Colectivos.

Era el primer día de mi primer año de la secundaria. Oficialmente, “era grande” y eso obligaba algunos cambios. Había que tener la pollera corta, las uñas pintadas de color y algún accesorio copado. Debo admitir que me sentía intimidada. Ese colegio que había sido el mismo desde hace muchos años, hoy parecía diferente.

Hasta hace poco conocía a todos. Las chicas que se sentaban atrás y sacaban buenas notas, los pibes que se ponían en grupo y no paraban de hablar, nosotras que estábamos en el medio siempre haciendo ruido. Yo los conocía a todos y ellos a mi. Pero ahora no era más así. Había muchas caras conocidas pero también había muchos “de la tarde”.

Desde que empezamos con los campeonatos deportivos hubo “pica” con los de la tarde. A veces ganábamos nosotros (y cómo disfrutábamos las gastadas), a veces perdíamos (pero siempre era injusto y porque el árbitro estaba comprado). A veces pasaban cosas difíciles de manejar como que alguien se ponía de novio con una de la tarde. En general, esos noviazgos no duraban y todos celebrábamos la “vuelta” del recién soltero.

De algo estábamos seguros, no importa lo que pasara, nosotros, el turno C del Inmaculada Concepción de Ciudadela, era el mejor de todos.

Pero eso ya no era lo mismo. Ahora no había turnos. Había “bachiller” y “comercial”. Y muchos de “los de la tarde”, ahora eran nuestros compañeros. Miré a algunos con sonrisa falsa y me senté más o menos en el mismo lugar de siempre. No había mesas de dos, en la secundaria todos eran bancos individuales.

Terminó ese primer día y por fin me iba a convertir en “grande”. Me iba a volver sola a casa, papá no iba a venir, ya era grande lo suficiente como para que mi mamá me dejara volver viajando a casa. Hoy me iba a tomar el colectivo sin compañía.

Lo había hecho miles de veces con mamá, me sabía el camino de memoria y había repetido hasta cansarme que solo me tomaba el 172 o 242, cartel verde que decía “Ing Brian”. Si tenía duda podía preguntarle al colectivero. Los colectivos eran fácil de ubicar porque eran de “Boca”, es decir, de color azul y amarillo. Todo estaba ensayado, nada podía salir mal.

Sola en la parada me di cuenta que la cosa se complicó. Yo venía usando anteojos pero solo para ver el pizarrón. Estando ahí me di cuenta que los necesitaba. Podía distinguir los colores del colectivo antes de pararlos pero era imposible ver el cartel. Una especie de nube borrosa cubría el frente del colectivo. El sol me pegaba en los ojos, tenía hambre, estaba cansada. De repente Av. Rivadavia me parecía un desierto y yo una prófuga perdida entre la arena.

- ¿Qué colectivo te tomás?, me dijo una que era de la tarde. La miré. No me acordaba su nombre pero sabía quién era. Jugaba muy bien al handball, la última vez que jugamos creo que me ganó. Decidí no volver al pasado, ahora íbamos las dos a “comercial”.

- El 242 o el 172, pero de cartel verde, repetí como si fuera un deseo. ¿Vos?

- Cualquiera que vaya derecho por Rivadavia. Che, me parece que ahí viene tu colectivo.

- ¿Cuál? Me di vuelta viendo que venían tres del color de boca pero después no podía distinguir nada.
- ¡Ese!, me gritó parándolo en mi nombre. ¿No ves bien?
- No, dije medio con vergüenza, pensando que sería la gastada del día siguiente.
- Ahhh, no te preocupes, si querés yo te ayudo, dijo mientras me daba paso para subir al colectivo.

Me senté poniendo mi mochila nueva arriba de mis rodillas. Empezamos a hablar como de toda la vida.

- Acá me bajo, dijo, interrumpiéndose.
- Ah, cerquita.
- Si, ¿nos vemos mañana? ¿Sabes cómo llegar?
- Si, quedate tranqui. Hasta mañana.

Era un día de calor de marzo de 1991. En un colectivo 172 cartel verde sonreí acababa de conocer a mi mejor amiga.