Cómo llegué a ser camgirl o el horrible panorama laboral para una millenial con carrera trunca

L. Salander

Hola, tengo veintitrés años y me desnudo frente a una webcam mientras me observan extraños de internet (y mi agente del CISEN).

Una vez vi una charla de TED donde una trabajadora sexual cuenta que su profesión siempre fue su sueño. Narra cómo en su infancia admiraba a las chicas de cabaret de los westerns gringos. Cuenta que lo que más le gustaba sobre ellas era que tenían su propio dinero, a veces eran dueñas del mismo cabaret, y siempre estaban en medio de todos los sucesos importantes; en contraste con las esposas de los vaqueros, quienes estaban confinadas las afueras del pueblo, se veían un poco desnutridas y tenían más hijos de los que parecían sanamente poder cuidar. La neta no fue mi caso, en lo más mínimo.

Valerie Scott para TEDx Toronto, 2015

Hasta los últimos años de mi adolescencia, o hasta que la vida me explotó en la cara, siempre tuve bastante esnobismo intelectual y misoginia internalizada en mi ser. Yo no quería ser ni esposa ni chica de cabaret, yo quería ser otra cosa. O tal vez esposa sí, porque la realidad era que quería ser todo menos “una de esas mujeres que enseñan el cuerpo porque no tienen nada en el cerebro”. Mira, Mariana del pasado: JÁ.

Por años pensé que podía lograr todos mis sueños con puro trabajo duro. Entre otras cosas, subestimaba el enorme privilegio que es tener el apoyo de tus padres, y yo no lo tuve en realidad. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía cinco años porque él era un misógino golpeador. Y luego, cuando yo tenía once, mi mamá y quien ahora es su esposo comezaron a beber diario. Sumen la dependencia al alcohol, una dinámica vertical como lo es la maternidad y el trauma de un matrimonio violento; lo agitan, lo dejan reposar unos años y ¡bam!, me quedé prácticamente huérfana a la edad de diescinueve, viviendo sola e intentando cursar dos carreras. Sobreviví los siguientes años abandonando la universidad, con poquitos trabajos freelance y gracias al apoyo de mi novio y su familia, quienes me invitaron a vivir en su casa. A punta de chingadazos aprendí muchas lecciones sobre lo que significa el privilegio, y entendí que la fuerza de voluntad a veces no es combustible suficiente para llevarte a cualquier lugar.

Llegó el día en el que mi novio y yo nos fuimos a vivir por nuestra cuenta. Yo tenía síntomas de depresión severa, Trastorno de Estrés Post Traumático por lo vivido con mis papás y poquísima energía social que me hace sospechar que soy autista. Por si fuera poco el cuadro psiquiátrico de desquicie, casi nada de mi ropa era mi talla y todos mis calcetines estaban rotos. Durante ese tiempo me daba por bromear con que yo no tenía permiso de enfermarme, intentando aliviar con risa el pánico de saber que me podía morir por falta de acceso a atención médica. Aquí es donde me deja de importar si el maquillaje o los escotes pronunciados me hacen ver hueca, o si mi cuerpo es sagrado, un templo o un regalo para una persona especial, se los enseño a cambio de la tranquilidad de saber que puedo pagar una consulta médica y ropa para vestirme, ¿vale? Me dispuse a buscar convocatorias de Hooters.

Para entonces tenía 21 años, me había interesado por el feminismo desde que tenía alrededor de 18, y reflexioné un tiempo sobre lo que significaba esto para mí. ¿Me estaba convirtiendo en un objeto? ¿Estaba siendo cómplice del patriarcado que mastica y escupe cuerpos de mujeres? ¿Tenía yo el poder de auto objetivizarme y hacer de mí misma un producto desechable? Llegué a la conclusión de que no. Ambos fenómenos no sólo dependen de un tercero, están fuertemente relacionados con dinámicas de poder: percibirme como un objeto está en el ojo de espectador, no en lo que yo haga. Que me traten con decencia no está bajo mi control sino del de los demás. No es responsabilidad de une, y en específico, no es responsabilidad una mujer, actuar de tal forma que seamos vistas como personas. Eso es algo que debería dársenos a todes sin importar las circunstancias. Los grupos oprimidos no tenemos que ser buenos y actuar presentables para hacernos acreedores a un trato digno.

En un probador de Liverpool, horas antes del casting en Hooters, comprando un brasier pushup que si no me contrataban iba a devolver al día siguiente.

En Hooters no tuve éxito, así que empecé con otras opciones que conocía donde no pedían títulos universitarios: atención a clientes en Starbucks, Bershka, ZARA, restaurantes y cafeterías locales, etc. Los únicos que me llamaron de vuelta fueron gerentes de Starbucks, que me trajeron del tingo al tango con entrevistas por casi cuatro meses, hasta que me practicaron un examen psicométrico que me descalificó definitivamente “por no ser el perfil”. O dicho de otra forma, ¿en serio creíste que ibas a poder esconder estos deseos suicidas que te carcomen diario? Pues no, morra. Se crea un círculo vicioso: quería esconder mi depresión para tener trabajo para tener dinero para tener tratamiento.

Un día encontré lo que en ese momento era la oferta de trabajo ideal: intérprete de llamadas desde casa, estilo callcenter, turno de medio tiempo. Necesitaba hablar inglés de forma fluída y tener un certificado de preparatoria. Dos de dos requisitos, ¡por fin! El proceso de selección fue larguísimo y terminó con un test de antidoping. Agradecí no tener dinero para tratamiento (ni para drogas recreativas, para el caso), porque sabía que los antidepresivos daban positivo en esas cosas. Dos meses después del primer correo me dieron cita para la firma de contrato: Fui a las oficinas del corporativo, que están en un edificio enorme de más de treinta pisos. Adentro de alguno de esos pisos me sentaron y me dijeron lo siguiente: “Aquí tenemos tu contrato y todos los documentos necesarios para darte de alta en la empresa. Pero antes necesito que firmes esto, es una carta en la que explicas que ya no quieres trabajar con nosotros. Como ves no tiene fecha porque no es para ahorita, ¿verdad? Pero no te preocupes, es sólo una precaución.” Foco rojo, rojísimo, rojo desulumbrante que parpadea y hasta suena una sirena. ¿Creen que soy pendeja o qué? Y no soy, pero firmé de todos modos porque no iba a volver a pasar seis meses buscando otro trabajo para terminar firmando otra carta de renuncia sin fecha.

Yo, por dentro, mientras sonreía y firmaba todo lo que me ponían enfrente.

Mi primer día de trabajo me dio un ataque de pánico y en cuanto pude me hice bolita en mi cama para llorar. Tuvo bastante qué ver con que era el primer día y uno siempre anda un poco perdido, pero también fue un augurio para los meses que venían. Durante mi tiempo como intérprete traducía de todo. Muchos tipos de servicio al cliente: tiendas departamentales, compañías de internet, gas, luz, bancos, etc. En este tipo de llamadas casi diario me gritaban por estupideces: que si no les podían dar un reembolso porque sí, que si querían un descuento que no existe, que si no podían quitar a esta inútil señorita de en medio y transferirles con alguien que hablara español directamente, por favor, etc. También había agencias gubernamentales gringas de seguros médicos y pensiones alimenticias: Me tocó informarle a ancianos, madres y padres solteros, a veces inmigrantes, que no calificaban para recibir la atención médica que podía salvarles la vida, o que iban a tener que despedirse de la pensión que mantenía sus estómagos llenos y un techo sobre sus cabezas. Después estaban las llamadas de trabajadores sociales tomando testimonios de violación, y otros tipos de abuso; a veces las víctimas eran mujeres, otras veces niñes, en una ocasión fue un bebé de pocos meses y en otra un joven autista. Las llamadas de médicos en la cárcel informándole a un paciente, preso latino, que en la violación que vivió se contagió de VIH, o que la razón por la que no puede orinar bien es cáncer de próstata. Las llamadas de 911 sobre violencia doméstica, sobre niñas desaparecidas, de abuelas desesperadas porque sus hijos se convirtieron en padres alcohólicos o adictos al crack; y en una ocasión escuché a un hombre dar mal la dirección de su casa, dejar de respirar y colgar. Ya estoy llorando otra vez recordando todo eso.

Voy a describir mi trabajo en el callcenter en una palabra: ESTRÉS. O ansiedad. O QueElCapitalismoMateDeUnaVezPorfavor. No sé si para una persona neurotípica (sin trastornos mentales incapacitantes) el sueldo que recibía (dos mil trescientos de salario base al mes, que podía subir hasta 5 mil con bonos) era suficiente para tolerar la angustia de traducir todo eso, pero para mí no lo era. Conseguir trabajo me había dado un empujón hacia un estado idílico de salud mental, pero cada vez me sentía peor y seguía sin tener ingresos suficientes para pagar psiquiatra, medicamentos y terpia. Peor aún: a mis jefes les importaba una hectárea de cacahuate si yo era un ser humano con necesidades. Orinar, por ejemplo, estaba permitido en papel y prohibido en la práctica, porque las llamadas entraban cada treinta segudos y bastaba con no responder una sola para que registraran un punto negativo en mi asistencia. En otra ocasión me dio gastroenteritis: fiebre, vómito, diarrea, mareos y dolor insoportable. Esperé casi 24h por disponibilidad de consultas en el IMSS hasta que me empecé a deshidratar, después fui a una sala de urgencias donde no había baño visible y no me aseguraban que me pudieran atender en menos de 4 horas. Antes de correr al hospital más cercano, pero después de vomitar agua en una jardinera pública, le pregunté por teléfono a mi contacto con la empresa si era posible justificar mis ausencias con comprobantes de instituciones privadas. El tipo me dijo que sí, que él mismo me ayudaba, pero que obtuviera atención médica lo más pronto posible. Una semana después me estaban amenazando con correrme (hola, recuerda que tenemos una carta de renuncia con tu firma) porque había tenido demasiadas ausencias no justificadas. Me explicaron con condescendencia que yo bien sabía que la única forma de justificarlas era que me hubiera atendido en el IMSS.

Entonces sucedió algo que me cambió la vida: una chica con la que comparto varios espacios feministas había debutado como camgirl. Habló muy brevemente sobre el tema frente a mí, pero lo suficiente para despertar mi curiosidad. Un día, después de tantos que acabé muerta emocionalmente después del trabajo, me dispuse a hacerle preguntas a esta misma chica y a hacer mis propias diligencias para informarme. Encontré que hay muchísimas camgirls feministas que son solidarias con su tiempo y sus conocimientos para informar a novatas, como lo era yo, en las cosas que hay que saber para tener éxito en la industria. Hay foros, hay wikis, hay blogs, you name it. Yo era una completa desconocida, pero entre muchas de ellas encontré más sororidad que la que te extienden algunas feministas radicales y académicas cuando no eres rica, blanca y cisgénero.

Una selfie que tomé antes de una de mis primeras transmisiones.

Leí todo lo que encontré hasta que sentí que tenía conocimientos suficientes para empezar. Antes de mi primer día de trabajo esperaba un mundo lleno de comentarios lascivos y exigencias incómodas, suponía que me iban a tratar como una cosa que hace cosas sexuales, pero no. Igual que me llevé una grata sorpresa con otras camgirls, me llevé una grata sorpresa con los clientes. Encontré comentarios humanos, sinceros, y amigables. Un día que tenía una tos espantosa, mientras aún tenía ambos trabajos, mis clientes de intérprete me gritaban que dejara de toser, mientras los clientes del sitio de webcams me preguntaban si de verdad me sentía bien. Con el tiempo descubrí que entre algunos de ellos podía encontrar aliados más valiosos que otros que entonces se hacían llamar progres, feministos y mis amigos. Viéndolo en retrospectiva, es cosa de sentido común: los clientes son personas normales. La motivación para entrar a un sitio de webcams es buscar interacción con otro ser humano, experimentar un poco de intimidad a través de la conversación y la sexualidad. Creo que es algo que casi todos queremos.

En mi primer día de trabajo como camgirl gané más de lo que ganaba en una buena quincena como intérprete, y definitivamente me sentí mucho mejor. Intenté mantener ambos trabajos por un tiempo, pero ser camgirl es eso: un trabajo, y entre todas las cosas que tenía que hacer al día sólo lograba agotarme. Nunca volví a ganar tanto dinero en un solo día como al principio, pero la diferencia entre lo que podía ganar como intérprete y como camgirl seguía siendo muy grande. Los clientes seguían siendo amables, las camgirls seguían siendo sororas. A partir de ahí ya no fue una decisión complicada y es el único trabajo que he tenido desde entonces.

L. Salander

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Soy camgirl. Aprendí a escribir como el dios Internet me dio a entender, dénme chance.

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