El pañuelo

Estas piernas no son accidente. Como de costumbre, salgo del metro corriendo a encontrar una bici en la esquina que muestra un panorama (casi siempre de manifestación) hacia el Monumento a la Revolución.

Colocando con prisa mi pequeña y singular bolsa color beige frente al manubrio, recogiendo la melena alborotada que se acomoda en churrito y bajando el asiento para ajustar mis 159 centímetros de altura, me dispongo a pedalear rumbo a un edificio de reflejantes negros.

Llevo siempre prisa de vendedor de periódico en domingo, pero respeto los altos para acomodar mis lentes que caen con dirección a mi boca en cada tintineo producido por los baches.

Con los audífonos puestos a un volumen decente para sentirme en un video clip de música; sin dejar de percibir el ronroneo de los automóviles, camiones y motocicletas, observo a cuanto peatón se me atraviesa.

Con delicada insistencia me ahogo el matiz rosa de mis pómulos al tener que hacer ring, ring para no atropellar a los que les valen madre los altos.

Izquierda, derecha, avance y atenta.

… ya no me duele pronunciar tu nombre, ya no me acuerdo lo que es sentir tu amor.

Pareciera que voy dedicando mi dulce despecho a los taxistas que salvajemente ponen direccional cuando ya se han cruzado del otro lado de la avenida hacia Insurgentes.

De mi cuello que comienza a sentir el fervor del sopor matutino, acaricia mi dermatitis un pañuelo que alguna vez le perteneció a mi madre. Es feo, pero todo con mezclilla luce bien y me da un aire medio hipster, es café con negro y tiene un estampado variado: uvas, frutos, medallones y cadenas doradas, hojas.

Satinado y con el viento en contra, aquel pedazo de tela kitsch voló a su rostro.

Sudaba, lo percibí al contacto con mi pañuelo que él sutilmente colocó en mi mano.

Sonrió como si de un retrato saliera su perfección, sus ojos se adivinaban verdes tras los lentes que seguro sólo se ha de quitar al dormir, en ese preciso momento comenzó otra manifesación…

Verde, ámbar, rojo, verde, ámbar, rojo, verde…

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