Frente a frente con un joven lobo de mar en Puerto Madryn

Arriba el cielo está despejado y un sol tibio, aún matinal, promete ponerse furioso. Abajo las piernas se agitan y la fisonomía de las sombras submarinas se desdibujan con el oleaje. El agua está helada y cristalina. Un grupo de hombres y mujeres está enfundado en trajes de neoprene negro y aletas, patas de rana. Apenas los ojos, la nariz y la boca quedan descubiertas. Sobre la cabeza la máscara con el tubo de plástico en forma de J con una boquilla en su extremo curvo completa el equipo de snorkel. Por [marianopizarro]para la revista @SiempreEnViaje.

Aunque tiene su historia, Puerto Madryn es una ciudad joven. Es el punto de referencia indicado desde donde moverse en este viaje hacia la naturaleza patagónica, esa que se encuentra de cara al Atlántico, con la imponencia de sus aguas azules y turquesas.
La región ofrece mucho para hacer. Por ejemplo a unos 50 kilómetros de Puerto Madryn por ruta asfaltada, se accede al Área Natural Protegida Península Valdés. Un lugar encantador que si se observa desde arriba, con la ayuda de Google Maps se puede apreciar como se abre paso en el mar entre los golfos Nuevo y San José, y queda unida al continente por el estrecho istmo Carlos Ameghino. Ballenas Francas, pingüinos de Magallanes, lobos y elefantes marinos, toninas y hasta orcas coinciden en Península Valdés desde septiembre hasta fin de año, sólo por mencionar una fecha. El calendario de avistaje de flora y fauna es estricto. Tanto como lo es la naturaleza. Valdés recibe la mayor población reproductora de ballenas francas australes, con más de dos mil catalogadas por Ocean Alliance y Whale Conservation Institute. 
En contacto con la naturaleza los sentidos se agudizan. La respiración con el snorkel no es compleja, hay que inspirar y exhalar por la boca: uushhhhhhh… buuuhhhsh…. uushhhhhhh… buuuhhhsh…. Sumergido, el aire se toma desde la boquilla y corre por el tubo hacia la superficie. El único requisito es la constancia, mantener el ritmo. A su manera eso explica nuestro Virgilio del Atlántico azul, un guía especializado en llevar a los visitantes aguas adentro, para tomar contacto con los lobos marinos.
La excursión se inicia bien temprano. El buceo y el snorkeling con lobos sólo se realiza cuando la marea está alta, cuando gran parte de la colonia de lobos del lugar se zambullen al agua. Es importante saber que para realizarla hay que inscribirse con anticipación. Como mínimo un día antes. La noche anterior a la excursión se confirma la salida de acuerdo a las condiciones climáticas. En caso que no sean favorables, se pospone para la próxima jornada.
El centro de operaciones es apenas un local pequeño en Puerto Madryn repleto de trajes isotérmicos de siete milímetros para buceo; trajes secos, de la última generación; tubos y mangueras de oxígeno; máscaras, aletas; un cambiador en el fondo. En ese espacio reducido nos equipamos y recibimos la charla instructiva. Este momento es crucial para entender cada movimiento que daremos unos minutos más tarde.

Piel de neoprene
El instructor alto y delgado, atlético, es preciso con las indicaciones a tener en cuenta. Aquel que no las sigue se queda afuera. Se trata de lograr movimientos suaves en el entorno de los lobos marinos y alcanzar una sincronización en equipo. La idea se entenderá por completo una vez en acción.
En nuestro caso el grupo es numeroso. Por eso nos dividimos. Los hombres ajustados en neoprene subimos a un Citroën Mehari y partimos al viento a toda velocidad tomando un camino que bordea la costa sobre acantilados para bajar más tarde a la playa y unirnos al grupo de mujeres que emprendió el recorrido hace unos veinte minutos atrás, en lancha.
Ya estamos en un área especial. Es la Reserva Natural Punta Loma: el único apostadero permanente de lobos marinos de un pelo de la zona. El área está protegida los guardafaunas. El control es bastante estricto, nos explican. Por ley a la reserva sólo pueden entrar tres lanchas y un máximo de dieciocho buzos. La convención indica que si al llegar al lugar el cupo está completo, habrá que esperar hasta que se retire una de las embarcaciones.
El mar está picado. La lancha surca las aguas y se perfila hacia un acantilado. Debemos estar a unos cien metros de la costa cuando el motor se detiene. Nos dan las últimas instrucciones y splash. Nos zambullimos al agua. El grupo es comandado por el instructor. En su cabeza lleva adherida una GoPro que filmará cada uno de los momentos que más adelante nos servirán de recuerdo.
Antes de avanzar ensayamos los suaves movimientos. Hay mucha voluntad en el grupo, pero los nervios le juegan una mala pasada a un compañero. No logra la templanza necesaria. Le resulta difícil reacomadar el cuerpo y lograr las indicaciones básicas, no se siente del todo bien, está mareado. Desiste del intento y es llevado a la lancha.
El resto sigue ansioso y animado. Tras las señas del guía nos unimos hombro a hombro, con los brazos entrelazados y avanzamos en formación, con la cabeza sumergida, chapoteando con las aletas hacia la costa. La claridad del agua es maravillosa. Abajo los oídos prácticamente se anulan. Gluuuuup, gliiiiiii, glooop… Ushhhhhhh, buuushhhh. Todo suena como un zumbido casi silencioso.
Ahora un espectáculo está frente a los ojos: un manto de medusas blancas, radiactivas, se mueven impávidas frente a los exploradores. Las medusas danzan, vacilan a un ritmo discontinuo y la mirada se pierde en la búsqueda de más vida submarina. Gluup, glooop, gliip. En el vaivén de la marea nos mecemos y de repente una sombra se abalanza por debajo. Sumergimos el snorkel lo más rápido posible y vemos como un lobo marino pasa veloz haciendo piruetas. Es juguetón. Nos mira de reojo y pasa de nuevo más cerca. En la otra punta, dos animales más se acercan.
Son los dueños de casa, los anfitriones, nosotros los visitantes y vienen a nuestro encuentro. Dicen que ningún otro animal lo supera en su habilidad para nadar. Usan las aletas anteriores para impulsarse y las posteriores para detenerse, y nadan en todas direcciones.

Gluuuuup, gliiiiiii, glooop
Más tarde nos dirán que no existe regla alguna con la familiaridad de quienes nos reciben. O sea, que se acerquen mucho o poco depende de ellos. Por otra parte, está claro que en la visita no se debe perturbar a los lobos marinos con gritos o movimientos fuertes. La sensación de compartir en su propio hábitat salvaje un acercamiento con estos mamíferos acuáticos es inigualable. Algunos llegan a acercarse tanto que hasta es posible tomar contacto con ellos.
Entonces, lo inesperado ocurre. Un lobo marino de grandes dimensiones se detiene. Quedamos frente a frente. Se acerca más y más, hasta apoyar el hocico en el snorkel. Es alucinante. Por unos instantes el tiempo se detiene, pero de pronto el animal hace un giro brusco y en diagonal se sumerge en las profundidades. Desaparece.
Con el pasar de los minutos todo se vuelve familiar. El grupo de lobos marinos ya nos supera en número y se nota que los animales entraron en confianza. Se mueven con soltura y algunos salen a la superficie, imitando el movimiento que hacemos al quitarnos la máscara de snorkel para descansar. Estos animales son adorables, de mirada muy expresiva. Pero cuando esto se pone bueno, nos hacen señas que en cinco minutos tenemos que partir. La exploración submarina que en promedio se extiende 45 minutos llega a su fin.
Nos agrupamos y vamos subiendo de a uno a la lancha con la ayuda del guía. Varios lobos marinos nos siguen, se acercan. Nos cuesta decir adiós, pero tenemos que partir. Se enciende el motor y el timón toma dirección de regreso a la ciudad de Puerto Madryn. En el andar la brisa nos envuelve, el sol de media mañana nos acompaña. A lo lejos se desvanece la costa, el acantilado, la lobería. Entre las burbujas y la espuma que deja la hélice del motor se ve la sombra de un animal pequeño, nos sigue un largo trecho hasta que por fin lo perdemos de vista. Una dulce despedida para este amigable encuentro.