La derechización latinoamericana

Estamos viviendo tiempos políticos extraordinarios en América, con la irrupción de Trump en Estados Unidos y ahora la elección de Bolsonaro en Brasil. Con la tendencia de Latinoamérica a “derechizarse” luego de dos décadas de revolución Bolivariana. ¿Qué es lo que está pasando? La izquierda no puede entender como la derecha está llegando al poder a través del voto popular. Tampoco puede entender (y por supuesto, de eso no hablan) como Maduro tuvo que suprimir la democracia y convertirse abiertamente en un dictador represor, causante de un éxodo masivo y de un problema humanitario fenomenal, todo en nombre de la defensa del pueblo y la resistencia al imperialismo yanqui.

La elección de Bolsonaro en Brasil es un acontecimiento inesperado. A pesar de ser uno de los países con peor distribución del ingreso del mundo, ha ganado un candidato con las banderas de la mano dura en lo político y la economía de mercado en lo económico. No se trata de un candidato que si se alía con Trump y se abraza a la globalización, va a traicionar a sus votantes, como Menem lo hizo cuando prometió el salariazo y terminó aliado con Alsogaray y Bunge y Born. Por el contrario, esta vez la mayoría de los brasileros optó por el camino de la mano dura y también votó a Bolsonaro a sabiendas que su ministro de economía sería un Chicago Boy que admira el modelo chileno y el libre comercio.

Todo esto es indigerible para la izquierda. ¿Cómo es posible que en democracia estemos girando 180% hacia la mano dura y la economía de mercado? ¿No se supone acaso que los defensores del pueblo y los enemigos del capitalismo yanqui deberían gozar del apoyo permanente de las masas populares?

Mi tesis es que la polarización de las opciones políticas es mero reflejo de las opciones que el mundo ofrece, ahora muy visibles por la revolución informática. Estamos presenciando un contraste aleccionador de éxitos y fracasos rotundos. Ahora todos vemos, como no veíamos durante la guerra fría, las consecuencias reales de las revoluciones progresistas y marxistas. Estamos presenciando en vivo y por TV el fracaso colosal del modelo chavista, sumido en la hiperinflación, el colapso productivo y el drama de una emigración masiva para poder sobrevivir. Vemos claramente ahora la repetición de los objetivos del modelo cubano: destruir las bases productivas del capitalismo; lograr que emigren todos aquellos que añoren el progreso y quieran rebelarse; y quedarse sólo con los sumisos capaces de tolerar la pobreza y el totalitarismo.

En este mundo super informado no pasa inadvertido cómo China saltó de la miseria generalizada a ser la segunda potencia mundial. Se trata de un contraste extraordinario de un mismo país que, en sólo una generación, pasa de un fracaso económico absoluto bajo el comunismo de Mao, a un crecimiento extraordinario al incorporarse a la globalización. De la misma manera son evidentes los contrastes entre una Corea del Sur capitalista y una Corea del Norte con un gobierno de planificación estatal. O el progreso económico de la India antes y después de incorporarse al comercio internacional.

En oposición al fracaso bolivariano, emerge también frente a nuestra vista el progreso de Chile, otrora pobre y dual, hoy devenido en el país de Latinoamérica con el mayor ingreso per cápita. ¿Cómo es posible que después de las experiencias socialistas de Lagos y Bachelet, los votantes chilenos vuelvan a votar a Piñera? Obviamente el éxito económico iniciado por los Chicago Boys de Pinochet fue tan rotundo que ni los gobiernos de la Concertación Democrática que sucedieron a Pinochet ni los gobiernos socialistas posteriores, pudieron cambiar las políticas fundacionales del cambio (la apertura al comercio, una economía privada desregulada, un sector publico limitado y equilibrado, ausencia de desmesuras sindicales). Y el electorado chileno vuelve a apoyar a los administradores más aptos para ese modelo exitoso.

Pareciera que el contraste entre lo que funciona y lo que no funciona ya se ha tornado demasiado evidente para que se siga engañando a la mayoría de los votantes latinoamericanos. Ahora está quedando en claro, aun para ciudadanos confundidos por el relato populista, que el plan de la izquierda progresista y chavista no es la superación de la pobreza sino la destrucción del capitalismo privado y sus relaciones con el mundo. Para algunos progresistas idealistas el demonio por vencer es el capitalismo, por mas costosa que esa destrucción sea para las clases medias y altas, pues sería el obstáculo que impide llegar a un pobrismo generalizado donde las diferencias de ingresos desaparecen y el individuo abandona el consumismo materialista. Para otros progresistas más pragmáticos, la destrucción del capitalismo y de la clase media es la manera de llegar al poder absoluto y robar con impunidad, como el narco estado de Venezuela lo ejemplifica; y como quedó de manifiesto en la Argentina de los cuadernos.

Los politólogos progresistas, siempre tan alejados de la racionalidad económica, interpretan que lo que está pasando es consecuencia de los fracasos de la globalización y de las inequidades que provoca, lo que estaría explicando una regresión de la globalización. Pero ¿cómo es posible entonces que los votantes latinoamericanos estén votando a favor de un capitalismo globalizado, mientras los países desarrollados avanzarían hacia un nacionalismo proteccionista? La respuesta es que, mientras los países en desarrollo están encontrando evidente la conveniencia de apostar por el libre comercio, Estados Unidos y otros países desarrollados creen que la globalización ha sido demasiado beneficiosa para algunos de los países emergentes, en especial para China, en detrimento de sus propios intereses. Lo que estamos presenciando es un intento de Estados Unidos y otros países desarrollados para reequilibrar los beneficios de la globalización entre los grandes jugadores, pero no están embarcados en ningún cierre generalizado al comercio con los restantes países emergentes.

El “populismo nacionalista” de los países desarrollados tampoco tiene nada que ver con el populismo prebendario y clientelista latinoamericano. Las oleadas migratorias que presionan a Europa y a los Estados Unidos, son una consecuencia natural del fracaso económico de los países que no adhieren a las libertades económicas del mundo globalizado. Los migrantes buscan escapar de la miseria y de la falta de oportunidades en los países fallidos. Es lógico entonces que las migraciones estén despertando reacciones nacionalistas en el mundo desarrollado, pues la masividad migratoria acarrea riesgos políticos asociados a la difícil integración cultural de los migrantes y a sus consecuencias económicas. Los votantes de los países desarrollados se resisten a asumir los costos de los fracasos de los modelos inconsistentes, capitalistas o no.

La “derechización” de Latinoamérica tampoco tiene nada que ver con un regreso al militarismo, es meramente una inclinación de los votantes por el orden y el progreso en democracia, frente a la realidad evidente de las democracias de izquierda que llevan al colapso económico, la marginación social y la criminalidad; y finalmente, a la supresión de la democracia.

¿Cuáles son las consecuencias sobre nuestra política?

Mientras todo esto ocurre fuera de nuestras fronteras, ¡en Argentina estamos aterrorizados por la vuelta del populismo bolivariano de Cristina! ¿Cómo es posible que estemos tan a contramano de las tendencias globales? La razón es que nuestra (aparente) evidencia de lo que funciona o no ha ido en las décadas recientes a contramano del mundo.

Los Kirchner llegan al poder en 2003 luego de que el neoliberalismo de la Convertibilidad terminara en la peor crisis de la historia argentina. Ahora, la profunda crisis económica del gobierno de Macri es la que está permitiendo el renacer político de Cristina Kirchner. El problema de fondo es que en nombre del neoliberalismo hemos mantenido pésimas políticas estructurales que necesariamente fracasan y le dan la razón de los votos a la izquierda. Nuestros neoliberales truchos son quienes han pavimentado el camino para el regreso de las ideas que fracasan en todo el mundo.[1]

¿Por que el neoliberalismo criollo ha fracasado repetidamente? Porque ha tratado de congeniar instrumentos tradicionales del liberalismo económico con políticas estructurales intocables para las elites empresarias, sindicales y políticas. Se ha pretendido hacer convivir instrumentos ortodoxos con un modelo de país cristalizado en el cierre de la economía, las desmesuras del sindicalismo y un estado sobredimensionado y deficitario. La única forma de congeniar ambas cosas ha sido endeudarnos externamente para financiar un modelo de país inviable. Como el endeudamiento tiene limites, así llegamos a crisis terminales que desacreditan al (aparente) liberalismo y abren la puerta para el retorno del populismo bolivariano.

¿Qué va a pasar en 2019?

Hay una lección clara que en algún momento deberemos aprender: el mejor amigo del populismo termina siempre siendo aquel que aplica un neoliberalismo trucho, inconsistente, condenado al fracaso pues soslaya las reformas de fondo necesarias para incorporarnos a la globalización.

¿Está la Argentina lista para incorporar esta lección en 2019? Todo indica que no, que lo lógico es que otra vez hayamos pavimentado el camino para el regreso del populismo. La única esperanza para que esta vez sea distinto es que lo que está pasando en el mundo y en nuestro vecindario sea tan fuerte que nos permita ver mas allá de nuestro ombligo.

[1] Apenas llegado Macri al poder, advertí del probable fracaso económico de Macri y de los consecuentes peligros de una recidiva populista. Véase https://medium.com/@marioteijeiro/desarrollismo-siglo-xxi-3673bdde046c