“Maripaz, me descubrieron cáncer”

No hay palabras para describir el sentimiento cuando mi papá me dijo que tenía cáncer. Él es mi persona favorita en todo este mundo y no sabría que hacer sin él. No supe que decir, ni que pensar. Lo primero que pensé fue que se iba a morir. Nadie puede negar que la palabra ‘cáncer’ tiene una conexión inmediata con la palabra ‘muerte’.

Es mas, sí hay palabras para ese sentimiento. Se siente como el típico “golpe bajo”. Fue una punzada horrible en el corazón, como si me dijeran que yo tenía el cáncer. En realidad, después de la noticia todos sentimos que teníamos cáncer.

Vimos como poco a poco el “innombrable” (porque todo el mundo le decía a mi papá: “¿Cómo seguiste de aquello?” “¿Cómo te sentís con eso?”) nos quitaba las conversaciones de la cena, nos privaba de viajes familiares, nos drenaba la alegría día a día. Todo giraba alrededor de eso, no había forma de escaparlo.

A Jaime se lo descubrieron después de que decidiera hacerse una colonoscopía sólo por hacérsela, el doctor le había dicho que no era necesario pero él insistió. No era un cáncer grande y estaba en sus primeras fases. Lo operaron dos veces, y lo sometieron a meses de quimioterapia, porque existía la posibilidad de que el cáncer siguiera ahí. La suerte que tuvo mi papá es increíble, sólo porque un día se le ocurrió que se iría a hacer la colonoscopía descubrió lo que nos cambió la vida.

Sin embargo, la parte más difícil para todos fue la quimioterapia. Las nauseas, el cansancio, el dolor. Llegaba a la casa, se acostaba y se encerraba en el cuarto todo el día. No hablaba mucho, comía poco y no se levantaba de la cama. Esos días eran los peores, la casa estaba en silencio total y nadie salía del cuarto, en la noche cada uno comía por su cuenta y a dormir.

No había ido a una sesión de quimioterapia con mi papá, me daba miedo ir a ver los aparatos y la otra gente enferma. Un día lo acompañé a una de sus sesiones. No me gustaba ir ahí, era muy frío y muy callado, la gente se vuelve a ver con caras de “ay pobrecito” y eso no me agrada para nada. Entramos a la sala y estaban dos señores, un estadounidense y un piloto. Ambos llevaban más de un año en tratamiento. Mi papá veía las noticias, el piloto jugaba en su tablet y el estadounidense estaba cantando. No cantaba fuerte, era mas como un susurro fuerte y sólo yo lo podía escuchar. No recuerdo que estaba cantando, pero nunca se me olvida lo triste que se escuchaba ese señor. No me pude contener y me puse a llorar. La voz frágil me llenó de tanta aflicción, fue como un detonante de todo lo que me había aguantado para mostrar fortaleza. No pude volver más con mi papá.

Eso sí, la actitud de mi papá lo cambió todo. Seguía trabajando, a pesar de que llegara cansadísimo a la casa todos los días. Seguía contando sus chistes, aunque estos siempre han sido malos que dan ganas de llorar. Seguía llevándome al colegio y cantábamos David Bowie en el carro a todo pulmón. Él trataba de que todo siguiera igual, pero todos podíamos notar el cambio. Ya no eran las mismas sonrisas, ni las mismas caras cuando nos burlábamos del noticiero. Un día le dije, “Pa, no trabaje si se siente mal, está bien descansar.” No dejó de ir. Nunca nos hizo caso, siempre siguió con su rutina y no descansó ni un minuto.

Mi mamá siempre le decía ‘majadero’, que después no se podía quejar que andaba cansado. Pero ahí estaba ella, para escuchar sus quejas. Ahí estaba ella para prepararle todas las comidas con arroz integral y su suplemento especial. Ahí estaba ella, todos los días del proceso para apoyar a mi papá. Mi mamá es de carácter fuerte, con ella nadie se mete. Pero con eso sufrió y montones. Se le veía en la cara cuando hablaba con mi papá que ya no era la misma mirada de antes, los ojos los tenía tristes. Por lo menos yo, nunca la vi llorar, hasta que hizo una cena para mi papá. Empezó a hablar fuerte, como siempre, y al terminar su discurso no pudo más, en realidad nadie pudo. Llorábamos con ella, todos dejamos nuestro lado fuerte y nos derrumbamos ante nuestros amigos más cercanos y nuestra familia. Ese día fue el día en el que vi lo tanto que mi mamá lo apreciaba, lo que estaba dispuesta a hacer por él y lo mucho que ella trataba de ser fuerte por él.

No sé si puedo “agradecer” el proceso por el cual pasamos. Fue duro, pero fue como un golpe de la realidad para todos, algo que necesitábamos para darnos cuenta de que no solo en ese momento teníamos que estar ahí por cada uno, si no siempre. Ya todo está normal, pero nunca vamos a volver a la vida que teníamos antes.