Caballero

Azul obscuro y perfectamente entallado, los hombres de traje son ocasión de apreciación en un entorno donde lo que los distingue es el contraste que logran con sus zapatos y su corbata.

Pero él era una situación particular; con los largos y finos dedos de su mano derecha sujetaba un cigarro que apenas probaba, cigarro que se desgastaba más con el roce del rumor vespertino de una ciudad que estaba por encender su linterna ante el escape de numerosos oficinistas. Eran las seis y media de la tarde.

El tabaco y su loción creaban una atmósfera perfecta que encajaba con el ritmo de su caminar, apenas unas cuantas cuadras caminando a su lado y me percaté que quizá se había rasurado la noche anterior.

Por un momento quedé expuesta y sentí la afinidad de su sonrisa al empatar en espera del verde peatonal.

Conté sus pasos y seguí ¿habrá notado mi interés por su peinado bien definido? clásico pero corto, con un remolino en el inicio de su nuca. Difícil sumergir caricias ante el alboroto de su espalda.

De hombros anchos y casi delgado, sus piernas contaban uno y veinte más la altura de tu torso y su sonrisa perfecta. Quizá rebase los dos metros de estatura.

Fue un día bueno para él, ni las líneas de la banqueta eran objeto de su paso por el tráfico peatonal. Me inspiró preguntas absurdas sobre la suavidad que padecía su camisa y lo limpio que mantenía su calzado.

Sofocado el último bocado de su cigarro lo arrojó con tal desdén que seguro venía apagado por ya no tocar sus labios.

Volvimos a cruzar hombro con cabeza, mis centímetros faltantes me dieron el consuelo de ver solo una parte de su mirada gris y tranquila.

Quizá atraviesa los treinta y dos años, pero su perfecta postura le resta el tiempo que él quiera desear.

Cantaba o quizá preparaba la entrega de buenas noticias para alguien. Envidiable resulta saber qué depara su discurso que entrega pistas por su manera de definir sus pasos.

Coincidir en una ciudad así es una sospechosa comedia americana. Pero cruzar la misma puerta es un mal chiste para mi curiosidad.

No tiene rastro de ser burócrata, quizá es directivo y se entretiene con la vida bien intencionada del metro.

Se sujeta del mismo poste que yo sofoco por el nerviosismo de tenerlo de frente y miro su reloj que parece ir perfectamente a tiempo.

Un jalón del vagón y pienso que sólo a mi se me ocurre ir en hora pico en la parte de en medio.

Sigue oliendo a tabaco y loción, la misma loción que alguna vez suspiré del amor de mi vida. Quizá ese sea el enigma: el caballero y la memoria me traicionan jugando una sutil maniobra para volver a escribirle.

Ahora frente a mi taza de matcha me pregunto la finalidad de las coincidencias, compañeras de aventura, que logran desbordar en mí gran incógnita sobre aquel caballero que alguna vez amé y del cuál me logro olvidar cuando salgo tarde del trabajo.

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