellxs, aunque todavía estén, no pueden limpiar nuestras culpas y nuestras cagadas. Nos apropiamos de la faena, y supimos que así sería durante el resto de nuestras vidas.

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Una periodista cuestiona los privilegios de ser hombre en un mundo creado y consumido por los hombres. Las amenazas llueven. Ella sigue, firme en sus convicciones, hasta el final. Cuando se va a dormir, sus manos están sucias. Intentó –como intentamos todas- refregárselas bien en el baño. Pero aún así lo siente: pequeñas partículas de suciedad quedaron ahí, entre su piel, tapando algunos poros. Difícilmente vayan a salir.

Una periodista defiende, contra viento y marea, los intereses del pueblo trabajador. Lo hace desde su silla comprada en Walmart y su puesto de reportera en Todo Noticias. Hace, cómo no, ruido. Y cuando la mandan a cubrir la cumbre de la AEA, habla lo que le dicen por cucaracha. De elecciones y conversiones. De retenciones. De algunas –y no tantas- internas. Cuando se va a dormir, sus manos están sucias. Al llegar a la redacción, se puso a escribir en un blog anónimo todas las cosas que debió haber comunicado, pero que no comunicó. La mugre la inunda.

Una periodista está cómoda. Lo que siente y lo que le mandan coincide. Qué suerte la suya. Hace lo que hacemos todas las periodistas del mundo: escribe, graba, pregunta, habla, analiza. Hizo las cosas como debería haberlas hecho; dejó a la audiencia contenta y dejó contenta a su patronal. Está tranquila. Cuando se va a dormir, su cuerpo entero está limpio. Pero hay algo que falta.

MARIANA SIDOTI

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