Mejor que otro submarino
Así definía el senador William Fulbright el programa de becas que lleva su nombre y acaba de recibir el Príncipe de Asturias de la Cooperación Internacional.

El senador William Fulbright decía que «tener gente que entienda tu manera de pensar da mucha más seguridad que otro submarino». Aunque lo cité en el discurso de aceptación de la generosa beca que lleva su nombre, difícilmente podía entenderlo entonces. Ni tampoco aquella noche de julio de 2002 en que crucé el campus de la Universidad de Columbia arrastrando maletas y calada bajo una lluvia torrencial -de esas desconocidas en Europa- en busca de mi alojamiento provisional.
Había pasado un año de exámenes, entrevistas y papeleo, que sólo se aligeraba a ratos por la meta y por algún intermediario tan encantador como Guy Vanover, de la Fulbright en Madrid. Puede que su optimismo y su naturalidad ya me dieran un aperitivo de lo mejor de EEUU, pero el «submarino» aún no me había conquistado.
Durante los siguientes meses de trabajo duro -por los estándares del Master de Periodismo, la adaptación a la lengua y al estilo americano o el misterio de compartir piso con una compañera de vida oscura que apenas pronunció una palabra en nueve meses-, Fulbright logró otra adepta a la excelencia que ofrece EEUU, en el mundo académico, en general, y en Nueva York, en particular.
Recuerdo la felicidad en la luminosa clase de magazine del último piso con Michael Shapiro, el profesor más divertido e inteligente que se puede desear, debatiendo alrededor de una gran mesa con otro colega del ‘New Yorker’, Nick Lemann, entonces corresponsal político del semanario y ahora decano de la facultad. Lemann, con su tono entre pijo y susurrante, nos explicaba lo que buscaba en sus perfiles de Al Gore o Karl Rove, «la ambigüedad», las contradicciones que hacen reales a los personajes.
O la satisfacción, mezclada con algo de miedo, de algún reportaje de campo en un barrio de Brooklyn. Uno de los ‘deberes’ era patrullar una noche con la policía, en mi caso un agente -italoamericano y ultrarepublicano- y una agente -casi igual de conservadora, pero más comprensiva y cómoda en su papel de ‘poli buena’-. Mientras escuchaba los argumentos algo incoherentes del policía contra la Seguridad Social o era testigo de la tensión y la violencia en una de las desastradas casas populares que pedía ayuda, sentía que me adentraba en ese gran país. Como decía José Luis Garci, «saber mirar es saber amar».
