Cuando no eres tú el que besa

¿Qué sientes cuando ves a otros besarse en la calle, en una parada de autobús, en el metro, en el cine… y no eres tú?

Por lo regular solemos voltear hacia otra parte, subir el volumen de los audífonos para no escuchar el chasquido de bocas, nos da pena ajena y criticamos mentalmente ese “exhibicionismo”.

El otro día pensaba en esto cuando vi a una pareja besándose del otro lado de los andenes del metro. Estaban casi impregnados de humedad y sus manos se movían sutilmente entre sus cabellos escurridos por la lluvia de afuera. Me dio pena verlos, pero no podía evitar contemplar de manera anónima y lejana la seguridad de sus besos; al momento advertí que no era la única que contemplaba el acto perverso. Un hombre alto con gabardina geige los observaba a un costado, meneaba la cabeza como si él pudiera comprender la intensidad de aquel intercambio de aguas.

Fue cuando vino a mi mente la pregunta ¿qué sientes cuando no eres tú el que besa?

El sonido de los besos tiene un tono particular y una consistencia esponjosa, como si algo se hiciera grande y se pegara entre los labios; como una goma, un chicle, un algodón o un panqué. Algo exagerado y pomposo, casi innecesario.

Los besos son presunción, una oportunidad de levantar las plumas del ego para demostrar que uno es objeto de deseo, pero también pieza exclusiva. Las parejas se convierten entonces en tienda de pasión sin vitrinas y otros somos meros marchantes sin intención de comprar, ni siquiera la idea de un amor eterno.

Il. de Sara Herranz

Ciegos, si ambos cierran los ojos y de seguro no se aman si uno los mantiene abiertos; sordos por aquello de ignorar el mejor váyanse a un motel; mudos, porque no hay nada que decir, sólo suspira sin que sea muy evidente la excitación; sin gusto, debido al sincretismo de la saliva que pierde textura entre cada ola de papilas, seguro se le fue ya el sabor al chicle.

Y entre tanta gente y sintiendo ajeno el momento, las manos juegan al teatro; se sube y baja el telón entre la cintura y el abdomen. Salen como actores con el guión perfecto para justificar su movimiento en el escenario que resulta el cuerpo. Inician inocentes entrelazando dedos con dedos, llegan al clímax empujando la pelvis hacia su par ajeno y desencadenan un desenlace que culmina al tener que arreglar la bolsa, la ropa, el cabello y los colores que matiza la piel en un momento así.

Las piernas bien podrían ser simples listones sueltos, livianos y volátiles, sin rodillas ni músculos; pero los reflejos se activan al escuchar que se aproxima una pausa y manejan el aplomo de la estructura ósea para defender el siguiente paso. Entonces se separan poco a poco la boca, la frene, la cadera y el bochorno de no estar a solas.


¿Ustedes qué piensan? Besar podría considerarse un arte, algo muy abstracto.

MF

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