Cambia, antes que tengas que hacerlo.

Hace más de 70 años existió una batalla en el terreno de la música grabada. A finales de la década de 1930 la radio estaba surgiendo como un formato de entretenimiento popular, pero también revolucionó la manera en cómo se les pagaba a los músicos. El motivo era que la mayoría de las retransmisiones de música radiofónica de la época eran en directo, y los músicos y compositores cobraban como cada actuación. El tema era que para los músicos y compositores el pago no era justo cuando esa actuación estaba siendo escuchada por millones de oyentes. Ellos decían que, en caso de que esos millones de oyentes se encontrasen dentro de una sala de conciertos, la parte a cobrar sería mayor.

Los propietarios de la radio sostenían que era imposible pagar un canon de licencia basándose en cuántos oyentes sintonizaban la radio, porque nadie sabía cuál era ese número de oyentes. Pero la ASCAP (American Association of Composers, Authors and Publishers), con su cuasi-monopolio sobre los artistas más populares, impuso las reglas: insistía en royalties del 3 al 5 por ciento de los ingresos brutos de publicidad de una emisora a cambio del derecho a reproducir música. Peor aún, amenazó con aumentar el porcentaje cuando el contrato expirara en 1940.

Mientras la ASCAP y las emisoras estaban negociando, éstas comenzaron a ocuparse ellas mismas del asunto y cortaron las actuaciones en directo. La tecnología estaba mejorando y cada vez eran más las emisoras que comenzaban a poner discos que eran presentados por un anunciante del estudio conocido como disk jockey. Los sellos musicales no tardaron y respondieron vendiendo discos con la etiqueta NO AUTORIZADO PARA RADIODIFUSIÓN, pero en 1940 el Tribunal Supremo decidió que las emisoras de radio podían emitir cualquier disco que hubieran comprado. Entonces la ASCAP convenció a sus miembros más prominentes, como Bing Crosby, de dejar simplemente de hacer nuevos discos.

Enfrentados a una reserva de música que iba menguando y a un posible y ruinoso pleito por royalties, los propietarios de emisoras respondieron organizando su propia agencia de royalties, llamada Broadcast Music Incorporated (BMI). La naciente BMI se convirtió rápidamente en un imán para músicos regionales, como artistas de rhythm-and-blues y de música country y del oeste, tradicionalmente olvidados por la ASCAP con base en Nueva York. Como esos músicos menos populares querían difusión más que dinero, aceptaron que las emisoras de radio emitieran su música de manera gratuita. El modelo de negocio de cobrar una fortuna a las emisoras de radio por el derecho de reproducir música se vino abajo. En cambio, la radio fue reconocida como un canal de marketing esencial para los artistas, que ganarían dinero vendiendo discos y dando conciertos.

Aunque la ASCAP intentó oponerse en varios pleitos en la década de 1950, nunca recuperó el poder de cobrar elevados royalties a las emisoras de radio. La radio de libre difusión dio lugar a la era del disk jockey y estos a su vez al fenómeno de los 40 Principales.

La ironía fue completa. En lugar de socavar el negocio de la música como temía la ASCAP, lo gratuito ayudó a la industria de la música a crecer hasta hacerse enorme y rentable. Ahora, lo gratuito ofrece la oportunidad de volver a cambiar de nuevo, ya que la música gratis sirve de marketing al creciente negocio de los conciertos.

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