
Halagos Insuficientes
por Alejandro Dolina
En 1619, el falso alquimista polaco Mikael Sendivougius se presentó ante el emperador Fernando II diciendo que era capaz de convertir la plata en oro. Para demostrarlo presentó una moneda de plata, la que sometida a ciertos procedimientos se hizo de oro. Muy pronto se descubrió el fraude: la moneda era en verdad de oro y había sido revestida con un fino baño de plata que desapareció al ser calentada.
Esta moneda sirve para pagar una simple alegoría. Deben existir personas excelentes que por discreción, por pudor o por el horror de lucirse, atenúan levemente sus virtudes. No fingen maldad ni estupidez. Se limitan a descender un peldaño.
Ante esa clase de seres, los imbéciles emiten halagos que son en realidad afrentas: “el señor Newton tiene ocurrencias muy ingeniosas”; “el señor Alighieri tiene facilidad para escribir”; “en toda Génova no hay viajero como el señor Colón”.
Los que confunden la plata con oro van sin duda al infierno de los ingratos, o a otro construido especialmente para ellos, donde las llamas parecen peores de lo que son.