El Bolsonaro mexicano (De fifís y chairos)

Las voces que hoy disfrazan de crítica su animadversión a la izquierda, mañana serán quienes darán cuerpo a los discursos de personajes como Bolsonaro, figura que seguro ya inspiró a uno que otro grupo ultraconservador de nuestro rancho.

Eso es peligroso en muchos sentidos ya que el presidente de Brasil es un ser que abiertamente está en contra de las libertades y considera al Estado una figura paternal que debe tener mano dura para indicar a los ciudadanos qué hacer y qué no.

Políticos como él llegan al poder valiéndose de un “enojo popular” que es más bien consecuencia de una campaña de miedo alimentada, en su mayoría, por Fake News enviadas por WhatsApp, que tienen como eje central el “libertinaje permitido por esa izquierda corrupta” y la promesa de “disciplinar” nuevamente a la sociedad.

Se validan con columnas, reportajes y opiniones de autores que se presentan como críticos de la izquierda, pero terminan validando directamente a personajes como Bolsonaro.

Sólo observen los comentarios que se hacen en las notas, en las columnas o reportajes que leemos en internet. Vean los comentarios. Cada vez cobra más fuerza ese discurso de odio que alienta el desprecio a los migrantes “porque nos van a quitar el trabajo”; a “los “vagos que ahora se van a drogar” por todos lados; a las “feminazis” y su “clasismo a la inversa” contra los hombres blancos heterosexuales; ese discurso que aún considera que “naco” es un insulto o que nunca haber viajado en avión es algo de lo que hay que avergonzarse Cada una de estas premisas resuenan en políticos que, luchando contra una izquierda latinoamericana, congregan al sector más conservador de una nación y ganan elecciones presidenciales de forma legítima. Pintan a la izquierda de libertina e hipócrita, en una campaña mediática sutil pero efectiva en la que, so pretexto de la crítica a la izquierda, se manipula información para hacer creer que cierta ideología es peor que la muerte, prácticamente. Y no es que la crítica a la izquierda no exista, el problema es cuando es usada como bastión para un político que considera peligroso el feminismo, anormales a la población LGBT+, lógico el nacionalismo, natural la desigualdad social. Es peligroso cuando le damos herramientas a la persona equivocada por falta de mesura.

Comprendo la idea de ser siempre críticos. Sin embargo, sostengo que cuando alguien se dedica de alguna manera a la labor intelectual, ésta debe dirigirse al desarrollo y crecimiento libre, justo y equitativo de, por lo menos, nuestra comunidad, sobre todo cuando esta labor se desarrolla en el ámbito de la ciencia política y el ejercicio del poder.

Tampoco se puede pretender que, bajo el resguardo de la crítica, uno se lave las manos del uso que se le da a nuestras ideas o nuestro trabajo. Es equivalente a dejar un trozo de carne frente a un perro y esperar que no se lo coma.

Es decir, se trata de cuidar las libertades con nuestra crítica y que ésta sea encaminada al desarrollo justo de la sociedad, no simplemente criticar por criticar y después no hacerse responsable de las consecuencias de nuestras palabras. El punto es no perderse en discusiones banales, en comedia mala y en un intercambio público que sólo terminará beneficiando a personas que están en contra de la libertad y nos usarán como peones sin que nos demos cuenta: nuestra crítica no debe ser usada de pretexto para acotar libertades que quieren ser rechazadas por miedo o ignorancia.

Una sociedad no puede ir en retroceso. Y ante la oposición a nuestra libertad sexual, nuestra libertad de consumo de sustancias; nuestra forma de concebir la familia, hay que mantenerse firmes. No perder de vista que lo personal también es político y que siempre valdrá más la acción que la abstracción.

Con esto quiero decir que no podemos poner en riesgo las libertades ya ganadas sólo para ganar un debate. Se necesitan voces incómodas defendiendo lo que no queremos perder. Porque sin duda ya vimos que un discurso de odio puede poner a personajes como Bolsonaro al frente de Brasil. Un discurso que muchos pensarían ya no es permisible ni posible, pero que es alimentado por una falsa crítica a la corrección política usada de pretexto para defender a fascistas que se victimizan.

Entonces, para resumir, es prudente que empecemos a ser críticos con nuestra crítica, y por supuesto la de los demás. No se trata de no opinar para que no gane un rival aún inexistente o solapar fallas en los procesos democráticos o la probabilidad de que someta a consulta la despenalización del aborto o el matrimonio igualitario. Se trata de cuidar el discurso y entender que no importa quién esté al mando de todo, sino que éste no coaccione nuestras libertades. Lo demás, sale sobrando. Hay que defender causas, no aeropuertos.

Estamos a tiempo de evitar que se repita lo que ya pasó en EU, Argentina y Brasil. Para cuando estos personajes se erigen, ya es tarde para detenerlos, aunque los medios se unan y tomen una postura fuerte. Las definiciones deben venir antes. Con el objetivo claro de defender nuestras libertades. No más. No menos.