Siesta

Los torturadores de Paraguay van con sus mujeres al supermercado de Sajonia.

Reclaman honorarios de hasta veinte años atrás y siguen cobrando sueldos atrasados.
Viven en el mismo barrio que sus víctimas.
Son condecorados por el gobierno, o son gobierno.

La justicia y su olvido selectivo...

Los niños juegan entre las flores de Tajy mientras el tiempo todavía huele a sangre.
[por supuesto que muchos preferirán creer que esto es algún tipo de poesía o ficción siniestra]
Con los ojos cerrados, un hombre o una mujer cualquiera pagará sus compras y cederá lugar al siguiente de la fila.

De vez en cuando , extraordinarios seres con ojos [rojos] en la nuca, advertirán la presencia de un rostro conocido. 
Pese al terror reeditado le gritarán : ¡torturador, 
torturador!.

Quizá algún hombre o alguna mujer transforme ese grito en texto/imagen, como un disparo en el cráneo desmemoriado de la (in)justicia
 y así conmueva , al menos por un rato,
 
la mecánica parálisis de un país, 
la anestesiada fila del supermercado,

la tranquila siesta de más de medio siglo donde los torturadores dormitan
en sus hamacas de buenos vecinos y honorables ciudadanos.

Coronel Oviedo 1/09/16

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