Ni ingenieros ni técnicos
Sobre el camarada Tuercas, Ernesto M. Hernández y los politécnicos.
Ingeniero viene de ingenio, el cual usamos para resolver problemas. Un ingeniero crea, un técnico sólo opera. En México somos ingeniosos como pocos. Necesitamos ingenieros, no técnicos. Los gringos no nos dejan producir tecnología, sólo nos explotan. Durante los 7 años que formé parte del politécnico nacional escuché estas frases tan frecuentemente que las dí por ciertas. Hoy, el politécnico se une bajo este discurso caduco; creo que es tiempo de pensar diferente.
Comienzo con una aclaración. La palabra ingeniero se originó en la revolución industrial y proviene del inglés engineer. Engineer era quien operaba las máquinas de vapor que se movían por sí solas (engines) creadas por James Watt (un inglés ingenioso). El origen de esta palabra denota la intísima relación entre los ingenieros, la industria y el capitalismo: los tres nacieron al mismo tiempo.
Esta relación contrasta con el artículo noveno del pliego petitorio de los politécnicos:
Dar a conocer todas las formas de injerencia del sector privado en el IPN, tanto en los planes de estudio, programas de investigación y proyectos de colaboración, de manera que sea posible valorar la subordinación de la técnica al servicio de la patria, y no la técnica al servicio de los intereses privados nacionales y trasnacionales. (…)
Parece molestarle a los estudiantes del poli que la técnica sea puesta al servicio de entes privados. Me imagino que suponen que será la patria, y no una empresa quien les dará empleo. Y que dan por hecho que esos intereses trasnacionales que permitieron que Ernesto M. Hernández — un politécnico de la ESIME — se convirtiera en el director general de General Motors México y que han construido fábricas que han generado miles de empleos bien pagados (y otros no tanto) son todos indeseables. En su opinión, es mejor seguir haciendo gelatinas para bajar de peso.
Este discurso xenofóbico, nacionalista y anticapitalista no parece de lideres globales del siglo XXI, sino del camarada Tuercas: un socialista amargado que vivió su mejor época en los setentas.
Un fenómeno raro es cuando los jóvenes se manifiestan por mantener todo sin cambios. El viejo grita: ¡revolución! y el muchacho replica aburrido: vámonos con calma. Los politécnicos no piden mejorar la calidad de la educación que tienen, piden conservar la que actualmente tienen. En sus palabras:
[Pedimos la] cancelación de los planes de estudio que tecnifiquen la educación superior y reduzca la calidad educativa de las escuelas de nivel medio superior en el instituto.
Mas allá de la molestia hacia el término técnico, aún cuando el lema que protegen ferozmente es — justamente — la técnica al servicio de la patria, me sorprende el conservadurismo y conformismo politécnico. Pedir ser competitivos a nivel mundial me parece una petición más moderna y ambiciosa.
La férrea oposición al cambio de los politécnicos en las calles me hace recuerda más al SME que a los revolucionarios grafitis de Mai 68
Lo politécnicos, de hecho, sí exigen algunos cambios: la “democratización” del poli y la salida del cuerpo de policía que salvaguarda los bienes del instituto y la integridad de los alumnos. Lo primero parece sacado de un discurso de un político de baja monta (democratizar puede significar cualquier cosa), y lo segundo carece de todo fundamento: escucho de nuevo al camarada Tuercas.
Sólo queda una cosa cuando nuestro modelo del mundo no encaja con la realidad: la frustración
Tienen razón los politécnicos al protestar: se les ha inculcado una visión setentera del mundo; un modelo caduco que no encaja con el mundo globalizado y liberal de hoy.
Pero, ¿por qué insistir en un discurso caduco? México hoy necesita técnicos al servicio de la patria, sin duda, pero aún más necesita líderes globales que generen riqueza y empleo. Y para eso no necesitamos ir a pedir que nos instruyan de manera diferente. Necesitamos cambiar de actitud, pensar y actuar diferente.
Luchemos por ser eso. Después de 40 años, dejemos de actuar como el camarada Tuercas. ¡Revolución!