Ojalá, Mónica, ojalá…

Ojalá y todo esto no quede aquí. Sería infinitamente mas triste que no haber ganado esa medalla.

No, no se trata solo de deporte, no es asunto solo de la victoria en el partido final de la competencia de tenis de las Olimpiadas de Rio, no es cuestión solo de la primera medalla de oro en la historia de Puerto Rico en las justas deportivas más importantes del orbe.

No, el triunfo de ayer de Mónica Puig no es solo eso, es mucho más y debe ser mucho más si es que deseamos de verdad que el juego que hemos jugado desde hace más de medio siglo -ese jugar a ser país- deje de serlo y se convierta realmente en un proyecto que nos ponga de pie ante nuestro deber de ser eso, de ser país, justamente cuando nos enfrentamos con la disyuntiva de empezar a serlo ahora o no serlo jamás.

Y esto no porque un triunfo en un partido de tenis sea en sí mismo cuestión de vida o muerte, no porque la existencia se defina concretamente a golpe de raqueta, con tiros de derecho y de revés, con voleas y servicios a más de cien millas por hora, no porque la de aquí le haya ganado a la alemana 6–4, 4–6, 6–1, no porque por esto el brillo en el pecho de Mónica sea dorado y de plata en el de Angelique, no porque la bandera con una sola estrella haya ascendido unas pulgadas por encima de la germana y la checa, mientras La Borinqueña se estrenaba en unas olimpiadas.

No es por esto, visto como un hecho que ocurre habitualmente cada cuatro años para otros países -ganar una medalla de oro olímpica- sino por todo lo que esto ha provocado en una sociedad que parece no tener otra alternativa -¿la tiene acaso?- que -como dije en el blog anterior- abrazar el triunfo de Mónica como la inspiración para alinearse en comunión detrás de ese gran propósito que nos urge tener como país, no como el juego que llevamos jugando desde más allá de lo que nos alcanza la memoria, sino como un proyecto viable, tangible, inspirador.

De esto realmente es de lo que se trata la medalla de oro de Mónica, de la posibilidad real de ser país, de hacer que el sentimiento que ha provocado esta victoria se asiente como parte habitual en el proceso de escribir nuestra historia con nuestra propia letra, con dignidad, con orgullo, con trabajo, con honestidad, con compromiso.

Si realmente deseamos un país, es vital que el espíritu y el júbilo y el orgullo que se han desbordado alrededor del triunfo de Mónica no queden solo en la anécdota, que no se ahoguen en los gritos de celebración, que no se pierdan en los #hashtags -que solo son eso, #gritos #anclados a un #signo y nada más- que no se atasquen en la inercia, que no naufraguen en la apatía. Se trata de que esta reflexión gozosa, de que esta expresión festiva, se asiente y la llama que la encendió se mantenga incandescente como faro, como brújula, para ser todo lo que podemos ser.

Como he dicho antes, es momento impostergable de comenzar a creer que somos mejores de lo que las circunstancias nos gritan que somos. Hay que creer que somos mejores ciudadanos, mejores trabajadores, mejores estudiantes, mejores padres, mejores hijos, mejores amigos, en fin, mejores personas. Creerlo y serlo. Como Mónica, que lo cree y que lo es. En fin, que hay que creer que somos país. Y comenzar a serlo desde ahora… dentro de muy poco será demasiado tarde.

Hagamos que este triunfo cuente para mucho más de lo que creemos debe contar, que cada cual asuma este triunfo no como una meta alcanzada, sino como el punto de partida para ser lo que realmente debemos ser. Que este triunfo sea un golpe de timón, no solo en la historia del deporte en Puerto Rico -que ya lo es- sino en la historia de Puerto Rico, como país. Como país.

Antes de ayer fue Daniel Andrés, mi nieto, quien me conmovió con sus lágrimas, con sus palabras. Ayer fue su padre, mi hijo Mario, quien me sacudió con lo que escribió en su estatus en Facebook, luego de la medalla de Mónica, la bandera y el himno:

“Qué sentimiento más cabrón…”, dijo. Solo eso. Y me erizó la piel.

Así de simple. Hay emociones para las que no hay sinónimos, como ese adjetivo tan contundente, tan inequívoco, tan elocuente, tan… nuestro. Que las palabras no nos espanten.

La llama está encendida, no dejemos que se extinga…

Ojalá y todo esto no quede aquí. Sería infinitamente más triste que no haber ganado esa medalla. Ojalá, Mónica, ojalá. Por ti y por todos nosotros.