Puta de mierda

— Callate, puta de mierda.

Lo dijo gritando pero a la vez tranquilo, seguro de sí mismo, como si estuviera pidiéndome un obvio favor.

A mí no me causó gracia en absoluto. No sé si alcancé a reír por un microsegundo, quizá forzando mi humor, haciendo de cuenta que no me afectaba ni la orden — “callate” — ni la descalificación — “puta”. Y además, de mierda.

Si alcancé a sonreír — o algo parecido a sonreír — habrá sido por costumbre. Todo lo que vino después me dejó con la boca torcida, en una mueca de ésas que lentamente van transformando una expresión de incredulidad a una de desagrado.

— Puta sidosa — soltó uno por ahí, y varios rieron.

— Puta con sífilis — se animó otro más, y explotaron las risas alrededor de la mesa.

Algunos miraban callados. Estaban demasiado borrachos o fumados, como yo, que posaba mis ojos atónitos sobre cada uno de ellos.

Habían dos chicas más, que yo no conocía y no me animé a mirar. En lo más recóndito de mi alma esperaba una intervención — “Che, paren un poco”; “Bueno, ya fue el chiste”; algo, cualquier cosa — pero hacía rato me había dado cuenta que no eran ese tipo de mujeres. No podría culparlas; ¿hace cuánto que conocí el término sororidad? Demasiado poco.

La palabra “puta” se replicó en casi todas sus variantes, con adjetivos o enfermedades de transmisión sexual adosadas antes y después. Yo, callada. Las otras dos chicas también. Un pelutodo que se había ganado mi premio al misógino de la noche me señaló como diciendo “wow, te están matando” y empezó a reírse junto a los demás.

Yo, callada. Lo único que pude esbozar fue “no me causa gracia”. Lo dije y miré a uno, después a otro y otro más, buscando un mínimo de arrepentimiento, autocrítica o disculpas. Eran mis amigos, ¿cómo podían haberme hecho eso?

***

Sí, siempre jodemos. Nos molestamos entre todos, tomamos a uno de punto y después a otro, nos reímos y sobreactuamos.

Pero jamás escuché a uno de mis amigos decirle a otro:

— Callate, puto maricón de mierda — y que todos los demás se pusieran a repetir sinónimos de lo mismo hasta que el agredido los mirara fijo sin ningún rastro de diversión en la cara. Nunca. Porque además que te digan “puto”, si sos heterosexual, no hiere ni si quiera la mitad de lo que hiere a una mujer la palabra “puta”. No están cuestionando tu orientación sexual, ni si quiera están diciéndote que cobrás por sexo — lo cual tampoco debería generar humillación, si la mayoría de nosotras vivimos cogiendo gratis desde hace años. No, decirle “puta” a una mujer y reírse de ella — porque nadie, absolutamente nadie podría decir que se rieron conmigo — es calar profundo en la supuesta integridad que nos corresponde por naturaleza. Es cuestionar nuestra ropa, costumbres, actitudes, amistades. Es cuestionar, también, nuestro modo de referirnos al sexo, que en mi caso nunca fue muy decoroso.

Cuando dicen “puta” y se ríen todos juntos están atacando tu moral, una moral idéntica a la suya pero encarnada en un cuerpo con tetas y concha. A pesar de que mis “amigos” me llamen “pibiyo” o “guachín”, por ser la única mujer del grupo y por ser, además, una mujer algo distinta del resto, “puta” aplicó perfecto. Porque en el fondo no soy igual que ellos. Entre ellos nadie se bardea o se descansa con la palabra “puta”. Nadie.

***

— Yo no creo en la amistad entre el hombre y la mujer.

Semejante intervención en pleno siglo XXI, de parte de un varón blanco, canchero y claramente heterosexual, me resultó incómoda y desagradable. Ahí nominé al pelotudo; era un gran candidato a mi premio “Misógino de la noche”. Aclaró que era débil — mi amor — y que no podía resistirse a los encantos de cualquier mujer amiga si es que sentía algún tipo de atracción, aunque fuera mínima, sobre ella.

— A mí él no me parece desagradable, me parece un pibe lindo, pero eso no significa nada: es mi amigo — le contesté mientras abrazaba al cumpleañero.

— Si una amiga me dijera eso ya tendría manso chupón estampado en el cuello — contestó el pelotudo.

“Por suerte no todos los tipos son como vos, así de densos y acosadores”, pensé para mis adentros.

Obvio que mis amigos pensaban igual que yo — por algo éramos amigos — pero ¿qué sentido tenía contradecirlo? Todos callados y yo también, porque hace rato me di cuenta que algunas batallas, antes que darlas en soledad, mejor perderlas.

Cuando diez minutos después el pelotudo empezó a tirarme cáscaras de maní en el vaso — previa cara de orto por mi parte y pedidos de que no lo haga más — creí que el premio le quedaba como anillo al dedo. Pero me equivoqué.

***
 Fue otro pibe, al que conocía pero sin tener relación cercana, el único que giró para verme y dijo:

— A mí tampoco me causa gracia.

Los demás, mis amigos, incluso quienes creía mis dos mejores amigos, siguieron repitiendo “puta” hasta que se les cansó el paladar, o el changüí. Habrán sido diez o veinte segundos que yo viví como media hora. Cuando todo terminó y mi cara de asco se hizo evidente nadie más habló. Del único que recibí algo así como una disculpa (más bien una aclaración: yo no participo de esto) fue de este pibe, al que ni si quiera consideraba un amigo cercano. El pelotudo se había reído como todos los demás, pero de él me lo esperaba.

No me esperaba un “callate, puta de mierda” por parte del cumpleañero, en su propia casa, sólo por haberle pedido una porción más de torta.

***
 Cuando fumo porro siempre me da hambre. Por eso tuve algo así como un orgasmo bucal al ver que mi amigo regresaba a la mesa con tres bandejas de torta: coco, brownie y toffi. Fundamentalista de la gula, comí una porción de las dos primeras y esperaba para degustar la última. Cuando pedí la porción me hicieron “ole” y se la dieron a una de las chicas que no conocía. Volví a pedir con la mano estirada, acercándole la servilleta, y ahí fue:

— Callate, puta de mierda.

Mientras lo decía, supuestamente en joda, no hubo ninguna sonrisa. Cortó la torta y me dio la porción pero yo ya tenía un nudo en el estómago. Quería responder… Pero hubiese sido mucho más fácil pegarle una piña en la cara a un desconocido que me gritara “puta” en la calle que defenderme de mis propios amigos en un lugar cerrado, supuestamente de confianza, donde la sororidad estaba claramente ausente y yo estaba demasiado shockeada como para reaccionar violenta o pacíficamente.

— Por ahí uno lo dijo en joda y los demás se sumaron — dijo mi vieja al día siguiente, cuando le conté toda la secuencia.

— Se cebaron — corregí.

— Sí, se cebaron.

Como se ceban tantos en tan diferentes contextos, así se cebaron mis amigos: muchos cuestionaban o decían cuestionar el uso de la palabra “puta” como agresión, pero juntos — arengados — en la casa donde vivía el primer agresor, tomaron coraje y dijeron: puta de mierda, puta con sífilis, puta contra mí pero quién sabe contra cuántas más.

Fueron sólo palabras pero fueron agresivas y también conscientes. Quisieron joderme por feminista, supongo, por haber estado contando anécdotas de la marcha Ni Una Menos, por hablar demasiado de esos temas. No encuentro otra razón. Si la hay, que me la expliquen. Porque sólo sentí ansias de atacar “escondidas” en un chiste demasiado pesado.

Al ver que mi cara no instaba a nadie a disculparse, me callé. Dejé la porción de torta arriba de la mesa, con la panza endurecida, y miré alrededor mientras sentía disiparse la tensión. Después fui al baño, hice pis, me lavé la cara y agarré las llaves de auto para irme.

***
 Jamás creí ser incapaz de defenderme en un momento así. Por la cercanía y la confianza que supuestamente inspiraban mis amigos, nunca creí que hiciera falta. Nunca me hubiese imaginado a mí misma en esa situación, nunca hubiese imaginado quedarme así de quieta, callada, como atada a la silla.

Cuando llegué a casa les escribí el grupo de WhatsApp que me habían hecho pasar un momento de mierda. Todavía confundida por la situación, sintiéndome exagerada y a la vez cobarde por no haber podido enfrentarlos cara a cara, les escribí ese mensaje escueto pero contundente para dejarles en claro que lo que habían hecho no estaba bueno; que me habían hecho sentir humillada e inferior a través de una “joda” en la que todos, incluso los que permanecieron callados, habían participado.

Me acosté a las 7 de la mañana pero no podía dormir. En mi cabeza todavía resonaban sus voces, pero más fuerte mi silencio. Dos días después de una movilización masiva contra la violencia de género mi grupo de amigos — ese al que solía sentirme orgullosa de pertenecer — me dejó bien en claro cuál es mi lugar en el mundo. Justo a mí, ferviente detractora del slut-shaming. Justo a mí que me rasgo las vestiduras para que las mujeres reaccionen frente a un abuso y siempre escribo en Facebook “no nos callamos más”.

Me dijeron “callate, puta de mierda”. Y yo me callé.