Día 0

El metro

Una de las cosas que más me emocionaba, del entonces DF, era viajar en metro. Por todo lo que me habían contado era el medio de transporte más efectivo para trasladarse sin tantos contratiempos en esta caótica ciudad del tráfico y el taxímetro (sí, uber no era mi hit pero esa es otra historia).

Mi primera vez fue algo especial. Un lunes muy temprano me llevaron a CU y me quedé en espacio escultórico, un lugar exageradamente maravilloso; después de un rato tomé el pumabus y me dirigí a la biblioteca central para admirar la obra fantástica de Juan O’Gorman, el arquitecto y artista que le dio rostro a ese hogar de libros.

Ya en la biblioteca comencé a buscar algunos volúmenes que me interesaban para mi investigación, en ese momento un chavo que estaba a mi lado me sonrió y comenzamos a buscar libros como novatos, supe que se llama Pierre, llegó hace unos años de Haití cuando la catástrofe los hizo emigrar en búsqueda de mejores oportunidades. Pierre estaba en México gracias a los ahorros de sus padres, estudia antropología en Michoacán pero se escapó al DF en búsqueda de buenos títulos. Coincidimos en el piso de sociales y humanidades e incluso en el pasillo. Sacamos copias y lo invité a acompañarme al centro de Coyoacán, porque a decir verdad, no sabía cómo tomar el metro desde ahí…

Pierre me enseñó a usar el metro, me llevó a la estación de Universidad y en el camino me explicó cómo había sido mudarse a México, lo que le gustaba y encontraba fascinante, cómo extrañaba a su familia y de lo que escribiría en su tesis. Cuando estaba contando todo esto, el metro se detuvo entre la obscuridad del túnel y con él mi corazón. No me atreví a decir nada, pero por mi cabeza rodaron un montón de fatalidades ¿por qué nos detuvimos así? ¿alguien va a entrar? y el vagón volvió a avanzar. Pierre notó mi nerviosismo y me explicó que eso era normal. Caminamos al centro, tomamos una nieve y nos deseamos suerte. Fui a la Cineteca.

Ese mismo día, de regreso a casa estaba tan feliz por la película que vi, Stockholm, que no podía parar de sonreír. Noté entonces que la gente se me quedaba viendo raro, muy raro y nadie devolvía la sonrisa. Cuando platiqué esto con Ale me dijo que eso era normal, que esa ruta es parte de una rutina, que hacer diario lo mismo en esta ciudad pesa mucho…

Al viajar diario en el metro, después del sombrío mundo de Juárez y en dirección a Indios Verdes llego a Hidalgo, donde los pasillos en repetidas ocasiones huelen a resistol o tinner. La fotografía matutina se completa con un grupo de jóvenes que parecen apenas acurrucarse y junto a ellos un perro. He visto cómo la gente se acerca a dejarles comida o agua, los he visto jugar con los ojos perdidos y he admirado a ese perro que no se les despega. Son una rutina visual para mí, me gusta, son algo especial aunque de verdad lamento su situación.

Otro aspecto importante son los vendedores, ilustres comerciantes que conforme la temporada llevan el artículo de moda y de novedad, ya sabes, para el niño, la niña y el ama de casa. Desde alimentos hasta correas para perro, todo a diez… vaya que he hecho muy buenas gangas.

Y ya sea de pie o en los asientos verdes, las mujeres más admirables son aquellas que entran con todo y tubo en la cabeza al vagón. Las he visto realizar tutoriales de belleza mejores que los de Youtube, son expertas enchinando pestañas, aplicando la base, el rímel y el rubor. Las más extremas osan delinearse perfectamente incluso con el metro en movimiento… grandes ligas.

Las historias de locos y de amor son una misma cosa. A veces los besos tronados e incómodos atraviesan mis audífonos, otras veces es mi vista quien cacha el rozón, un par de ocasiones he visto cómo los locos gritan, por amor, quiero pensar.

Los borrachos de la noche son otro asunto y suelen perderse muy bien entre la gente que regresa muy cansada del trabajo. He visto a sujetos caerse de boca al momento que frena el tren… intenté no reír mientras el señor se bajaba, pero mi compañero de un lado no pudo dejar de vibrar a mi lado tapando su carcajada.

Quizá algún día vuelva a ver a SujetoM, un chavo que desde el otro lado del vagón fue mi cómplice en los apretujones de la hora pico, yo cantaba en silencio y él movía su cabeza al ritmo de sus audífonos. Bajamos en la misma estación, iba detrás de mi y sonreía como diciendo: ¡¡¡por fin, llegamos!!! le devolví la sonrisa, entré en pánico y corrí a tomar el camión de regreso a casa para que no me preguntara nada.

Esto lo pensé hoy cuando una carcajada me invadió, todo por un recuerdo, la gente se quedó extrañada pero ahora sí la mayoría devolvió la mirada con una sonrisa.

Definitivamente lo mejor que me ha pasado en el metro ha sido una frase que me dijo un viejito cuando me senté agitada a su lado por correr y alcanzar ese viaje. Volteó y me vio, suspiró y preguntó ¿por qué corres? mi sonrisa de victoria por tener lugar se esfumó.

En esta vida, lo único que vale la pena hacer que vaya de prisa es la cabeza, no las piernas.

¿De qué te sirve correr si no quieres pensar mejor y más rápido?

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