El mal que me causo
Soy un fantasma sonámbulo que deambula por la casa, persiguiendo grillos en el estudio, mareado, con el estómago revuelto. Enfermo de ti.
Enfermo de ausencia, insomne, inquieto, agitado.
¿De qué me vale tanta elegancia? ¿De qué me sirve caminar como un elegante flamingo azul por salas de lujo? ¿Con qué propósito pretendo estar siempre bella? ¿A qué fines tanta sonrisa, tanto maquillaje, tanto contacto? Si luego de pasear grácil por pisos de mármol, en la noche no soy más que un fantasma en pijama rosa que arrastra sus penas descalzo.
No soy más que un fantasma que deambula por la casa.
Quisiera una cura para el mal que me causo. Castigo auto infligido en las eternas noches de extrañarte. Neurocientíficos dicen que todo está “excesivamente normal” y que haberme convertido en este fantasma no es más que la respuesta biológica adecuada a la descarga hormonal producto del amor combinado con ausencia. Y sin embargo, yo quiero curarme.
Curarme de angustias, curarme de llantos. Me engaño pensando que en Marzo fue más fácil [ cuando en realidad fue peor ]
Soy un fantasma sonámbulo que deambula por la casa. Buscándose en los rincones. Conjugando el verbo esperar hasta desesperar. Peleando con si mismo. Arrastrando las cadenas de la razón y la emoción, de la culpa y la angustia. Sujetando un globo que llama AMOR.
Atormentado de grillos…
Sólo hay dos curas posibles: tomar la cicuta del desamor o beber dosis de esperanza en tus labios.
“En este momento esos tratamientos no están disponibles”, responde con voz metálica alguien del otro lado del mostrador.
Hasta los grillos duermen. Aquí el fantasma, en absoluta soledad.