NOCHE CELESTIAL

Aburrida, acalorada y sudorosa. Así me encontraba una noche de agosto en mi cama. Ya estoy de vacaciones. — me digo — pero, ¿Para qué? Sola y harta de dormitar. Me levanto y voy al baño. Me miro al espejo y veo la imagen reflejada de una chica joven con la cara mustia, como diría mi abuela… Me acaricio la barbilla pensativa y ya tengo la solución. Entro en la ducha dejando que el agua fresca me moje el pelo y el jabón me acaricie el cuerpo. En media hora metida en el baño he conseguido que la imagen de monja que veía en el espejo, se convierta en una jovencita de ojos virginales. Un blanco maquillaje hace resaltar mis labios oscuros como la escalera de un campanario. Solo he necesitado treinta minutos para ver mi cuerpo enfundado en un vestido ajustado del color de la túnica de un cardenal. Unos toques de perfume y lista para ir a la discoteca de moda en el puerto. “Celestial” se llama, imagino que tendrá luz de sacristía y la música infernal que me hará tener una noche única. Yo diría que apocalíptica, tiene que ser mi noche especial.

Los focos gigantes que adornan la entrada de la nueva sala, apuntan al cielo lleno de nubes. La noche oscura esta matizada por los focos que giran y giran en el cielo formando un halo de santidad encima del edificio. Nada más lejos de la realidad.

Me dejan pasar saludándome apenas con un movimiento de cabeza. Las chicas solas como yo en la noche no tenemos problemas para entrar en los garitos nocturnos. Me reciben unas luces azules y blancas mientras percibo que el local esta abarrotado. La noche promete regalarme una experiencia religiosa, algo supremo. En realidad, debo ser sincera conmigo misma. Busco unas horas memorables, un éxtasis comparables a las meditaciones de los monjes en sus celdas, algo que no pueda olvidar y que al recordarlo me lleve al cielo con los ángeles.

La gente se apelotona en la pista, sus cuerpos se mueven con ademanes estudiados, buscando pecar cuanto antes. Vuelvo la mirada y me acerco a la barra donde una camarera no para de servir copas a los parroquianos sedientos de alcohol, pecado dulce que si lo tomas con suavidad, notas como crecen alitas en tu espalda.

La chica me mira y la miro. Morena, ojos pintados de negro, la raya le llega a las sienes, de su nariz cuelga un diminuto crucifijo que la hace sumamente interesante, como una catedral gótica. Su ajustada camiseta negra deja poco a la imaginación con sus agujeros sujetos por tachuelas brillantes. La pido un “diablillo”, cóctel que me encanta, suelo beberlo poco a poco y sin parar, de forma que su efecto es inmediato. La luz difuminada que deslumbra la barra se me hace algo borrosa. Es mí estado perfecto, tal como si meditara en el claustro de una catedral del siglo XII. Apoyada en la barra con mi “diablillo” en la mano, siento que alguien me mira intensamente. Nuestras miradas se cruzan y algo milagroso ocurre en ese momento. La música deja de entrar en mis oídos, mi cuerpo reacciona como si miles de ángeles me acariciaran con sus plumas. Él tiene un cuerpo que podría crear un apocalipsis en el mío. Su mirada es dulce y serena como la de un anciano sacerdote, pero no me engaña. Percibo cierto brillo de deseo oculto tras esos ojos de monaguillo vestido de negro. — no me engañas, cielo. Pienso con ganas de acercarme. En mis labios juguetea una sonrisa pícara. En un segundo él se acerca a mí, sin retirar su mirada de mis ojos, transformando esa ojeada inocente en deseo, diablura, ofreciéndome llevarme de la mano hasta las puertas del cielo… o del infierno.

Se para delante de mí, nuestras miradas están fijas, unidas en un constante dialogo silencioso. Me tiende la mano, se la doy y tira suavemente de mí. En mi otra mano llevo mi coctel que apuro de un trago. Suelto el vaso en una mesa mientras nos dirigimos a una puerta lateral. Entramos en un cuarto pequeño, huele a incienso litúrgico, me recuerda el olor de la iglesia donde iba cuando era pequeña. El suave haz de tres velas ilumina el pequeño despacho. Él cierra la puerta sin soltarme la mano. Escucho una suave música. Es María Callas cantando “Ave María”, sus manos me acercan a él mientras nuestras bocas se funden en un beso lento y dulce que va pegando nuestros cuerpos hasta ser uno solo.

Mis manos acarician sus brazos, mis labios buscan entre su camisa la piel caliente y se enredan en una imagen de la virgen en oro que lleva al pecho colgada. María Callas sigue cantando creciendo el tono al mismo tiempo que nosotros nos entregamos con pasión, dándonos mutuamente el placer que tanto buscamos y con tanta ansia nos damos.

La Diva llega con su voz a lo más alto de la canción al mismo tiempo que dos almas gritan en una vorágine de placer, encontrando el punto culminante de la unión comparable al anunciado Armagedón.

Con un suspiro y ronroneo de gata, salgo del cuarto y me dirijo a la calle. El aire nocturno del puerto me acaricia el rostro. Estoy feliz. Voy camino a casa saboreando cada instante de esa experiencia religiosa que pronto volveré a encontrar. Se aleja el sonido de la música, mientras mis pasos me llevan al interior de la noche.

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