Baisdra por la mañana.

Marián García
Nov 4 · 5 min read

La luz mañanera, la brisa, y papá pasando por mi cuarto a las siete de la mañana, significan el momento que más espero de la semana, el domingo. Los únicos que disfrutamos de madrugar somos papá y yo; mamá y Yamile les molesta que las despertemos tan temprano, así que decidimos solo bajar nosotros dos.

Ambos con hambre, pelamos un par de naranjas para hacerles tiempo a las bellas durmientes, en lo que bajan para que podamos desayunar todos juntos. Papá de nuevo me cuenta la historia de cuando vivíamos en La Garita, y yo sin dientes, me comía naranjas enteras bajadas de los árboles del jardín. Me parece cierta su historia porque puedo devorar miles de gajos sin cansarme.

Mientras comemos, nos dirigimos a la mesa hexagonal de la sala; es mágica, porque cuando levantamos la tapa, aparecen tres tipos de tableros para jugar los juegos complicados que los adultos les gustan. Cada lado de la mesa tiene un lugar para poner el vaso, un cenicero y el fichero. Papá me dice que juguemos Baisdra, un antiguo juego libanes que su bisabuela le enseñó de pequeño, y que quiere que aprenda a jugar. La curiosidad me alienta, asiento con la cabeza, y sin durar mucho, empiezo a tomar ritmo. En los momentos de mayor tensión, papá tararea una canción que me genera suspenso y emoción, tengo que estar atenta a mis cartas y a las cuatro que están en la mesa, para generar la mayor cantidad de puntos. Primera ronda y no gano los puntos especiales del dos de tréboles, ni del diez de diamantes y mucho menos los del guaro. Empiezo a sentir una molestia que se apodera de mi cuerpo, porque estuve cerca de ganar la partida, él se ríe y me dice que voy a ir avanzando mientras más practiquemos.

Ahora soy una experta en Baisdra, ya gano hasta dos rondas seguidas; y papá me dice que estoy preparada para jugar a las damas chinas. Sabemos que es momento de tomar un descanso cuando papá empieza a cantar y tocar sus canciones en la guitarra, Yamile se anima a tocar la guitarra y seguir con el ritmo, mientras mamá quiere su turno para poner una canción en el estéreo. De un momento a otro estamos rodeados de puras melodías, que con los contrastes de miles de colores, se unen para acompañarnos en una mañana llena de sol.

Un nuevo reto se presenta, es el momento de que aprenda a jugar backgammon. Yo elijo las fichas azules, y papá las blancas, me explica que tengo que pasar todas mis fichas a mi lado del tablero, y el primero que logre sacarlas, gana. Al inicio, impulsiva, trato de apurarme lo más que pueda; pero el detalle es que tengo que ser más estratégica. Observo que papá dura más tiempo tomando las decisiones, y no logro comprender que tanto es lo que está pensando. Me abrumo y tiro los dados porque ya no quiero seguir jugando. Él se tira una carcajada, y me dice que siempre me sucede lo mismo, que necesito ser paciente. “Te hago una limonada”, asiento con la cabeza, ya me estaba cansando de no lograr nada. “Mira, tienes que proyectar en tu cabeza la jugada antes de realizar el primer movimiento. Además, recuerda que en los juegos del azar, tu actitud ante el juego es lo más importante, háblale a los dados, pide ese doble seis para que puedas avanzar tus fichas la mayor cantidad de campos posibles”. No muy convencida, agito cuidadosamente con ambas manos los dados, y pienso en ese par de números; tiro los dados y llega la sorpresa: ¡no me sale el doble seis!, afirmo que sus palabras son puro cuento, avanzo solo 5 casillas; y para el turno de él, los dados apuntan al doble seis. “Ves, se trata de actitud”.

Tenemos un nuevo juego en la casa, Scrabble, mi papá dice que me va a servir de mucho porque así aprendo nuevas palabras y ayudo a mi cerebro a practicar las que ya sé. Él disfruta mucho de escribir y leer el periódico antes de nuestras partidas en los juegos de mesa. Las hojas de los periódicos están llenas de apuntes y de círculos entre los textos. Asumo que por eso es tan bueno jugando Scrabble, yo aún duro mucho tiempo encontrando palabras que puedan unir la mayor cantidad de puntos. Le insistimos a las bellas durmientes que se unan; Yamile cuelga el teléfono luego de horas de pasar hablando con sus amigas, y mamá apaga su cigarro para empezar. Las fichas se acaban rápido, y mamá gana el primer turno. Ella es la que estudia conmigo y saca su libro verde cuando me corrige las palabras, claramente ella tiene la ventaja. A Yamile ni le importa, porque de por sí, ya no le llaman la atención los juegos. Cada vez la veo menos, pero aun así, somos inseparables.

Aprender ajedrez fue algo que siempre pospuse porque presentía que era aburrido y muy difícil para mí. Sin embargo, esta vez soy yo la de la iniciativa de jugarlo. La primera ronda se hace eterna y mis decisiones las tomo pensando demasiado en cuál movimiento hacer. Todo me da vueltas, papá vota mis dos caballos y los dos arfiles; mi rey está totalmente desprotegido. En un abrir y cerrar de ojos, escucho el grave “ jaquemate”. Es oficial, perdí. Me molesto y me levanto de la mesa, le doy unas vueltas a la cocina y sugiero que juguemos baisdra o backgammon, porque ya los manejo mejor. Papá me dice que intentemos jugar al dominó. Sacamos el tablero de dominó, cada uno agarra sus siete piezas, y el que tenga algún número doble, es el que empieza el turno. La primera partida la gano más rápido de lo que esperaba, y esta vez me levanto de la mesa pero a festejar.

Cada vez la mesa se llena más de libros de estudio y menos de juegos; me levanto temprano sola a estudiar, mientras el resto aún no se logran despertar. La sala está en completo silencio y siento como la ausencia de música, me evoca soledad. Papá me pregunta si quiero jugar, pero son miles las páginas que me tengo que memorizar. Yamile ahora estudia en la casa de sus amigas y ya ni siquiera en eso nos podemos acompañar. Al menos el desayuno lo compartimos todos, pero los pendientes académicos nos presionan para terminar.

Las mañanas de los domingos se volvieron en un silencio total. Empezamos el desayuno a medio día, luego de todos tener una semana llena de pendientes y problemas de la cotidianidad. Eso sí, nos tomamos el mismo rato de siempre para dialogar sobre algún tema en particular; son esos pequeños detalles los que me hacen sentir completa una vez más. Añoro el sentimiento que me evocaba jugar, no solo por la naturaleza del azar, sino por esos momentos de felicidad combinados con la frustración de querer ganar, que me permitían compartir un tiempo aislado de la realidad con papá. En un segundo, recuerdo lo fácil que es agarrar la tapa de la mesa, sacar los naipes, y disfrutar de la sinceridad de un juego de mesa al despertar.