Si yo fuera un hombre de fe…

Si yo fuera un hombre de fe, oraría por todos ustedes, por los periodistas de verdad, por los genuinos, por los que viven el oficio como si la vida les fuera en ello, no por gustar a algunos o a muchos, no por la palmadita del jefe, no por los “likes”, no porque es parte de una agenda editorial, no porque es un trabajo, no por un premio.

Si yo fuera una persona de fe -que no lo soy- movería mis influencias con el altísimo para que les ilumine el camino y sepan encontrar la manera de vencer la inercia, de enfrentar los espejismos, de recordar siempre las razones por las que hacer periodismo es realmente -para los periodistas de verdad- uno de los oficios más hermosos del mundo, capaz de hacernos invisibles cuando se hace bien.

De eso conversaba hace un rato con una periodista de esas -con una periodista de las mejores- un poco con esa especie de resaca emocional que dejan noches como la de anoche, en un foro convocado por la Asociación de Periodistas de Puerto Rico (ASPPRO) para platicar sobre el periodismo en una de sus tantas modalidades, en este caso el que se hace en la vastedad temática de la cultura y del entretenimiento.

Aclaro que nunca he sido gregario, menos aun con el paso del tiempo. Me cuesta trabajo -si fuera un hombre de fe diría que “gracias a dios”- ser parte de grupos, de asociaciones, de juntas -esa palabra maldita- pero agradezco la oportunidad que esta invitación de la ASPPRO me dio para reecontrarme con algunas de las amistades sembradas a lo largo del casi cuarto de siglo que trabajé como empleado de El Nuevo Día.

El periodismo está de fiesta en estos días -y también de reflexión debería ser- y la experiencia de la noche de anoche y la conversación de esta mañana me hacen reflexionar una vez más en lo que ha sido mi vida como periodista. Haber sido parte durante tanto tiempo de una empresa de la magnitud del Grupo Ferré Rangel impone una marca que se lleva de por vida, no ya como un tercer apellido -desde 1989 hasta el 2013 fui “Mario Alegre Barrios, de El Nuevo Día”- pero sí como un referente, como una señal en el mapa que muestra el cauce de una vida.

Luego de casi cinco lustros, hace tres años los vaivenes propios de la industria y de la vida pusieron fin a mi ciclo como empleado de El Nuevo Día y al ciclo habitual de El Nuevo Día en mi vida. Nos separamos con cariño, con la conciencia de que en este diario me hice periodista, de que aquí aprendí y que al irme me llevé lo mejor de la experiencia; también con la seguridad absoluta de que aquí dejé lo mejor de mí… y también a seres muy queridos. Y todos en paz.

Desde hace un tiempo soy libre -me dicen- y sí, lo soy, con todas las complejidades y privilegios que eso plantea, con la oportunidad de escribir absolutamente a mi aire, de quien quiero y como quiero, sin el menor compromiso o deseo de tener que explicar a nadie por qué, ni de la necesidad de argumentar para sostener alguno de mis credos o no-credos, convencido de que, si lo tengo que hacer -si lo tengo que explicar-, en realidad no tiene caso que lo haga porque no es necesario, porque -estoy seguro- de nada serviría.

Detesto los clichés, pero me tuve que “reinventar”, capitalizando dos cosas fundamentales, dos cosas que son lo único realmente valioso que los periodistas tenemos: el nombre y la experiencia, ambos estrechamente vinculados en lo que -estoy convencido- es el cimiento de esta reinvención y la de buena parte de quienes enfrenten este desafío: la capacidad de hacer periodismo con la excelencia como faro, de contar el mundo de la manera más fiel y genuina posible, sin lastre de los lugares comunes, historias pertinentes, que inspiren, que conmuevan, capaces de establecer relaciones perdurables con nuestros lectores…

Sin duda -como dice la máxima del nuevo paradigma digital- el contenido es el que manda Y es así, no importa si es en el diario o en la cadena más importantes del mundo o en un blog o en una servilleta, volando o tropezando, una buena historia -un buen reportaje, una buena entrevista, una buena crónica- llegará a donde debe de llegar. Y en la mirada y en la memoria de alguien quedará sembrada.

Claro que las formas -y digo las formas- de hacer periodismo han cambiado, los soportes se han multiplicado, las audiencias se han diversificado. El tiempo se ha encogido a niveles inimaginables y el mundo nos cabe ahora en la palma de la mano y segundo a segundo ese mundo se nos transforma en la punta de los dedos.

Lo que no ha cambiado ni cambiará son los valores fundamentales del periodismo, que de alguna forma son los mismos que los de la vida. Repito que no se los voy a repetir ahora, porque deseo creer que todos ustedes los saben. Si no es así, tampoco creo que haga mucha diferencia mencionarlos ahora…

Si fuera un hombre de fe…


(Esta columna fue publicada originalmente en el blog Esto es el agua… Suscríbete en www.estoeselagua.com)