Ser Nieman

Agnes Wahl Nieman/Ilustración: Alexandra García

Soy una de las 24 personas seleccionadas por la Fundación Nieman para pasar el próximo curso en la Universidad de Harvard.

El proyecto es un referente de innovación periodística en todo el mundo y una oportunidad transformadora para quienes participan en él. La familia de Nieman fellows suele repetir que la experiencia cambió su carrera y su vida.

La beca nació gracias a una mujer. En febrero de 1936, Agnes Wahl Nieman dejó a Harvard en herencia casi un millón y medio de dólares (el equivalente a unos 23 millones de hoy) para “promover y elevar los estándares del periodismo en Estados Unidos y educar a las personas especialmente dotadas para la profesión”.

Después de una lucha entre sus familiares, un juez determinó que Agnes no sólo estaba en pleno control de sus facultades cuando había decidido la donación, sino que su capacidad intelectual estaba por encima de la media.

Ella dejaba libertad a Harvard para utilizar el dinero. Su única condición es que las becas llevaran el nombre de su marido, Lucius Nieman, que fue el editor del Milwaukee Journal y había muerto unos meses antes.

Agnes también dejó 50.000 dólares a un hospital infantil de Milwaukee y 5.000 al editor de golf y bolos del Journal.

Con 13 años, Lucius trabajaba en la imprenta del periódico. Con 25, era el dueño y un pequeño revolucionario para la época. A finales del siglo XIX, los periódicos eran parte de las campañas de los políticos, pero Nieman quiso cambiar eso en Wisconsin. Su declaración de principios decía: “El Journal será un representante independiente y honesto de la gente contra todo lo que está mal o no merece el apoyo público”.

Agnes era de familia germano-americana e iba en bicicleta cuando eso era noticia. Le interesaba el periodismo como instrumento de denuncia de las injusticias y adoraba la música. Lo que sabemos sobre ella lo cuenta aquí Maggie Jones, que fue Nieman en 2012.

Lo imposible

Al presidente de Harvard, James B. Conant, la donación no le hizo demasiada gracia. No sentía respeto por los periodistas y no le gustaba recibir instrucciones en plena crisis económica. Conant se quejaba de un donativo que no había pedido y que le ataba “a perpetuidad” con una “directriz imposible”, según él, como era elevar los estándares del periodismo. “Es la última cosa que le habría pedido a Papá Noel”, decía. Conant acabó presumiendo de la Nieman.

Walter Lippmann, ex alumno y columnista que departía con el presidente Roosevelt, convenció a Conant de que la donación era una oportunidad y le ayudó a organizar el programa. Lippmann dio nombre al edificio que hoy es sede de la Fundación Nieman.

Así nació la idea original, que se parece mucho a lo que hoy ofrece la Fundación: una mezcla de talleres, entrevistas y trabajos sobre qué hacer mejor en periodismo y la posibilidad de asistir a cualquier clase en Harvard o en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) para aprender más sobre gestión, liderazgo o el sexo de las plantas (una de las clases más “cool”, según el departamento de admisiones de la Universidad) Los elegidos deben tener un propósito.

La clase de 1939: los primeros Nieman que llegaron a Harvard/Foto: Nieman Foundation

Con estas ideas, en 1938, se estableció la primera beca para “hombres de la prensa” que quisieran desarrollar sus talentos en Harvard. Se presentaron 312 de 44 estados. Harvard escogió a nueve. Al New York Times le parecía entonces un experimento interesante por lo rápido que estaba cambiando el mundo.

Y desde el principio hubo mucho interés en ese experimento. En 1940, Eleanor Roosevelt cenó con los 12 elegidos ese año.

La clase de 1946 fue la primera con mujeres. Admitió a dos: Mary Ellen Leary, que fue también la primera corresponsal política del San Francisco News y luego acabó trabajando para el Economist, y Charlotte Fitz-Henry, que fue pionera en cubrir la Bolsa en Wall Street. Entonces las mujeres no podían entrar en las clases de Derecho de Harvard y tenían que luchar por un hueco en la biblioteca.

En 1951, la Nieman admitió periodistas extranjeros por primera vez. Entonces fueron tres: uno de Canadá, otro de Australia y otro de Nueva Zelanda.

La clase de 1977

José Antonio Martínez-Soler fue el primer español en ser Nieman. Fue miembro de la clase de 1977, el año en que yo nací. Desde entonces, sólo otros tres españoles han logrado este honor: Vicente Verdú, de la clase de 1985, Borja Echevarría, de 2013, y David Jiménez, de 2015.

Los últimos tres hemos pasado por la redacción de El Mundo. Yo soy la primera mujer española.

La clase de 1977, la primera donde hubo un español, José Antonio Martínez Soler/Foto: Nieman Foundation

Han sido Nieman grandes periodistas y escritores como Robert Caro, Susan Orlean, Paolo Valentino o Rosental Alves. Más de un centenar de los que han pasado por la Nieman tienen un Pulitzer. También hay algún fellow inesperado, como Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia.

La confianza

En las casi ocho décadas que han pasado desde que se creó la Nieman, el oficio y el negocio del periodismo han pasado por varios ciclos de esplendor y depresión. A veces es difícil discernir en cuál estamos ahora.

En los últimos años, la misión de la Fundación se ha centrado más en cómo salir del atolladero económico en el que se ha metido gran parte de la prensa, pero sin perder de vista lo que une a los dispares miembros de la familia Nieman cada año: cumplir mejor el servicio público que da sentido al periodismo.

Mi propósito en Cambridge es encontrar nuevas maneras de lograr una relación más directa con la audiencia, tal vez más personal, para recuperar la confianza perdida en los medios. Ésa que sufre por las falsedades difundidas por canales de propaganda, pero también por el tráfico de intereses de algunos periodistas con el poder o incluso por los anuncios indiscriminados, irrelevantes y baratísimos que no te dejan leer una noticia en el móvil.

Confianza es la palabra clave para el presente de los trastocados medios. Y ha sido una de las fuerzas de Politibot, el experimento en chatbot y podcast que un grupo de aventureros hemos construido en los últimos meses y que ha logrado una relación personal con sus seguidores.

Harvard y el MIT ofrecen muchos recursos para desarrollar nuevas ideas. En el MIT, por ejemplo, hay un centro dedicado específicamente a cómo los medios pueden involucrar mejor al resto de la sociedad.

El poder de crear y mejorar es algo que tienen algunas universidades en Estados Unidos y que viene de la fuerza de un país excepcional.

Hace 14 años que me gradué en el Master de Periodismo de la Universidad de Columbia gracias a una beca Fulbright y, sin duda, ese año me cambió para mejor. Acabé trabajando siete años en Estados Unidos y me llevé los instintos del periodismo indígena (no a los adjetivos, la poesía para los poetas, la opinión es barata, el poder está para ser desafiado).

Hay palabras que siempre tengo presentes, a veces en pequeños detalles. Me acuerdo a menudo de Michael Shapiro, mi profesor y periodista del New Yorker, cuando llevaba horas con un jugador de béisbol y llamó a su mujer diciendo que se quería ir a casa. La mujer, también periodista, le aconsejó que se quedara un rato más. Por supuesto, en ese rato más Shapiro acabó encontrando el detalle clave que fue el centro de la historia.

Después de años como reportera, a menudo por mundos muy variados (pasé seis años de corresponsal en Bruselas), también he probado estar del “otro lado”, construyendo un medio desde cero, seleccionando una redacción y sobreviviendo a demasiadas reuniones.

En mis 20 años como periodista, he visto el boom de los diarios impresos, el triunfo en internet, el desplome de la publicidad, la crisis de la identidad, el nacimiento fácil de algo pequeño, el desprecio por internet, la obsesión por el tráfico, la nostalgia del papel, el triunfo de lo bueno y el triunfo de lo malo.

Después de todo, lo único que tengo claro es que la excelencia tiene premio. Y creo que ésa era la idea de Agnes.