La vida te va a compensar

Revista del 22
Nov 4 · 6 min read

Escrito el sábado 2/11/2019

Dijimos que también los profesores podíamos publicar en este espacio. Pues, aquí va mi historia…

Dedico este texto a Candelo, a Sam y a la perrita de Leandro, cuyo nombre no sé, y a Leandro mismo, alguien más que un ocasional compañero de subte.

En los últimos meses, meses de pérdidas amorosas, enfermedades, tristezas múltiples, muchas personas, familiares, amigos, conocidos, compañeros de trabajo, me dijeron “La vida te va a compensar”. Yo no atinaba a pensar cómo y, lo más urgente en una persona un tanto ansiosa, cuándo… Los tiempos marcan. La vida, al menos para mí, no puede transcurrir bajo el lema “después veo”. La vida tiene un límite, un fin y las decisiones llevan tiempo, pero debemos tomarlas, simplemente para no hundirnos en un mar de “circunstancias” en el que somos meras maderitas flotantes.

Quisiera contarles una humilde, no tan “grandilocuente” historia.

Ayer viernes, estaba sentada en el subte, línea E, viaje desde Bolívar a Av. La Plata. De pronto, apenas transcurridos unos minutos de viaje, un chico de unos dieciocho o veinte años, sentado a mi lado, empieza a llorar desconsoladamente. Escucha audios de Whatsapp, lee, llora, escucha más audios, hace una llamada:

- ¡Mamá!, ¡¿cuándo murió?! Decime, ¿estaba en mi cama? ¡Espérenme para enterrarla!

Después corta, llama a quien, según luego me enteraría, era su hermano:

- ¡¿Por qué?! ¡¿Sufrió?! ¡¿La vieron sufrir?! ¿Estaba sola?

Dejó de hablar, de escuchar audios y siguió llorando. Las lágrimas le corrían por las mejillas, enormes, unas tras otras, imparables. Se secaba la nariz con la mano, no podía detenerse.

Lo miré y le dije: - Disculpame, ¿acaba de morirse una mascota a la que querías mucho?

Me mira e, inmediatamente, me muestra en su celu una foto de una perrita de raza, un cachorrito, marrón dorado, arrugado (no sé de razas ni caninas ni felinas). Yo le muestro una foto de Candelo, nuestro querido gato Candelo, al que después de un mes de idas y vueltas, de diagnósticos errados, con un linfoma agresivo que lo iba consumiendo, tuvimos que “eutanasiar” (sí, ahora se usa ese verbo, en vez de “sacrificar”, quizás por la evocación religiosa que se quiere evitar en estos tiempos) el lunes 28 de octubre.

El chico llora y me dice: - Encima, me echaron del trabajo hace tres días y ahora estoy haciendo envíos. Saca una bolsa pequeña, de un local de ropa y me dice: - Todavía tengo que hacer esta entrega. Mi mamá no quería que mi hermano me contara nada antes de que yo llegara a casa, pero mi hermano quiso contarme inmediatamente… - Cómo le dolía a ese chico tener que hacer una entrega, justo el viernes, justo a las 19.30, cuando su cuerpo, su alma pedían a gritos volver a casa.

Continuó llorando: - Gasté todos mis ahorros, $18.000, en la perrita, en cinco días. Yo lo miré y le dije: - Yo gasté $25.000 en dos semanas… No me atreví a hablar de “sueldo”, porque me parecía que podía parecer ofensivo, para alguien que tal vez ganaba esa cantidad en tres meses de trabajo…

- ¿Qué pasó con ella?- le pregunté.

- Yo tengo una perra adulta que había tenido cuatro cachorritos. Todos me decían que los vendiera, porque eran de raza. Yo no quise. Elegí a la más linda y se la regalé a mis vecinos de enfrente. Porque ellos son pobres y nunca iban a poder tener una perra de raza. Les di plata para las vacunas, les dije que les iba a dar el alimento especial que necesitaban los cachorros, que yo iba a mantener a la perrita.

La semana pasada, me crucé y vi que la perrita tenía algo raro en los ojos. Eso me llamó la atención. Les pregunté y dijeron que no lo habían notado.

Hace cinco días, vinieron con la perrita y me dijeron “Te la devolvemos; este animal está enfermo”. Y ahí me enteré de todo: la hacían dormir a la intemperie, era un juguetito para los chicos, no la habían vacunado, la dejaban estar afuera sabiendo que, sin vacunas, podía contagiarse enfermedades peligrosas. La llevé al veterinario y la perrita tenía parvovirus. Durmió en mi cama todas estas noches. Hace tres noches que yo no duermo porque ella convulsionaba. Cada dos horas, me despertaban sus convulsiones. El veterinario me había dado pocas esperanzas, pero yo pensaba que se podía salvar…

Le dije lo siguiente: - ¿Vos te sentís culpable por haberles regalado la perrita? Y el chico, casi dando un alarido, dijo: - ¡Sí, sí, sí! ¡Es mi culpa! Por querer darle a esa gente pobre una mascota a la que no supieron cuidar… Le respondí: - Pobre o no, con poco o mucho dinero, acá el asunto es que no era gente responsable; no valoró ni quiso a la perrita. Como vos decís, era un “juguetito”, no un ser vivo al que había que cuidar y adoptar. Hiciste lo mejor que podías hacer: pensar en los otros, en esta familia que nunca habría podido tener una perrita de raza y vos quisiste ofrecerles esa posibilidad. Nunca te hubieras imaginado este desenlace. Pero no importa. Uno descubre cosas, conoce a las personas en determinadas circunstancias, antes no. Ante situaciones clave, en las que se debe ejercer una responsabilidad, asumir un compromiso. Muchos no saben, no pueden hacerlo y uno se da cuenta cuando ya es demasiado tarde. Con el “diario de mañana”, es fácil tomar consciencia de ciertas cosas… Lástima todo el dolor que causan, las consecuencias de esos actos que, aunque no hayan sido hechos con “mala intención”, dañan, nos lastiman. Pero vos no sos el culpable. Diste con generosidad, entregaste a la cachorrita con amor… Ahora ya sabés cómo es esa gente, qué límites tiene, qué puede y qué no. Ahora andá a tu casa tranquilo, ¿vas a enterrarla vos?

-Sí, voy a enterrarla en el patio de casa.

- Hacelo tranquilo. Hiciste lo mejor. Este dolor va a pasar de a poco. Vas a entender que no tenés la culpa de su muerte… Imaginate el dolor que pasé yo: Candelo era nuestro gato mayor, abandonado por los vecinos, eligió venir a casa. Cada vez que abro la puerta, espero que salga a recibirme. Él siempre lo hacía. Cuando mi hija no quería levantarse, yo le decía “Cande, tirale del pelo”. Y él se subía a la cama y empezaba a tirarle, a morderle el pelo. Estaba siempre al lado mío. Tenemos tres gatos más, pero él era especial y, como todos, irremplazable. Era como un perro, que venía corriendo cuando lo llamaba.

Me pasé días y días yendo de un lado a otro con él, viendo cómo se apagaba y se encendía… Mientras tanto, en mi vida se apagaba un amor, alguien se iba y no se iba al mismo tiempo, como Candelo. Tuve que darme “por despedida”, como en un trabajo y, en el caso de Cande, tuve que despedirlo yo misma. Dolores que se juntan, muerte de una prima de mi edad, después de varios años de enfermedad. Todo junto… ¡No puede ser!

Ya se acercaba la estación Av. La Plata. Miré al chico: -Tengo que bajarme. ¿Cuál es tu nombre?

- Leandro…

- Yo me llamo Mariela.

Leandro me miró con sus gigantes ojos marrones húmedos y me dijo:

- Gracias por sus palabras; me aliviaron, me consolaron, me hicieron muy bien.

Yo me paré y, antes de caminar hasta la puerta, le dije: -Hiciste bien en darle lo mejor al otro. La vida te va a compensar.

Me bajé, con lágrimas que sentí más calientes que nunca rodando por mis mejillas. También sentí que la vida me había empezado a compensar a mí también.

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