MIS PRIMEROS 11


Solo se escucha el deslizar del grafito en el papel. En el aire hay una sensación agridulce entre tensión y alivio. El ultimo examen de bachillerato, y el ultimo examen en el colegio (si todo sale bien). En estos momentos veo todo en retrospectiva, pero no de manera clara. A unos cuantos escritorios de mi se encuentra esa niña que cuando estabamos en sétimo año no me podia soportar. Quién nos hubiera podido adelantar que unos años después se convertiría en una amistad inquebrantable. Más hacia el frente, puedo ver la otra amistad que de pequeña pensaba que duraría mucho tiempo (no toda la vida, en eso siempre estuve clara) solo para unos años después descubrir que no iba a logra sobrevivir los quinceaños dramáticos.


En cada escritorio hay una historia, algunas me despiertan un sentimiento de profundo agradecimiento, otras melancolía pura, pues no puedo aceptar que ya se van a acabar. No quiero dejarlas ir. Todavía es muy pronto para eso. Y no me malinterpreten, no hay nada que me emocione más que salir del colegio de una vez por todas, pero, ¿Qué voy a hacer cuando a mis almuerzos no los acompañen los gritos en las mesas adyacentes a causa de una partida de UNO? Probablemente seguir adelante con mi vida, de todas formas, no se necesita nada para continuar más que el deseo de hacerlo. Pero ojalá hubiera una manera de llevar esas amistades en la espalda, como si de un bolso se tratase.

La profesora se levanta de su silla intentando provocar la menor cantidad de ruido, para avisarnos: “Les quedan 30 minutos de prueba”. El jaleo de los lápices aumenta la velocidad, mientras todas las personas presentes en el aula van cayendo en cuenta de que esa hora extra de sueño probablemente no fue la mejor idea. Aunque claro, ¿Qué es el colegio si no un ejemplo vívido de malas decisiones? Es curioso pensar como esas malas decisiones,no tuvieron un efecto tan trágico después de todo.

Hoy, a pocos meses de entrar en la Universidad, por fin puedo entender que esas complicidades que parecieron infantiles en su momento, se convierten en recuerdos preciados. Los apodos pasaron a ser parte de mi identidad, y muchos errores se convirtieron en el principio de historias. Esos compañeros que consideré tan ajenos a mí en un momento, mientras termino el examen, se van convirtiendo en una algo más que compañeros. No puedo decir que en una familia, porque de serlo así la emancipación hubiera sido un recurso valuable, pero sí son más que compañeros. 11 años de mi vida con ellos, quizás menos, quizás más. Pero eso no es relevante, porque al final del día se siente como si hubiera sido toda mi vida junto a ellos. Por eso me da miedo soltarlos, pues no estoy segura todavía de quién soy, si no puedo ver lo que las personas más cercanas a mí necesitan que sea. Lo que ellos necesitan que sea.

Un aviso más, tan solo faltan 5 minutos. La profesora intenta ocultar su preocupación al ver que muchos están lejos de terminar el examen. Pero a mi eso ya no me molesta, la preocupación murió hace tiempo. Minmente está en otro lugar.

Todavía recuerdo el primer dia que los conocí, con las caritas rojas de jugar en el recreo, y esa curiosidad particularmente inocente que solo se puede encontrar en los niños. Quién diría que años más tarde, esa invitación a jugar, se convertiría en mi válvula de escape para cuando la vida me decepcionaba. O que esa galleta compartida, iba a tornarse en un hombro para llorar; y que ese “usted está en mi equipo” iba a crecer en un “tranquila, yo tampoco estudié”. Palabras más, palabras menos, mismo sentir de alivio.

“Se acabó el tiempo, dejen de escribir y retirense ordenadamente del aula”. ¿Tan rápido? Ni tanto, fueron 11 años. Al parecer la vida se pasa de manera mucho más veloz cuando se está recordando, que cuando se está viviendo.

No entiendo por qué me inunda este sentir, si al final de cuentas esta despedida no significa no volverlos a ver nunca más. Pero, ¿Y si sí es un adiós para siempre? ¿Será que saben lo mucho que los admiro? Nunca he sido buena para decir adiós, probablemente porque nunca ha sido un adiós para siempre. Pero este es un adiós en serio, es un gracias para siempre. Ya no es un “nos vemos el lunes” ahora es un “que te vaya bien en la vida” . Pero me quedo tranquila, porque conozco a estas personas, y yo sé que les va a ir bien. Yo sé que van a ser en su gran mayoría personas de bien y de una moral alta. Pero lo que nunca he sabido (ni sabré) es como agradecerles por ayudarme a encontrar quien quiero ser.

Gracias por guardarme un campo en el comedor, y por reirse de mis chistes malos. Gracias por decirme que el que “quería conmigo” era feo, y gracias por presentarme a otros. Pero más que nada gracias por ser ustedes, y por darme siempre esa mano que necesité.

Gracias por todo gen 18, y hasta nunca.