Un día rojo

Los hechos se producen un 14 de febrero. Ajenos a la idea de que es San Valentín, Raquel y Eusebio deciden ir a comer al restaurante. Al entrar, Adam, el dueño del establecimiento, sale de la cocina para saludarles y se comporta como si les conociera. Sólo llevan 2 semanas viviendo en Fuentepierna pero el pueblo es pequeño y las orejas grandes, así que todo el mundo -si se puede llamar todo el mundo a 300 habitantes- sabe ya de su existencia. 
Los manteles deliberadamente rojos y las velitas a juego no dicen nada a la pareja hasta que el anfitrión les entrega la carta y observa -Qué bonito es ver a gente de su quinta celebrar San Valentín- A Eusebio le sobreviene una vergüenza perturbadora que lo impulsa a justificarse -¿San Valentin? Jaja, no no, nosotros no celebramos esas cosas jaja, inventos de El Corte Inglés, jaja. No no no no. Lo que ocurre es que nos hemos quedado sin electricidad y la cocina no funciona-. Raquel lo mira intrigada, no por ese extremado sentido del ridículo que tan bien conoce, si no por el aplomo con que su marido expresa la repentina afirmación. Tanto es así que cuando se quedan solos le pregunta: -¿De verdad no tenemos luz en casa?-.
Adam vuelve armado hasta los dientes de choricillos picantes, Gran Reserva y ganas de conversación. Descorcha la botella, llena las copas de rojo púrpura y sin que nadie le pregunte suelta una parrafada grotesca: -Pues sí: Hemos tenido unas navidades muy movidas. El restaurante lleno, el camarero enfermo y yo aguantando el tipo a fuerza de Paracetamol hasta que desperté una noche vomitando sangre…-
Por fortuna los comensales no atienden mas que a las palabras de la carta. Se deciden por la sopa tibia de remolacha y el filete saignant con guarnición de pimientos riojana. 
Adam entra en la cocina. Carmen mira Corazón-Corazón en el pequeño televisor. 
-Con esta lluvia pensaba que no tendríamos ni turistas- se queja la cocinera -Son los nuevos inquilinos de la Annie -aclara él- Se han quedado sin luz en la finca y están sin cocina. -No deberíamos haber abierto- continúa ella fastidiada al tener que ponerlo todo en marcha por tan solo dos comandas.
Tras los vinos y viandas Raquel y Eusebio están más receptivos con su anfitrión, quien aprovecha y saca los licores y se sienta a la mesa dispuesto a hacer aquello para lo que ha nacido: Sobremesear.

Servido el postre, Carmen cierra la cocina, saluda con educación y se despide con alivio dejando atrás lo que promete ser una tarde etílica y ahumada de monólogos a tres.
Camino a casa se detiene junto al coche de Annie -Acabo de dar de comer a tus vecinos, dicen que no tenéis luz en la finca…- Oh, shit! No lo sabía, he estado fuera toda la mañana. Si en el apartamento no funciona la electricidad, en casa tampoco. Disculpa Carmen, debo hacer una llamada-. Al otro lado de la línea, Katrin la pilla desprevenida -¡Tranquila, vente tú a casa! Mike improvisará un plato de pasta-. La mujer cuelga el teléfono y se queja de sí misma -Hell, I’m stupid! Ahora tengo que ir a Calajote -.

Aunque la población sólo está a 7 Kilómetros Annie odia conducir y más aún en un día lluvioso, pero a pesar de sus 50 aún no ha aprendido a decir NO. 
Ya en la carretera, mientras se fustiga en voz alta por esa cobardía insuperada da la curva de tal forma que las ruedas le resbalan, el coche se precipita hacia la nada y su vida funde a negro.
Nadie sabe porqué pero en Fuentepierna Carmen siempre es la primera en enterarse de las cosas. La cocinera corre bajo la lluvia y entra de nuevo en el restaurante. La conversación está al rojo vivo pero ella interrumpe entre sollozos con permiso de la tragedia -¡Ha sido culpa mía! Le he dicho que no había luz en la finca y se ha ido hacia Calajote… ¡Con este día…! -Cumplido su objetivo sale ansiosa a la calle -le quema la boca tantas son las ganas de seguir largando bombazo semejante- y en sus prisas e impaciencias cruza sin ver y es arrollada por una moto que a su vez, se estampa contra la ventana del local haciendo carambola con la cabeza de Adam, que se parte como una sandía y salpica a sus acompañantes; espléndidos lunares de sangre sobre rostros níveos como papel. Naturalmente también muere en el acto. La pareja no da crédito. -¿Te das cuenta de todo lo que has provocado con tu manía de justificarte?- Brama Raquel histérica- ¿A qué coño venía el cuento de la electricidad?
Asustados, ebrios y sangrientos consiguen llamar al 012 y corren hacia la finca con la intención de cargarse el sistema eléctrico, pues en su profunda ofuscación temen “ser descubiertos” y acusados, colgados, apedreados o molidos a palos.

La caja general de protección eléctrica se encuentra en la entrada de la vieja casona de Annie. Mientras Eusebio estudia los cables Raquel se dispone a preparar café, consciente de que han bebido demasiado. Allí la cocina es de butano y en el momento justo en que abre el gas, un alarido le hiela la sangre. Es el último grito de Eusebio que se electrocuta y cae fulminado. Su mujer encuentra el cuerpo junto a la caja, le toma el pulso, no tiene pulso, Dios mío, Dios mío, oh Dios mío. Raquel empieza a dar vueltas sin sentido por la casa y busca un cigarrillo. Con la ansiedad de un yonqui escudriña en todos los rincones hasta encontrar un paquete de Malboro del que poseída, extrae el único ejemplar medio arrugado y temblando se lo pone entre los labios -cojones ahora no hay cerillas- entra en la cocina, divisa un mechero, lo coge, alarga la boca, golpea la rueda de encendido y se hace la luz. La luz espléndida y vibrante de la energía liberada y liberadora, pues en la roja hermosura de la explosión a Raquel se le acaban los problemas.

No muy lejos de la fiesta un tal Mike improvisa una receta. Al enterarse del accidente de su amante se derrumba y se confiesa, sin poder mirar a su mujer ni dejar de remover la salsa. La tensión contenida deriva en paro cardiaco y Mike se desploma, se riega a sí mismo de abundante boloñesa y se remata golpeándose la cabeza con la cazuela de hierro colado esmaltada en bermellón de Le Creuset.
Katrin, herida doblemente por la traición del engaño y la muerte de su infiel amado, decide emular a Séneca y se quita la vida tiñendo la bañera de intenso carmín. En el cuarto de al lado lo único vivo que queda en el apartamento anuncia la victoria sin precedentes del nuevo inquilino de La Casa Blanca, el chicagoense Rey del Ketchup.

Exhaustos, los relojes de Calajote y Fuentepierna cantan las 12 dando por concluido el Día de San Valentín.