La hiperrealidad en la hiperaula

En el largo paso del aprendizaje tradicional a la escolarización, aprendizaje y enseñanza se fueron alejando progresivamente de la realidad extraescolar. El aprendizaje tradicional, tal como se practicaba en los gremios artesanales y aún persiste en distintos medios (incluido el doméstico), era o es una comunidad de práctica[1] en la que el aprendiz observa y vive aquello que aprende y va incorporándose a su ejercicio. Si descontamos lo que concierne al funcionamiento de la propia institución (que no es poco: orden, disciplina, etc.) y ocasionales contactos con el exterior (salidas, colonias, visitas…), la mayor parte de la enseñanza y el aprendizaje escolares giran en torno a representaciones (muchas) y simulaciones (pocas). Tienta decir que, como en el cine, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero es justo al revés: el cine ofrece grandes simulaciones sin preocuparse mucho por la realidad, y se cura en salud con esa autoexención de responsabilidad por si llegara a parecerse demasiado; la escuela se esfuerza en todo momento por representar fielmente la realidad, pero sus limitaciones expresivas hacen que todo resulte artificial.

The Jetsons/Los supersónicos

Dejemos por un momento las aulas. El concepto de hiperrealidad tiene un uso acotado en la informática, donde designa la integración sin fricciones de la realidad física y la realidad virtual, mejor aún si se añaden la inteligencia humana y la inteligencia artificial.[2] En este ámbito se da también cierto uso del término hyperclass (que podría ser una traducción literal de hiperaula, aunque de alcance más restringido), para designar la fusión de una clase (sesión lectiva, aula) física con una virtual, creando un campo de co-acción para la vida física y la virtual; es decir, un caso particular de hiperrealidad.

Pero el concepto fue popularizado sobre todo por la crítica cultural del postmodernismo, primero en las humanidades y ciencias sociales y luego entre el público, si bien con un sentido netamente peyorativo. Para Umberto Eco[3] la hiperrealidad es la imposibilidad de distinguir la falsa realidad de la verdadera, y para Jean Baudrillard[4] es el simulacro, que, a diferencia de la simulación, simula algo que nunca ha existido. Sin embargo, y dejando de lado el toque elitista de la crítica cultural, lo que para el crítico puede resultar una infame falsificación para el educador puede ser un magnífico instrumento pedagógico, en particular cuando la realidad es confusa, inalcanzable, prohibitiva o incluso peligrosa. Nadie va a lamentar que los cirujanos o los pilotos aéreos se entrenen con simuladores, ni que los traductores o los radiólogos lo hagan con textos o imágenes manipulados.

La tecnología del aula ha tenido casi siempre por objeto la representación analógica o simbólica, más o menos rica y fiel, y, ocasionalmente, la simulación, casi siempre pobre y limitada. El habla, el gesto, la escritura, el dibujo, la fotografía, etc.… son formas de representación, y la voz del profesor, la pizarra, el libro, etc. son sus soportes. Excepto cuando se concentra en las técnicas mismas de representación (la lengua, la lectoescritura, la matemática, la notación musical…) la escuela habla siempre de algo sólo está presente de forma vicaria. Si se trata de una acción compleja que debe ser aprendida pero no puede ser reproducida ni anticipada en su totalidad ese algo tal vez será simulado, como un debate parlamentario, el desalojo de un edificio en llamas, una relación comercial o una acción bélica. De ahí la insistente demanda de acercarla a la realidad, abrir sus puertas, dejar que entre la vida, derribar sus muros, etc.

La tecnología digital supone un salto gigantesco en la capacidad de representación y de simulación. Una imagen de Google Satélite es infinitamente superior a cualquier mapa y proporciona, por ejemplo, la mejor visión de la sabana africana a que puede aspirar un alumno, casi “desde los ojos de Dios”, como Karen Blixen con Denis Hatton. Un sencillo programa graficador puede representar variables y funciones como jamás lo haría el profesor en la pizarra. Una aplicación de anatomía en 3D, de las que cualquiera puede descargar gratis a su móvil, representa y explica el cuerpo humano mucho mejor que el cadáver plástico despiezable habitual en los laboratorios. Un programa de visualización de moléculas es más rápido y elocuente que un esquema en la pizarra o el libro. Una línea de tiempo interactiva y multimedia es más potente y significativa que una cronología tradicional.

Todo esto vale en mayor medida para las simulaciones, aunque de momento tengan menor presencia en el aula. Resulta indiscutible cuando se trata de manipular un vehículo o intervenir en un cuerpo humano, pero no es menos cierto si se piensa en los laboratorios virtuales de química, la simulación de sistemas mecánicos o eléctricos en la formación tecnológica y científica, la de un mercado en una introducción a la economía o incluso la de un aula en la formación inicial del profesorado. El valor de la simulación puede ser muy elemental, como en la simple gamificación, acercarse progresivamente a la realidad, como en los llamados juegos serios, o llegar a experiencias realmente inmersivas, como las simulaciones propiamente dichas, que avanzan rápidamente con la realidad virtual.

“Un profesor que puede ser sustituido por un ordenador, debe serlo”, contaba Sugata Mitra que le contó Arthur C. Clarke que le dijo un director de escuela;[5] y lo cuentan, claro está, porque lo suscriben, como el autor de este blog. Pero cabe plantearlo de otro modo: las tareas de un profesor que puedan ser realizada por un ordenador, deben serlo, dejando así que éste se dedique a lo que sólo él puede hacer. Ningún docente objeta, que yo sepa, a que una hoja de cálculo haga lo que le es propio: calcular notas, ordenar listas, sintetizar resultados, etc., ni a que una lectora óptica lea un test (aunque sí podría hacerlo al test). Gran parte de la acción docente en el aula y fuera de ella es mera atención rutinaria, siempre insuficiente, a dificultades, dudas y preguntas reiterativas de los alumnos, algo que llama a la tecnología. B.F. Skinner visitó una vez la clase de su hija y quedó tan sorprendido y preocupado por la cantidad de tiempo que podía pasar desde que un alumno necesita atención, o más exactamente retroalimentación en su aprendizaje, hasta que la consigue, que inventó la máquina de enseñanza y reinventó la enseñanza programada (la máquina era torpe y aparatosa y tuvo poco éxito, pero sí lo tendría, en algunos campos, la enseñanza programada). Después vino la enseñanza asistida por ordenador, que no pasa de ser una versión algo más sofisticada y mucho más económica. Pero la inteligencia artificial está dando ya un salto de gigante y, al igual que Siri, Alexa, Cortana o Google Assistant entranya en nuestros móviles y nuestras casas, lo harán ahí y en las aulas los tutores virtuales. En la prestigiosa Georgia Tech, Ashok Goel, profesor de un curso sobre inteligencia artificial, ‘contrató’ hace dos años como profesor ayudante (teaching assistant, encargada de resolver dudas de los estudiantes en un foro) a Jill Watson… de la familia Watson, en [hiper]realidad un chatbot, un tutor virtual basado en la plataforma Watson de IBM –la que en su día venció a los humanos Brad Rutter y Ken Jennings en el concurso Jeopardy, una hazaña superior a batir a Gari Kasparov en el tablero– y ningún estudiante se dio cuenta ni la encontró distinta a las de carne hueso.[6]

En definitiva, una parte creciente de los componentes físicos del aula, animados e inanimados, serán sustituidos con ventaja por componentes virtuales y su realidad será, cada vez más, hiperrealidad –y, el aula, una hiperaula. Y el profesor seguirá siendo parte de la misma, pero deberá, sobre todo, poder entenderla y saber reconfigurarla.


[1] Lave, J. & Wenger, E. (1991). Situated learning: Legitimate peripheral participation. Cambridge: Cambridge University Press..
[2] Tiffin, J. & Terashima, N. (eds.) (2001). Hyperreality: Paradigm for the third millenium. Psychology Press.
[3] Eco, U. (1986). Travels in Hyperreality: Essays. New York: Harcourt, Brace.
[4] Baudrillard, J. Cultura y simulacro. Barcelona: Kairós, 1993.
[5] Can computers take the place of teachers?, by Sugata Mitra, Special to CNN, September 26, 2010
[6] Goel, A. K., & Polepeddi, L. (2016). Jill Watson: A Virtual Teaching Assistant for Online Education. Georgia Institute of Technology.