Héroe en silencio

El héroe en cuestión.

Si en algo supera el cine al resto de artes es en pedantes por número de aficionados. Comprensible, por otra parte, dada la repercusión, masiva difusión y facilidad de acceso que actualmente la pintura o la escultura no consiguen igualar. Además, supone la comunión de artes como la literatura, la música, y la fotografía, por lo que si uno es pedante avaricioso aquí tiene material para serlo a dos, tres y cuatro manos.

Te cruzas con algún veinteañero -como servidor; no hay ahí un desprecio a la edad sino un llamamiento a la prudencia- que ha visto Annie Hall, Memento, Origen, Malditos Bastardos y Shutter Island y que te suelta sin anestesia que el mejor guión de la historia es el de Pulp Fiction y que Gravity es una mierda porque la trama no tiene profundidad. Cuando lo que en realidad quieren decir es: dame finales con giro inesperado que pueda entender y que me hagan sentir inteligente, así siento que domino la materia. Por otra parte es normal, ya que en la madurez equivocada es una sensación, la de entender el arte, que te hace creer dueño y señor del cine, de sus orígenes, de sus tendencias, y de su futuro inmediato. Pocas cosas más peligrosas que olvidar lo insignificante de tu bagaje en un mundo tan amplio.

El siguiente nivel son los pedantes indies de Wes Anderson, Sorrentino y David Lynch, pero ya se les bajarán los humos cuando lleguen a Lars Von Trier por la inercia propia de los gustos.

Una vez superado ese trance de falsa superioridad (normalmente después de tocar por primera vez a Hitchcock o Billy Wilder para aprender que el cine no lo inventaron Nolan y Tarantino) no sólo le pierde la vergüenza a decir lo mucho que disfruta con la saga Fast & Furious (¿en serio eso es un puto submarino?) sino que aprende a valorar aspectos técnicos, narrativos e interpretativos por igual. Pero si nunca se supera esta fase corre uno el riesgo de convertirse en, citando a mi amigo Pablo Castrillo (pabolec), uno de esos soldados que, cuando ya ha terminado la batalla, llega para rematar a los muertos:

un crítico de cine.

Nolan y Pierce en el rodaje de Memento (2000)

Vive Dios que nada ha hecho tanto daño a la industria como la falsa creencia de que lo visual y lo narrativo tienen que ir separados. Como si a un lado del ring tuvieran que estar Coppola y Clint Eastwood y al otro Michael Bay y Guillermo del Toro. Pero ¿es de verdad una falsa creencia? ¿se puede elaborar un guión profundo, agradable, con buenos personajes, tenso, encebollado, cargado de impecables interpretaciones, y al mismo tiempo con toneladas de CGI (efectos creados por ordenador)? Pues como a Batman en las noches más oscuras, para repartir estas tortas hace falta la ayuda de un profesional y la supervisión de un adulto. El ejemplo de Mad Max: Fury Road es tan sumamente obvio -aunque insuficiente- que necesitamos recurrir a un hombre acreditado para dar puñetazos en la mesa, justo eso de lo que he empezado quejándome.

Hay una escena de casi 60 planos distintos en La Red Social que muestra el ambiente de una regata de remo en la que compiten los gemelos Winklevoss, rivales de Mark Zuckerberg, creador de Facebook. Ninguna de las tomas se rodó en exterior: tres son de interior con croma y el resto están hechas por ordenador (incluyendo la cara de uno de los gemelos mientras hunde cada palada en el agua).

En Los hombres que no amaban a las mujeres, Lisbeth Salander mantiene una persecución en moto en la que Rooney Mara no lleva casco. Pero no es ella, es una especialista que rodó la escena con casco y posteriormente se introdujo por ordenador la cara de la actriz en todas las tomas.

En El club de la lucha y La habitación del pánico hay dos travelling digitales, aparentemente innecesarios, que relacionan distintos elementos de un momento determinado de la película, y que bien podrían haberse resuelto con planos más normales.

En la introducción de Zodiac, ambientada en San Francisco, el recurso utilizado para aclarar la ubicación de la película no es el puente de San Francisco (como en el 97% de las películas situadas aquí), sino una recreación por ordenador del skyline de la ciudad en 1989, incluyendo la autopista embarcadero que fue destruida por un terremoto, entonces aún en pie.

Regata de remo en La Red Social (2010)

A estas alturas ya debe saberse que el responsable común que tienen esos meticulosos despliegues es el bueno de David Fincher, director de todo lo mencionado. Pero por qué. Qué lleva a un hombre a complicarse la vida de esa forma con un alarde técnico que no le reportará gloria alguna, sin explosiones ni Godzillas. Nadie sabrá a simple vista que esos planos exteriores no son planos exteriores, o que esa cabeza fue introducida por ordenador. No hay reconocimiento para ese esfuerzo de ser un héroe en silencio.

Porque si el cine es el arte de contar historias con imágenes en movimiento, Fincher ha entendido que todas las herramientas deben quedar supeditadas a eso: a contar mejores historias, poniendo la técnica al servicio de la narrativa sin importar lo apreciable que sea el efecto. La regata de los Winklevoss recrea un ambiente de competición, rigurosidad, honor, lealtad, cooperación y elegancia de alto nivel, que difícilmente podría haberse logrado de otra forma y que encaja a la perfección con los gemelos. La cara de Rooney Mara al descubierto deja claro que a su personaje no le importa jugarse la vida por su objetivo si la situación lo merece (pese a que lo fácil era ponerle el casco que ya lleva en escenas anteriores). Los travellings digitales ofrecen al espectador un plano de situación perfecto de todo lo que ocurre -o está a punto de ocurrir-, dando un toque de alerta a su atención.

Amarillos, azules, grises, contraluz y desenfoque en Perdida (2014)

Y esto se combina con una paleta de amarillos saturados, azules apagados, filtros grisáceos, desenfoques agresivos y contraluces que tanto caracterizan al director. Además de una manía por rodar hasta 50 veces la mayoría de sus escenas porque mediante la repetición los actores dejan de actuar y empiezan a interpretar de forma natural. Si quedan dudas, la escena introductoria de La Red Social podría ponerse en las escuelas de cine para transmitir que no se debe contar lo que se pueda enseñar. Una joya narrativa que antecede un aluvión de CGIs.

En definitiva, una comunión estética que no sólo no va en detrimento de la narrativa, sino que la hace más sólida, nos ofrece más datos sutiles, y nos cuenta mejores historias.

Sin la gloria que supondría que nos diéramos cuenta de ello.

Like what you read? Give Mario a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.