Crónica de un estallido

Cómo se vivieron los últimos días de aquel diciembre caliente. Malestar social, saqueos, manifestaciones y represión. Un saldo de 39 muertos y un presidente huyendo en helicóptero de la Casa Rosada.

Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, sonaba en la garganta de miles de argentinos la noche del 19 de diciembre de 2001. En Plaza de Mayo, hombres, mujeres, adolescentes, ancianos y hasta bebés en brazos, todos sin banderas políticas, pedían la renuncia de la dirigencia política del Gobierno, en medio de gases lacrimógenos, balas, policías a caballo reprimiendo sin escrúpulos, lluvia de piedras, vidrieras de bancos rotos y manifestantes encapuchados que obligaban a los autos que circulaban a detenerse. La escena se repetía en las principales ciudades del país.

El “corralito”, una disposición que restringía la extracción de billetes de los bancos diseñada por el entonces ministro de Economía Domingo Cavallo, había llenado las calles de filas de gente desesperada y desesperanzada que rogaba por su dinero.

La promesa incumplida de la entrega de bolsones de alimentos por parte del Ministerio de Desarrollo Social impulsó, el 13 de diciembre, la organización de la séptima huelga de las dos CGT y la CTA, a la que adhirieron sectores de clase media –que no solían participar de manifestaciones– y también de aquellos que no tenían sindicatos. Al mismo tiempo, comenzaban saqueos en todo el país. El conurbano bonaerense ardía en el conflicto, pero no fue el único foco. También se unieron los grandes centros urbanos de otras provincias, como Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero, Santa Fe, hasta Tierra del Fuego y ciudades del Gran Buenos Aires como La Plata, Mar del Plata, Quilmes, Lanús, Ramos Mejía y Castelar.

El poder estaba quebrado. Los números rojos de la economía alcanzaban niveles récord, con una desocupación del 18 por ciento y más del 40 por ciento de pobreza. Con una industria paralizada y la desilusión de todo un país, la enorme recesión económica culminó en un “cacerolazo” que duró toda la noche y sería el factor desencadenante de la renuncia del presidente Fernando de la Rúa al día siguiente.

La Plaza de Mayo recibió el amanecer del 20 de diciembre con manifestantes que habían protestado toda la noche. Seguían los balazos, los gases y los disparos, lo que convertía al centro porteño en un verdadero campo de batalla, con edificios cerrados, locales con persianas bajas y corridas permanentes. Entre las víctimas se encontraban las Madres de Plaza de Mayo, reprimidas cuando participaban de la histórica ronda de los jueves. Mientras, los motoqueros que circulaban todos los días por la zona realizando trabajos de cadetería decidieron sumarse a la lucha social. Se enfrentaron con la policía, repartieron agua a los heridos, los alejaron de las fuerzas de seguridad y buscaron ambulancias.

Frente al aumento de violencia, el presidente decretó el Estado de sitio. “Fue una medida errónea, no se podía apaciguar desde la fuerza del orden la situación de desborde que existía. Era francamente muy difícil pensar que se podía resolver el descontento social con ese decreto”, le dice ahora a Diario Publicable Daniel Menéndez, coordinador nacional del movimiento Barrios de Pie, que en ese momento se encontraba acompañando a vecinos del sur de la ciudad de Buenos Aires que reclamaban alimentos.

Raúl Castells, piquetero y representante del Movimiento Independiente de Jubilados y Pensionados, fue detenido en 2001 por participar de una manifestación para pedir alimentos, y recuerda ese momento como “el principio del fin. “Todos los dirigentes venían a preguntarme qué podíamos hacer, y fue una gran satisfacción haber podido voltear por primera vez a un presidente por la fuerza de un levantamiento popular”, agrega.

Entre los muertos de la Plaza estuvo Carlos “Petete” Almirón, que era militante de la organización piquetera “Movimiento La 29 de Mayo” de Monte Chingolo y de la Correpi, estudiante universitario de Sociología y obrero, residente en Lomas de Zamora. Petete murió tras recibir un balazo en la cabeza de parte de la policía en la esquina de Bernardo de Irigoyen y la Avenida 9 de Julio, luego de arrojar bombas lacrimógenas.

Cada vez que iba a las marchas nos avisaba. Ese día no emitió palabras, sólo llamó a su abuela y le dijo que más tarde volvía. Esa fue la última comunicación que tuvimos con él, hasta tener la mala suerte de esa noticia”, recuerda su mamá, Marta Almirón, que sigue pidiendo justicia por su hijo y el resto de las víctimas. “El reclamo era `que se vayan todos´, pero nunca se fue ninguno”, agrega.

A las 19:52 del 20 de diciembre, un helicóptero descendió el techo de la Casa Rosada y fue alcanzado por un grupo de personas que salían del edificio, entre ellos Fernando De la Rúa, quien a las 18 había anunciado su renuncia por cadena nacional. El mandatario se subió al Sikorsky S76B y escapó a la quinta presidencial situada en Olivos. Dejó atrás 39 muertos.

El 23 de mayo de 2016, el Tribunal Oral Nº6 de la Capital condenó a Carlos José López a seis años de prisión; a Enrique Mathov, Rubén Santos, Roberto Emilio Juárez a cuatro; y a Raúl Andreozzi, Norberto Edgardo Gaudiero, Víctor Manuel Belloni, Omar Alberto Bellante y Ariel Gonzalo Firpo Castro a tres años de prisión por la represión. De La Rúa fue sobreseído por todos sus cargos.

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