Hay palabras que cuando se pronuncian son como abrir los ojos y descubrirlo todo. El cuerpo vestido, pero el alma desnuda. Son como exponer el corazón en un pantano, rezando para que no se ensucie. Es el desearlo todo, tanto, que ya nada importe. Es atreverse a vivir, así, a plenitud, sin nada a medias; sin oraciones censuradas ni silencios reveladores.
Hay palabras que le dan vida al tiempo, a los días, a los lugares, a los olores, a los sueños, a los dolores, a los inicios y a las despedidas. Cuando las susurramos, liberamos los sentimientos que los ojos tenían secuestrados. Basta pronunciarlas para entender que tan efímeras o eternas pueden ser.
Hay palabras que morimos por escuchar y otras por las que matamos para no oir. Hay unas que se convierten en enunciados y otras en oraciones.
Hay palabras cómplices, sinónimos baquetones y definiciones por corregir… como las de ayer, las de mañana y las que uno quiere que se repitan.
Ah qué palabras tan tramposas que le hacen sentir a uno tanto.
